viernes, 29 de junio de 2012

Tu poesía

Hoy he decidido escribir una poesía. Una poesía sobre tu imagen.



Tu imagen me llegó
a las seis menos diez

y no pude dormir
ni un instante después:
te confundías con mis sábanas,
te me enredabas en las sienes.

Lucías tan real que casi fui feliz,
pero a las seis y diez
me comprendí sin ti:
eran mis solitarias sábanas
y una habitual mañana gris...

Y tú eras mi viento, mas no a favor;
eras mi barca en el pedregal;
eras mi puerta sin tirador;
eras mi beso buscando hogar.

Y tú eras un parto de antigüedad,
maña de un diablo despertador;
eras espuma de soledad,
carne con llagas de desamor.

Y así fuiste la otra mitad
de amanecer
que no alumbró jamás.


Lo sabes. Esta poesía no me pertenece. Tú tampoco. Pertenece al dios Silvio. Pero te he encadenado a él para el resto de tus días.

Y lo sabes.

Cuando lo oigas, no escucharás tu imagen, percibirás la mía. Sé prudente y olvídanos si puedes.


lunes, 25 de junio de 2012

Pegarse un tiro

¿Por qué no? Creo que en ciertos momentos más de uno ha tenido esas ganas. Aviso por adelantado de que no se escuche esta canción si ciertas ideas cruzan la mente.

Yo hoy no la escucharé.



jueves, 21 de junio de 2012

El espejo

Roi era un tipo interesante a todas luces. En la oscuridad, algo menos. Una aureola de lucidez gestual cubría su hermoso cuerpo, esculpido por un nuevo Miguel Ángel misceláneo de progenitores sudorosos. La obra era perfecta: un marcado y férreo torso al que se pegaba como lapa una camiseta que pretendía arrancarle la piel, subyugada por un deseo indescriptible, ajeno a cualquier atisbo material. Simplemente, cobraba vida. Como su espejo.
El espejo de Roi lo envidiaba. Pretendía emularle con escaso éxito, devolverle una imagen más bella que la de su oponente.
Vano intento.
El reflejo era simplemente una copia, y como tal, devaluada, impotente y envidiosa. Por eso no comprendía el amor que Roi le profesaba. Horas y horas, cara a cara, gesto a gesto y movimiento a movimiento. Decenas, cientos, miles de ensayos. Cuando Roi lo abandonaba, su imagen volvía con sigilo y lo imitaba de manera grotesca, exagerando sus facciones, estirando su piel, sacando la lengua y realizando horribles muecas. Ésa era la reacción envidiosa de aquel trozo de material reflectante y alma dolida. 
Como todos sabemos, la cualidad más notable de un espejo es reflexionar, así que durante unas vacaciones de Roi, Espejo reflexionó sobre su entorno. Otra cosa no podía hacer, muerto de aburrimiento, sin ningún movimiento que lo perturbase. Observando de día aquellos azulejos impasibles y tediosos.
Se lo tomó con calma. Y si un espejo pudiera sonreír sin un rostro al otro lado, sonreiría de oreja a oreja. Pero tampoco poseía orejas.
En ese instante Roi estaría reflejando su imagen en primos lejanos gozosos. Se arrepentiría de ello. Todo era cuestión de paciencia.
Pasó el tiempo. Y llegó la hora. La venganza. Tenía tiempo y tiempo para llevarla a cabo.
Todo comenzó con unas bolsas en los ojos y una cara de perplejidad. Luego unas arrugas, alguna mancha, unas motas de plata en los cabellos. Después llegó el cansancio, la lentitud de gestos y la fatiga de espíritu reflejada en los ojos.
Reflejada. Era Espejo quien se veía reflejado.
El espejo se empezó a arrepentir de su venganza. Él también se había llenado de manchas, y su agilidad se transformó en parsimonia. Ya empezaba a agrietarse. Ahora ansiaba ver a Roi a menudo, lo quería revitalizar.
Pero ya era tarde. Nunca más apareció su imagen.
Espejo crujió.
Meses después, un peón retiraba aquel espejo roto. Comprobó que, en su imagen, a la altura del corazón, la materia se hacía añicos.

viernes, 15 de junio de 2012

Civilizado como los animales

Hace treinta y pico de años uno de los anuncios de la televisión tenía como banda sonora una canción de un brasileño llamado Roberto Carlos. Se concienciaba a los telespectadores por el asunto de la caza de ballenas (si mal no recuerdo). Desde entonces hasta hoy en día, se han cazado decenas de miles de ballenas, y todas las especies están en peligro de extinción sin que el asqueroso humano haya hecho algo por remediarlo. Os dejo la canción, un montaje que se ha hecho desde Colombia. 


miércoles, 13 de junio de 2012

Despliegue

Hace poco tiempo me contaron una historia que quieras que no me dejó el cuerpo un poco… sensiblón. Y mira que estoy acostumbrado a tratar con animales variados, domésticos y salvajes. 

Resulta que una chica se compró una serpiente pitón pequeña y la fue criando hasta que creció. Era una chica muy guay (esto lo apostillo yo), y se pasaba por el forro de los cojones a los perroflautas, porque su mascota le obsequiaba con una etiqueta de agresiva o salvaje o… lo que sea. De cualquier modo, era un animal mucho más auténtico que un can común o un felino enano.

La chica, llamémosla… Rigoberta, dormía con su serpiente, que se enroscaba a su lado por las noches confortada en el calor de su cuerpo. Un día, de súbito, la serpiente se estiró en la cama y ella se extrañó. Y así se sucedieron los días, estiradas la una al lado de la otra. Rigoberta llegó a pensar que la serpiente estaba enferma, así que un buen día decidió llevarla al veterinario.

Cuál fue su sorpresa al escuchar las siguientes palabras del veterinario:

-Sacrifícala YA. Está tomando tus medidas para comerte.

Hasta ahí bien. Una vez engullida, habría una estúpida menos en el mundo. Pero la verdad, escucharlo me dejó un mal cuerpo de la hostia.

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He mirado en Google la noticia relacionada con esta historia (¡¡que al parecer había salido hasta en los periódicos!! -como si ese hecho fuera fiable-) y, estúpido de mí, me lo tragué.

Efectivamente, se trataba de una leyenda urbana como la de Ricky Martin y la mermelada, como la sobredosis de Steve Urkel, como que los chinos no pagan impuestos o como tantas otras que circulan cada día.

Lo que no es una leyenda urbana es la gente imbécil que encierra animales en jaulas. Una iguana en un pub de mi ciudad, una boa en un pub de Madrid, unas tarántulas en casa de Manolo, unas pirañas en casa de Agapito.

Y luego los muy babosones cuelgan las imágenes (que me niego a reproducir) en youtube de cómo una pitón se traga a un polluelo mientras éste recorre su cuerpo piando desesperado y parece que la que pía es la serpiente. O cómo otro gilipollas echa un ratón vivo a una pecera donde las pirañas lo van descuartizando poco a poco mientras el pobre ratón intenta desesperadamente huír de esa piscina con las dos patas de delante que le quedan. Ya me gustaría veros a vosotros en esa situación, ¡¡cabrones!! Qué risa, ¿no?

Es curioso leer después en algún libro científico el afecto que tienen los seres humanos por los mamíferos respecto a otras especies de animales: saurios, reptiles, aves, peces e insectos.

Pero es que claro, este tipo de personajes ni saben leer, ni han leído nunca. Ni tienen escrúpulos. Sólo risas y enfermedad.

Seguro que adoran las corridas de toros.


lunes, 11 de junio de 2012

Pliegue

Siempre me ha sorprendido increíblemente la genética. Ya he dedicado alguna entrada a este tema (Los rostros de Dios). Es curioso que cualquiera de nosotros esté hecho con los mismos materiales: los mismos músculos, los mismos órganos, las mismas venas y arterias, la misma piel, el mismo tronco, las mismas extremidades, los mismos huesos. Puede cambiar el color o el tamaño, todo depende de algún bit (llamémosle así) o código binario perdido en la cadena de nuestro ADN, si me lo permiten los entendidos en la materia.

Podemos ser más o menos enfermizos, transigentes, retorcidos, relamidos, gruñones o sonrientes, afables, amables, destacados, líderes, gregarios, independientes, simples o complicados, activos o pasivos y tener cientos y casi diría que miles de calificativos más.

Pero no voy a recorrer ese camino, no. Recorreré el más sencillo: el físico. Que, dicho sea de paso, de sencillo tiene lo justito. Podemos tener el cabello moreno, rubio, castaño, blanco o pelirrojo, con forma rizada, lisa, ondulada, lacia, desordenada o sin un pelo de tonto; altos, bajos; pecosos, con lunares, con verrugas, con manchas; delgados, gordos, atléticos, fuertes o débiles; con las piernas largas o cortas, y con el culo erguido o caído, con michelines, con tetas o sin ellas; con una sonrisa en los ojos o con una sonrisa hipócrita que sólo se representa en la boca; chatos o aguileños, y con los ojos de varios colores y los labios carnosos o casi invisibles. Y miles y miles de características más.

No existe la perfección.

Todo es tan subjetivo ante los gustos individuales, que ni tan siquiera los cánones que nos marcan los números cero, nueve y seis nos pueden obligar a ajustarnos a ellos.

Somos un conglomerado de células y partículas que por caprichos del azar juegan con el desarrollo de nuestra persona.  Nuestras características físicas, nuestro envase, el disfraz de humanos que envuelve a nuestro ser es clave en el desarrollo de nuestra mentalidad en la vida y por eso encontramos sorprendentes a ciertas personas que se desarrollan en un mundo que presumimos más difícil cuando destacan en algo que ante nuestros ojos les debería estar vetado. Y por ello nos sentimos atraídos por las características físicas y mentales de ciertas personas que nos sorprenden.

Pero vayamos a las físicas. Todos tenemos nuestras preferencias. A todos nos atrae alguna característica singular de una persona, pero no podemos moldear a todas a nuestro antojo. Por eso, cuando conocemos a una y la convertimos en la medida de todas las demás, el resto siempre saldrá perdiendo.

Salvo sorpresas.

Esa cadena de ADN que nos forma influye mucho más en nuestro destino que nuestra propia conciencia.

Esa cadena me encadena.

Me encadena a ti.

Y como siempre te he dicho, no existe la perfección. Existes tú.

Y nadie tiene un pliegue entre las nalgas y las piernas como el que tienes tú. En su justa medida y con su justa profundidad. Nadie tiene esa falta de color en el labio superior y nadie tiene un diente mellado con la exquisita perfección que me conquista.

Otra vez tú.

Nadie es tú.

Pero ¿tú eres nadie?

Sólo si me engaño.