jueves, 26 de febrero de 2015

Historias del Arradio-1 ¿Por qué tengo orejas si no uso gafas?

También escucho la radio, claro. No me tumbo a escucharla. Siempre que friego, plancho o hago cualquier cosa que no requiera de mi supremo intelecto, me acompaño de las ondas.  Escucho Radio Galega, la Ser, la COPE o alguna emisora local. No suelo escuchar música, porque tengo TODA la música. Incluso poseo algunos temas que no llegan ni siquiera a poder ser considerados dignos de tan bello arte.

Pues bien, a la hora en que friego hay un programa en la emisora episcopal que presenta un tipo que fue bastante conocido en la televisión, y no es otro que (joder, ahora no me sale, esperad que lo busco). Vale, ya: Ramón García (para los nombres soy un desastre). ¿Os acordáis de él? Un tipo campechano como un rey, de sonrisa afable y empatía demostrada. Nunca, hasta ahora, me cayó ni bien ni mal, se supone que hace bien su trabajo. Pero, como todos, nos quiere transmitir sus sensibilidades con calzador, y cada uno tenemos las nuestras.

En alguna ocasión ha soltado el moco por alguna tragedia sucedida a los más indefensos, la situación en los hospitales infantiles o, como el otro día, cuando se hablaba de la ablación del clítoris a niñas. Bien, no me extraña. Hay ciertas cosas que, además de revolverle a uno las tripas, le obligan a tragar saliva intentando que una emoción no ascienda hasta los ojos. Sí, sé que pensáis que no hay que reprimir un llanto; él está de acuerdo con esa afirmación, porque hasta parece que lo estimula.

Pero me llamó la atención  una frase que dijo: “no se puede tolerar que en base a una tradición se sigan perpetrando estas atrocidades”. O algo así.

Entonces mi mente voló a los pretéritos y me preguntó: “Oye, Sibemol, ¿no es éste el tío que se empalma con las corridas de toros? ¿Que es un gran forofo de la tortura a los animales, porque al fin y al cabo es una tradición? O, lo que es peor: ¿un arte?

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:-(

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Sí, lo sé, lo sé. Para muchos de los dos que me leéis, no hay comparación entre un ser humano y un animal. Porque, ¿qué es un trozo de ser humano mutilado en vida? Una atrocidad. ¿Y un trozo de animal mutilado en vida? ¿Una fiesta?, ¿un filete?

Venga, va, sin sarcasmos, que el tema se las trae. Está bien, no comparemos a un animal con una persona, porque un animal es incapaz de sufrir (…………), y una persona es capaz de llorar hasta por una película de amor. (Sí, de vosotros dos que me leéis sé que al menos uno llora con una despedida en el andén de una ciudad cercana a Chicago, mientras una actriz bien pagada extrae de su bolso un pañuelo blanco y lo sacude).

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No obstante, resulta que un grandísimo hijo de su puta vida le dio hace unos días tal paliza a su perro que lo dejó para el arrastre. De él se hicieron cargo, por lástima y “buen corazón” —permitidme este atrevimiento—, unos policías (sí, esos señores que algunos sólo podéis ver tras una porra). Y también resulta que Ramón García habló de tan bella causa, llamándole malnacido y no sé qué hostias al maltratador de ese pobre can. ¿Cómo se podía atrever un miserable así a dar tal paliza a un pobre perro indefenso?, decía.

Pero ojo, Ramontxu, a un toro lo puedes trocear en vida, clavarle arpones hasta los pulmones y lanzas y contemplar cómo pierde la vida entre horribles sufrimientos mientras sonríes, vitoreas y aplaudes. Un perro es distinto… para ti, claro, que eres el repartidor de buenismos y de sensibilidades.

Total, que vivir en una esquina de esta península tan hipócrita es lo que tiene. Tampoco me olvido de (¿cómo se llama?, esperad, que lo busco… la presentadora del Waku Waku, ese programa de defensa de los animales y la naturaleza). Ah, sí, Nuria Roca, gran amiga de los toros (que es como se les denomina por aquí a los que aman esas torturas).

Si es que las sensibilidades son muy selectivas. Lo malo es cuando el criterio de selección se subordina al disfrute personal.


En fin, Ramontxu-ito y Nurieta-ita, el asco que me dais tiene tantos matices como vuestras sensibilidades con los inocentes.



lunes, 23 de febrero de 2015

Cuento infantil plurimoralejo

Érase una vez una niña llamada Peace que vivía en paz. Sus papás intentaban que fuese buena, si es que el hecho de ser buena significaba no ser mala.

Estaba admitido en sociedad que ser bueno era portarse bien y ser dirigido durante toda la vida por todos aquéllos que dictan las normas en cada época de la historia. Portarse bien era ser educado y, a su vez, ser educado era precisamente ceñirse a las más básicas normas de convivencia.

Peace tenía el pelo liso, y sus padres intentaban peinarla de tal manera que en los extremos de sus cabellos se crearan tirabuzones, que eran como las personas que echan una carta sellada con un destino tan incierto como el futuro.

¡Y no sólo eso! Sus padres también intentaban rizar el rizo, así que domesticaron a aquella criatura en la bondad más almibarada y alejada de la realidad.

Peace llegaba a la guardería y siempre pensaba que todos los niños la querían. Sobre todo le dedicaban su amor cuando tenían que ir al cuarto de baño: ¡quiero pis, quiero pis!, gritaban a los tres vientos. Porque el viento del Este soplaba en escasas ocasiones, incluso menos que el viento del Aquél.

Papá de Brais y mamá de Carolina se llenaban tanto la boca con las bondades de sus retoños, que no eran más que toños repetidos (es decir, dos veces petidos), que llegaba un momento en que se tocaban la campanilla y daban ganas de potar.

Pero Peace vivía en submundo, digo… en su mundo, y repartía besos por doquier. Brais y Carolina, cuando veían venir a Peace, se alejaban o la empujaban, y es que con lo glotones de buenismo que eran sus papás, los mocosos iban a su bola. La bola de Brais era azul y la de Carolina, rosa. Y nunca dejaban a Peace tocarla.

Un día, Brais se cayó en un charco, boca abajo, y el pobre no sabía nadar. Carolina, su íntima amiga (lo era desde que papá de Brais y mamá de Carolina se tocaban sus campanillas), pasó de él como de la mierda. En ese momento pasaba por allí Peace y se percató de lo peligroso de aquella situación. Fue corriendo hacia Brais, lo miró y le dijo:

—¡Te jodes!   :-)

Y colorín colorado, Brais se había mojado.

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Moraleja 1: No hay que llenarse la boca con los éxitos de otros.

Moraleja 2: Los niños no tienen por qué ser tan idiotas como sus padres.

Moraleja 3: Los niños a veces son tan idiotas como sus padres.

Moraleja 4: No digáis tacos delante de los niños.

Moraleja 5: Tampoco digáis tacos detrás de los niños. Tienen el oído muy fino.

Moraleja 6: Es muy difícil luchar contra la genética.

Moraleja 7: Que un niño sonría no significa que sea bueno. Tampoco que dé besos, están llenos de bacterias.

Moraleja 8: No llames a tu hija Pis. Es una putada.




jueves, 19 de febrero de 2015

Historias de la TV-1

Por mucho que me crea coherente, hago aguas como si estuviera a punto de parir. La programación de la televisión me produce arcadas… pero me la como :-(. Y lo hago cuando ceno. Zapeo, sí, pero no con la voz “zape” que utilizan algunos para espantar a los gatos, sino con el mando de los canales, ese artefacto que, según los entendidos, quien lo ostenta es el dueño y señor de una casa.

Tengo los canales básicos, no pago por ver la tele… bueno, en realidad todos pagamos, lo hacemos cuando también ingerimos las colas de anuncios que emiten. Total, que a lo largo de aproximadamente una hora, me distraigo cenando con la basura que me “regalan”.

Ayer vi, porque no encontré algo que me entretuviese más, un programa en el que un imbécil se disfraza de currito para observar cómo trabajan sus subordinados con el objeto de “mejorar la línea de producción, distribución y venta de un producto”. En realidad se trataba de un notas que se quería mostrar en la televisión y creerse un diosecillo.

Primero se metió en el centro donde fabricaban pasta para distribuirla entre sus restaurantes. Allí lo pusieron a trabajar, si es que hacer todo mal y decirle al encargado que no le presione significa trabajar. El jefe, disfrazado de empleado, era un inútil con mayúsculas y todas las letras, esto es: I-N-Ú-T-I-L. Me he tropezado con gente así a lo largo de mi extensa vida laboral. La maquinaria que utilizaban tenía fallos y se tuvo que cortar la producción debido a una avería en una de las máquinas. En ese punto estuve a punto de llorar debido a la pena que me causó la impotencia del encargado, pero me abofeteé por gilipollas.

Dolió.

Luego, el tonto del disfraz cambió de ciudad y de centro de trabajo, y se fue a un restaurante desde donde formaban en las cocinas a personas que trabajarían en diversos locales de la misma empresa. La encargada de esos cometidos lo trató muy bien mientras él le sonsacaba lo que podía para concluir que era muy blandita y no servía para ese trabajo. También le sonsacó la parte dura de su vida, la que al espectador le puede conmover. ¿Con qué fin? Lo sabréis al final de la entrada, pero antes veréis unos anuncios. No te jode.









Posteriormente, se trasladó a otra ciudad, donde había un tipo guapete (si es que un tipo puede ser guapete, yo considero que la belleza SÓLO se encuentra en la mujer) que tenía por misión captar clientes en la calle. Su actitud era buena, pero le fallaba la aptitud, es decir, no servía. No obstante, también tenía una triste vida detrás.

Finalmente, el jefe disfrazado cambió de ciudad y se metió como camarero en un restaurante donde el encargado tenía mala hostia, era meti culoso (no porque fuese gay), y era víctima de una vida triste que el programa se encargó de relacionarla de manera directa con su intachable disciplina.

Pero, tacháaaan, llegó el día de ajustar las cuentas con los trabajadores.

El jefe se cambia de disfraz y se vuelve un cabrón. Para eso utiliza expresiones mil veces ensayadas ante un espejo. ¿Cuál es su misión ahora? Decirle, con palabras envueltas en papel de regalo, a cada uno de sus empleados, que es un mierda. Lo hace desde un trono que le construye la productora de televisión, desde una posición de fuerza. El tipejo de los cojones utiliza todas sus armas para exprimir los ojos de sus interlocutores. Se aprovecha de la frustración y de la impotencia de sus subordinados (uno de ellos cuando llegó a Spain tuvo que vivir en la calle), haciéndoles ver que su mundo se derrumba, y que en estos tiempos tan difíciles se quedarán sin empleo.

Cuando el zumo de tristeza sale de los ojos de las víctimas del engaño, el jefe se regodea en su asiento, muestra su rostro más amable y empieza a regalar sonrisas, dinero, viajes, cursos y mejores condiciones laborales.

Es muy bonito contemplar el cambio de ánimo de ésos que logran salir de las arenas movedizas porque el cabrón que los empujó ahora les ofrece un palo y tira de ellos.

¿Es muy bonito?

Hoy en día, por romperle los dientes a un miserable de esta calaña, puedes ingresar en prisión, pero yo creo que como mínimo le agarraría de las solapas… Bueno, no lo creo. Eso lo tengo más claro que Dios.





jueves, 12 de febrero de 2015

Mi música te alejó. Orina culpa.

Siempre he pensado que desafinaba, que mis sonidos destemplados eran percibidos como música únicamente por las personas sin oído. No he podido hacer más que afinar mi piano y soltarme como sé. Como soy.

Pero siempre he pensado que desafinaba, así me lo han hecho saber a lo largo de mi existencia.

Bien, quienes así lo hacían ya ni se acercaban al mueble de madera, ¡y mucho menos al de carne! 
Los despistados sí lo hicieron, ¡pobres!

Yo calentaba mi pluma con aliento, extraía la tinta del recipiente y las redondas, blancas y negras de mi ser para estamparlas entre los monótonos barrotes de la partitura.

Me encantaban las blancas. 

Luego exprimía las corcheas, que se situaban rápidamente en mi pentagrama de emociones. Adelantándolas, las fusas. Y en la vanguardia de todas ellas, las semifusas, atropelladas.

Después, las confusas.

Y entre cada tonalidad, los silencios…


Tú me ayudabas a sobrellevar esa extraña armonía con equilibrio, sin salirme de las pautas. Pero cuando pulsaba un DO en la más hermosa clave de sol, tú añadías más líneas para evitar que me saliera de mis parámetros.

Gracias.

Perpetuaste en mí lo que llamabas talento. Un talento artificial, claro, porque siempre he pensado que desafinaba. Tú lo negabas. Me ensalzaste como la brisa que sostiene a la gaviota flotando en el cielo.

Así, ahí arriba, me creí especial, porque no hay mayor idiota que quien huye de su espejo.

Yo inventaba acordes, arpegios, melodías y ritmos y tú tensaste el pentagrama para que en él cupiese todo mi ego.

¿Te acuerdas de los acordes de las cuerdas?, ¿lo recuerdas? Redundaban tanto como mis palabras, mi mísera verborrea. Cacofonía. Blablablás elevados al infinito. Como un político de mierda.

Sin darme cuenta, presioné las teclas equivocadas y se formaron velados estrépitos que no fui capaz de percibir.

Y luego llegaron, de nuevo, los silencios. Ésos gritaban. Eran silencios eternos, de los que duelen, de los que imprimen las sienes con huellas dactilares. De los que me han hecho formular mil y una preguntas para las que no tengo más respuestas que:


Siempre he pensado que desafinaba, que mis sonidos destemplados eran percibidos como música únicamente por las personas sin oído. No he podido hacer más que afinar mi piano y soltarme como sé. Como soy. 

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Me balanceé intentando bailar a tu son, adhiriéndome a tus compases, ad-hiriéndome a tus cadencias, adhi-riéndome con tus contoneos.

Ya era tarde. Bajo nuestros pies se abrió una fosa profunda que separaba un "no te tengo" de un "jamás te tendré".