viernes, 19 de junio de 2015

De familia conservadora

Por mis pensamientos y vómitos aquí vertidos, ya os habréis dado cuenta de que pertenezco a una familia conservadora.

Cuando era pequeño, algunos domingos mi padre abría las latas de conserva que guardábamos en la alacena y engullíamos su contenido a la cena. Era como algo especial de los domingos. A otros se les daba por ir a misa, donde repartían vino y hostias. Nosotros sólo nos dábamos la lata.

En aquellos tiempos también hubo crisis, y mientras los de siempre se hacían ricos y nos miraban por encima del hombro (cosa que hacemos todos los humanos, incluso aquellos que tienen el cuello corto), nosotros conservábamos la calma.

Conservo, como todos los conservadores, momentos gratos guardados en la retina. Cuando me pican los ojos y me froto fuerte, rasco un mueble, una brisa, o esa imagen de los cinco al amor de la lumbre en aquellos días en que teníamos frío y se rompía algún mueble por casualidad. Probablemente el que me rasco.

A falta de nevera eléctrica, conservábamos los alimentos en la heladera, que era una especie de armario de madera en el cual introducíamos el hielo que traía en carro el hombre de hielo, vulgarmente conocido hoy en día como “iceman”. Sus hijos eran los más conservadores del barrio, tenían unos potentes pulmones capaces de convertir el agua en hielo para que su padre la repartiera en grandes trozos. Yo los admiraba. También por encima del hombro, desde la cabeza. De todas maneras recuerdo alguna vez que los admiré desde el dedo gordo del pie derecho que, por alguna razón, era más conservador que el otro.

Cuando me levantaba con el pie izquierdo, todo iba mal. De hecho creé una expresión que decía algo así como… vaya, no me acuerdo. El caso es que, como digo, todo iba mal. El pie izquierdo quería progresar sin esperar al otro pie, era más progresista, y yo me caía. ¡Me cago en el pie izquierdo! Tranquilos, luego me lo limpio. Si se deja, que es muy rebelde.

Como buen conservador que soy, conservo  mi primer juguete. Era un camión, o así veía yo a aquella caja de cartón con un hilo del que tiraba, al que mi momó pintó unas ruedas tan cuadradas como su base.

En fin, que ya os iré contando más historias de mi familia conservadora. No nos gusta compararnos a los progresistas, porque salimos perdiendo. Ellos progresan y progresan, y lucen corbatas y hablan de pobres con una lágrima al punto mientras a nosotros nos siguen mirando por encima del hombro. Y es que, como buenos humanos, no tienen los ojos en el culo, sólo las palabras.



sábado, 13 de junio de 2015

La puta vida

Nos criamos en un colegio conservador y elitista y entre nosotros no tuvimos demasiado trato. Él tenía a sus colegas y yo a los míos y quizá en aquellos días, si nos veíamos por la calle, nos saludábamos con una especie de reconocimiento que no iba más allá de la educación. El tiempo hace lo que hace, y Jano y yo coincidimos años más tarde.

La vida es la que es, y mis circunstancias me hicieron abandonar el colegio cuando todo en mi familia se torció. Nunca logré quitarme de encima ese conservadurismo que me inculcaron con mensajes subliminales. Ahora lo analizo en su hipocresía y selecciono lo que considero mejor de él. La experiencia me ha brindado conocer otras clases de pensamientos más progresistas que son distintos y no por ello superiores o inferiores. De ellos también selecciono lo que considero mejor, huyendo también de la hipocresía.

A Jano le debió de pasar algo parecido. Supongo. Como ya he dicho, años después coincidimos, él con su vaquero y yo con mi cuero. Yo metido en jaleos y él fumando un porro entre porro y porro, con esa mirada limpia de alguien a quien no le gustan los jaleos, pero que observa al menda con una sonrisa torcida. ¿No te gustan los canutos?, ¿te dan hambre? Ja, ja, ja.

Samu también se crió en el mismo colegio. Tuvo mala suerte. Iba como un pincel al cole, repeinado y limpio, ocultando tras su mirada triste una tragedia familiar en la que su padre linchaba a su madre. Yo lo supe años más tarde, cuando coincidíamos en el mismo garito, bebiendo como locos calimocho. Él no me lo dijo, claro, hoy en día lo sigue tapando y me parece correcto. Samu se lió con Marta, una chica ni guapa ni fea, que no sabía pintarse la cara, pero que tenía un culo… increíble.

El tiempo siguió pasando, porque no tiene otra cosa que hacer. Jano se fue a recorrer el mundo con una mochila y hace un tiempo lo vi por la calle, con sus pintas de siempre pero con veinte años más. No los que pasaron, sino los que tendrán que pasar: parece mi padre, aunque no es un cabrón. No fuma tabaco, sólo porros. Tiene una especie de carne que le cubre los huesos, y la cara más cuarteada que la de un jubilado. La voz no le cambió y sigue pronunciando la ene por la nariz, y cuando se ríe sus ojos se achinan cubriendo su mirada tan limpia de siempre.  De vez en cuando hace una paradita por la ciudad y nos damos un largo abrazo. La gente se nos queda mirando, porque a sus ojos yo soy una “persona normal”, simplemente de cuero, y él una mierda de vagabundo. Sean conservadores o progresistas, ¡que les den! La vida de Jano es mucho más rica que la de la mayoría de ellos. Además, él la eligió.

Samu recibió unas cuantas puñaladas. Le dio igual, sigue con su aliento a alcohol a todas horas. Se reúne en la plaza con otros como él. Un día le quisieron quitar el poco dinero que llevaba y él se negó. Lo curioso es que lo hizo por aquellos valores tan conservadores que le inculcaron. No fue una pose de chulería, no fue un “esto es mío y por lo tanto no es tuyo”. No. Fue un “no robarás”. Y lo acuchillaron, sí, pero no se llevaron nada. Cuando lo veo venir por la acera, él procura cambiar para el lado de enfrente, quizá porque le ofrezco ayuda, porque le digo que se vaya a alcohólicos anónimos o porque soy muy pesado o un capullo. Hace un tiempo he tomado la determinación de que si lo veo cambio yo de acera. Por él. Sólo por él. Para mí es aquel niño sanote que conocí cuando éramos pequeños, aquél que ocultaba una tragedia familiar como otros ocultábamos las nuestras.

Pero es un cabrón.


Marta vive también en la indigencia. Su historia con Samu fue duradera. Tanto, que hasta hace poco le permitía dormir en su habitación alquilada para que no tuviese que pasar las noches a la intemperie. Pero él le pegaba y un día lo echó. Cada vez que nos vemos, Marta me saluda con una sonrisa podrida en la boca. Se ha convertido en una vieja prematura y gorda, pero con tanta fuerza que es capaz de sonreírle al mundo. Y es que vale más que mucha gente que puede cambiarse las sábanas todos los días, pero a ella la desprecia.




miércoles, 3 de junio de 2015

Mi amigo enorme (vale, aunque no tengo amigos)

Mi amigo Carlos es enorme y no sé cómo cabe dentro de sí, porque poco pasará del metro y medio, si es que pasa, que creo que no. No me merece porque soy un capullo, pero ahí está casi siempre (en ocasiones no está a mi lado, él tiene su vida y yo la mía).

Es un tipo que me hace pensar, lo cual no es muy difícil, porque me paso el día pensando y, aunque no lo parezca, sobre temas muy variados). No lo admiro, que quede claro, sólo me hace pensar por su manera de desarrollarse en la vida.

Como hay mucho mamón que se fija en los defectos de las personas, sé que habrá tenido, como mínimo, una adolescencia dura. ¿He dicho defectos? No sé qué tiene de defectuoso ser bastante más bajo que la media.

Carlos es un tío al que no le tose nadie. Tiene carácter, y no necesita más que un gesto para hacerse respetar. Si algún imbécil le viene de vacilón, ya tiene de sobra quién lo defienda, si es que él, con dos palabras acertadas, no es capaz. Y lo es, os lo aseguro.

A veces casi meto la pata con él porque se me escapan cosas sin intención. Hoy, por ejemplo, Carlos me dijo que tenía frío (pobrecito, es tan pequeñito…), y estuve a punto de decirle que le dejaba mi jersey. Luego me di cuenta de que le quedaría como un tres cuartos, y antes de soltar una soplapollez, cerré el pico como un gorrión. A su manera, en silencio, creo que me lo agradeció.

Es difícil caerle bien a todo el mundo, es casi tan difícil como caerle mal (esto último no sé cómo lo hago, la verdad, debo de tener una cualidad oculta). De cualquier manera, yo intento corregir mis defectos e intento llevarme bien con él, porque me cae en gracia.

De la buena.

Por eso, cuando salimos a fumar un cigarro, en el trabajo, en los días de invierno, otoño y primavera, buscamos, si los edificios nos dejan, un rincón donde alumbre un rayo de sol para calentarnos. Siempre le dejo a él ponerse de espaldas al sol, para no darle sombra, y así Carlos nota el calor en su espalda, y yo de cintura para arriba. Creo que eso significa que, aunque yo no lo quiera asumir, le tengo cierto cariño. Más bien, aprecio.

Carlos nunca deja que le pague un café, paga él los dos. Algún malpensado se creerá que es por eso que nos llevamos bien, pero a mí el café en realidad me da igual. Un café viene a ser una excusa para charlar de nada o estar a gusto con una chica. Carlos y yo charlamos de nada. Eso sí, nunca me subo al taburete, son de los altos. Él tampoco lo hace, y no quiero saber por qué.

Carlos también me hace reír, es de estas personas que le ponen una vocal a su risa, y su vocal, como no podía ser de otra manera, es la “i”. Por eso, cuando sale de detrás del sofá con su “jijiji”, se me abre una sonrisa. Es un personaje el cabrón.


En estos días en que todos tenemos problemas, es bueno poseer un Carlos en tu vida, pero no nos equivoquemos, él también tiene problemas, a él también le pasa lo mismo, o tres cuartos de lo mismo, o dos cuartos de lo mismo, o un cuarto de lo mismo.