jueves, 29 de octubre de 2015

Reunión de amigos - I

Siempre me he sacudido el tema “amigos” como si no los tuviese. Vale, es verdad.

Pero los tuve.

Recuerdo las reuniones en mi barrio, en el bar de Manolo. No existe un barrio de verdad donde no haya un bar “Manolo”. Sería como un pueblo sin tonto, sin cura, sin maestro o sin cartero.

Mis amigos, curiosamente, eran todos extranjeros, porque antes habían sido tranjeros. Bueno, todos menos Pimientito, el gitano, cuyo tatarabuelo había sido a su vez tataranieto del primer tatara-tatarabuelo en llegar a la ciudad, allá por el siglo XV. Aquel hombre estaba en los huesos (presuntamente, nadie lo había constatado fehacientemente). Un día me di cuenta de que todo en la vida de aquel chaval había sido presunto. Su hermana, la que vivía en Portugal, tenía un par de presuntos que me elevaban cual grúa. Pero ése es otro tema.

En la pandilla también estaba M’Bubu, el hijo de M’Yogi, un vasco negro que bailaba aurreskus cuando aparecía el presidente de la comunidad de vecinos del edificio del bar Manolo. M’Bubu renegaba de la pandilla, pero él le llamaba cuadrilla y entonces se reafirmaba, quedando en equilibrio con sus pros y sus contras. Odiaba a los blancos, pero a mí me conocía como a la palma de su mano, de mi mismo color. Claro que yo no llevaba tanto oro como sus dedos.

Otro de los componentes de la pandilla era Chuan-Chín, una chinita espectacular cuyo verdadero nombre era Cho-chín, pero debido a la política feminista imperante, se lo había tenido que cambiar. Nosotros, como amigos que éramos, le manteníamos el nombre original en la intimidad. Recuerdo que un día, con mis orejas entre sus piernas, le dije… bueno, nada, nada.  

Alexandru era un rumano que había pasado su infancia en Asturies, donde había llegado llamándose Alexandro. Tenía una familia numerosa. Estaban Claudiu, Corneliu, Dinu, Flaviu y todos los demás, siguiendo un extraño orden alfabético como si alguien buscase en Google nombres rumanos. Antes de ir a Asturies se llamaban Claudio, Cornelio, Dino, Flavio y así hasta treinta y cuatro hermanos. Su madre, por alguna razón que se me escapa, siempre parecía exhausta.

Debajo de una gorra ladeada vivía Alberto Heriberto, un descendiente de Adalberto Filiberto y de América del Sur, que por cierto, era muy hermosa y tenía un perfil derecho parecido a no sé qué continente. Cuando andaba, cojeaba. Eso era debido a que tenía una pata bien y otra pata gonia. Pero de quien quiero hablaros es de A.H., que es como llamábamos a aquel chico que siempre asentía cuando se ponía el radiocasete al lado de la oreja.

***Un radiocasete venía a ser como un mp3 enorme.


Por último, el chico más húmedo de todos: Mójamed, que había subido desde el Gurugú. Perdón: bajado, que con esto del norte y sur uno nunca sabe cuando sube y cuando baja, como se dice de los buenos gallegos cuando se les llama tontos. Mójamed no había pillado bien los cuentos populares de sus primos y en vez de volar sobre una alfombra, caminaba bajo ella.



lunes, 19 de octubre de 2015

El día en que me dedicaron una canción

Había una rubia despampanante por la que yo estaba colado y por tanto, sin nata. Un día de borrachera nos presentaron. Era millonaria y tenía un chalet al que invitaba a sus mejores amigos. Luego, vio en el cine Forrest Gump y a partir de entonces sólo invitaba a sus muy mejores amigos.

Un flash me impregnó cuando ella me preguntó:

—¿Eres tonto o algo parecido?

Y yo le respondí:

—Mi momó dice que tonto es el que hace tonterías.

Entonces me dijo que yo era su muy mejor amigo y que me invitaba a su chalet… bueno, al cuarto de los huéspedes. Y allí fui, todo empalmón.

Una vez en su territorio, se acercó a una charca, mezcló agua con arcilla y la verdad es que no se le daba nada mal la cerámica, porque me hizo un hombre. Luego me hizo un cenicero y ya pude echar allí las colillas.

Su enorme finca estaba bayada, porque tenía numerosos frutales. También tenía una valla, pero vaya, eso no me gustaba tanto. Soy más de árboles, como los chimpancés. Ella misma me decía “qué mono eres” y yo me giraba y liberaba tensiones.

Los encuentros empezaron a multiplicarse y un día me atreví a tocarle un tobillo, que era como un tobo pero un poquito más pequeño. Comenzamos pues a intimar de una manera un tanto más seria. Salíamos a la calle de vez en cuando, de noche, pero a mí me daba bastante miedo. ¿Y si no volvía?, ¿y si me perdía? Ella se percataba y me decía con gran cariño:

—Ven a mi finca, escóndete en el cuarto de los huéspedes. Allí todo está a oscuras y no pueden verte.

Y yo la seguía como un perro pantalonero, porque ella llevaba siempre unos 501 (que estaban de moda en aquella época).

Logré echarle valor y un día salí de nuevo a la calle con ella. Conocimos a cuatro chicos de Vigo que tenían un grupo y estuvimos charlando con ellos. De repente se montó un lío ajeno a nosotros y se acercó la policía. A mí me detuvieron y, mientras Jennnnny (que así se llamaba esta chica), logró escapar, me gritó:

—¡No mires a los ojos del agente, me dan miedo, siempre mienten!

Yo hice caso omiso y miré directamente a la autoridad. Éste me llevó hacia su sargento, que me analizó con aire de superioridad.

—No te preocupes —me dijo el hombre—, no te haremos nada.

Luego, me metieron en la furgoneta ante la mirada atónita de los cuatro chicos de Vigo y se liaron a darme de hostias hasta que sólo me quedó un diente. Yo oía cómo Jennnny me gritaba:

—¡Quédate a mi lado, no te marches más!

Pero ella se percató enseguida de que yo no me marchaba, sino que me marchaban.


Los chicos de Vigo, con el tiempo, se hicieron famosos y me dedicaron una canción que aquí os dejo.





PD- Sé que os he dicho en varias ocasiones que no hablaría de mi vida personal, pero esta entrada os la podéis tomar como una excepción.

sábado, 17 de octubre de 2015

Trucos

He escogido la siguiente fotografía para mostraros lo que nos pueden llegar a engañar cada día. Los insignes fotógrafos, esos señores (y señoras) que están en el momento justo y en la situación perfecta, son capaces de hacernos llegar instantáneas indescriptiblemente hermosas.

Otros, trucan las imágenes para hacernos creer lo que no es, y llevarse unos premios inmerecidos.

Mucha gente es capaz de venderse a sí misma por el precio de la gloria, la fama o el poder. La mayor parte de las personas inflan sus currículos de una manera insultante, pero cuando llegan a un puesto y le preguntan:

—Así que nivel medio-alto de inglés, ¿no?

…y responden:

—If, yu jaf rison.

…se van a la puta calle.

Los que rondáis los cuarenta años os acordaréis del insigne señor Roldán. Fue el primer director general de la Guardia Civil, civil.  O, por decirlo de otra manera, el primer civil director general de la Guardia Civil. Nadie sabe (o sí) cómo se las ingenió para llegar a un puesto tan relevante, lo único que se sabe de manera fehaciente es por los filtros que pasó.

Ninguno.

El tipo en cuestión incluyó en su currículo una licenciatura en Empresariales y un máster en Economía cuando lo único que parecía haber estudiado (dudo si lo terminó) era un simple bachillerato.

No es el único caso, claro. Está la señora Chacón también, Tomás Burgos, Patxi López, Moreno Bonilla, Elena Valenciano, Joana Ortega, Bernat Soria, y tantos más. Y otros que no sabremos.

Y llegan a donde llegan, que es a dirigirnos (se me ha puesto el pelo de ahí abajo de punta). El caso es que nos lo comemos con patatas. Y no hablo del pelo de ahí abajo, al menos yo no llego y paso de cortarlo para comerlo.

Otras personas nos intentan confundir con sus tesinas; se me ocurre el famoso caso en que de repente Leonardo da Vinci era gay o que muchos premios Nobel eran unos cenutrios y quien realmente tenía la inteligencia eran sus mujeres, que fueron cruelmente solapadas por la historia.

También nos engañan con el fotochó. Esta misma semana una actriz que yo desconocía ha denunciado públicamente su repentino adelgazamiento. No miento. Adelgaza.

Luego está la sabiduría popular, que te habla de Ricky Martin y mermeladas, te dicen que la muralla china se puede contemplar desde la luna, que las uñas y el pelo siguen creciendo tras la muerte, que cortarse el pelo lo hace más fuerte, que los murciélagos son ciegos, que si orinas en una piscina el agua cambia de color (¡hay gente que me lo ha contado en primera persona!), que Einstein suspendió matemáticas, que la NASA se gastó un dineral en hacer bolígrafos espaciales mientras los rusos llevaban un lápiz…

Nos hacen tontos.

Bueno, todo este rollo es para mostraros una fotografía de un leopardo que ataca a una gacela (igual es otro animal, pero para mí es una gacela, diría que de Thompson, pero creo que es de África).

Está claro que es un burdo montaje.


La parte de arriba del felino está extraída de una alfombra, la gacela es de peluche, y si os fijáis en los cuartos traseros del atacante, podréis comprobar por vosotros mismos que se trata de un heavy con mallas de leopardo. 

Concretamente se trata de un montaje de varias fotos perfectamente ensambladas, la primera de ellas realizada en uno de los salones del castillo de Stumpeffstrog, al lado de la chimenea. En cuanto a la segunda, existen dos teorías, la del muñeco de peluche antes nombrado y la de una gacela de verdad que ha pasado por la taxidermia y que se encuentra expuesta en un museo de Federiburgo (Centroeuropa). La tercera foto corresponde a las piernas de Hans Kramel, célebre guitarrista de heavy metal, en una actuación en el Polideportivo San Toral de Cangas de Asín, donde tocaba con su grupo “Cañón”. La cuarta foto corresponde realmente a África Oriental, y de ahí se extrae este inigualable marco (véase que han tenido un fallo, han borrado toda una jirafa y se les ha quedado una pata).





Pero ahora sin bromas de humor rancio. En realidad se trata de una hermosa foto extraída de un diario. La foto es de Wim van der Heever, y yo la disfruto más que la gacela. Claro que yo no tengo que hacer una tesina, ni engañar a nadie.

martes, 6 de octubre de 2015

Historias de la TV-III

Hoy he visto las noticias de Telecirco (ya estoy más que harto de repetirme que tengo que cambiar de canal cuando encuentre una opción menos parcial todavía) y se me ha puesto una cresta de gallina. Por eso he venido aquí a cacarear.

Cada día estoy más asustado por las patadas al diccionario, por los gestos grotescos de los reporteros, por los chasquidos de baba rancia de la presentadora cuando comienza su oratoria (eso sí, está muy buena, quien le comiera la baba), y por los guiños a destiempo del presentador. Pero es que hoy, y ya en la dinámica que llevan en los últimos tiempos, han enlazado varias noticias con esa originalidad que les caracteriza.

Resulta que han hablado de que los bebés son capaces de escuchar música a través del coño de su madre. Sí, sí, como lo leéis. Resulta que los fetos (y perdón por la palabra) cuando tienen 16 semanas, tienen la gracia o desgracia de que, si alguien le pone un altavoz a su madre en el coño, pueden absorber esa música.

No contentos con asustar al crío/a, graban los gestos que éste reproduce. Dicen que sonríe, echa la lengua y no recuerdo qué más. Claro que habrá que esperar a un estudio dentro de no sé cuántos años para interpretar esos gestos. Si esta noticia es verídica, hay dos situaciones que me dan calambres:

1 - ¿Qué sonidos hemos tenido la desgracia de escuchar los cientos de miles de millones de personas a lo largo de toda la historia durante no sé cuántos meses en los sábados sabadetes de nuestros padres y, en algunos casos, de sus amigos?, ¿naceremos traumatizados por ello?, ¿qué me decís de nuestras fobias y miedos?, ¿achacaríamos nuestros dolores de cabeza a esos golpes que nos daban acompasadamente durante esos días que marcaron nuestro futuro?

2 - ¿Quién es el degenerado que le colocará un bafle entre las piernas a su mujer?, ¿habrá que recurrir a la nanotecnología de los japoneses?, ¿inventarán los condones sonoros y melódicos?

Los iluminados de Telecirco me lo han puesto todavía peor. Resulta que para ambientar la noticia primero pusieron al Wolfgang, vale, me parece correcto; pero luego dijeron no sé qué hostias de un tal Poveda, y soltaron una música flamenca en la que yo, sin duda, sería abortado.

Vale que “hay que” enlazar noticias, y vale también que qué mejor manera de hacerlo que terminar una con música andaluza y comenzar otra con más música andaluza, con tres participantes andaluces con jueces andaluces o similares y automóviles andaluces.

No, coches, decían.

Hablaban del gran éxito de un programa de ese mismo canal que se llama La Voz Kids (creo que en andaluz), y que en español debe ser algo así como La Voz Niños. Sí, sé de qué va, ¿quién no? Muchos de ellos son resabiados que imitan a los mayores; otros, futuras estrellas frustradas de las que se alimentan sus papás. Y alguno, probablemente, digno de todo elogio.

Es un programa donde a la mínima te llaman “gitano”, lo cual no sé si es bueno o malo, ni me posiciono, pero que por el contexto debe ser algo fabuloso en un programa de la tele, pero terrible en la calle. También te pueden llamar “mostro”, que es una apócope de monstruo, y que al parecer también es excelente. No me importan los epítetos que utilicen, porque nadie parece ofenderse y todo es sonrisa y lágrima. Pero me he escandalizado, dentro de mi perspectiva semiconservadora con una frase que uno de los coches le decía a una menor:

—¡Estoy enamorado de ti!

Pero es la tele. No pasará nada. Quien manda, manda. La música es el reggaetón, y el arte, el flamenco.

Olé, que diría un andaluz.

Olfateá, que diría un argentino.





sábado, 3 de octubre de 2015

Baldosa

Siempre he pensado que allá donde estuviese, me intentarían pisar. No lo digo desde la baja autoestima, ni desde la autocompasión. Es un hecho, como que uno más uno son dos, o como que uno más uno es dos. Y está basado en mi experiencia, porque he nacido con este careto, este cuerpo y mis características mentales (………….), además de mis circunstancias que, siendo invisibles para la mayoría, son lo más notable de mi ser, puesto que me impregnan.

Bueno, ni me creo siquiera una baldosa. Para llegar a serlo, antes hay que ser algo. O alguien.

Recuerdo una vez en que, cuando creía que tenía amigos, hace muchíiiisimos años, estábamos decidiendo a dónde íbamos a ir de marcha. Solté una broma:

—Como líder vuestro que soy, nos vamos al Barrock.

Les alegré la noche hasta que me largué. Las carcajadas fueron espectaculares, y se decidió ir finalmente, por votación democrática, a un lugar de salsa, ya que a las chicas les gustaba bailar esas cosas (menudo gusto). Y yo, que sólo sé mover un pie mientras me privo una birra o un calimocho escuchando rock, llegué a la puerta y pasé de entrar. Me largué.

Asimilando ya mi derrota, al cabo de unos minutos vi de nuevo al grupo. ¿Se aburrirían sin mí? Ellos estaban de mala hostia, ellas también.

—¿Ande vais? —les pregunté en algún idioma español.

—Al Barrock —me contestó a regañadientes Xan.

¡Si es que el que manda, manda!, pensé desapasionado. Pero no. Faltaría más. Resultó que en el bar de salsa sólo dejaban entrar a negros y a blancas y también resultó que de los siete que iban, tres orinaban de pie. Os podría decir también que eran blancos, pero en aquel momento estaban rosas, y con las venas del cuello hinchadas.

Yo, que ya empezaba a darme cuenta de mi posición real en aquellos años, pasé de ir al Barrock con ellos. Y me fui al Rockbar, que era más cutre y daban el calimocho sin hielo. Allí dejaban pasar a todo Cristo, incluidos negros, incluido yo. Lógicamente, no había negros, porque no les gusta el rock, y había pocas chicas, porque a las chicas les gustaba más bailar, no mover el pie o la melena. He de decir que, aunque escasas, las rockeras son muy atractivas. Salvo las gordas, claro, que sólo son activas.

Me hallaba en un rincón de la barra, pedí y no me hicieron caso. Volví a pedir y nadie me miró. De pronto se acercó hacia mí una gorda, porque siempre se me acercaban las gordas. Y pensé que quería ligar conmigo, pero no, sólo apagó su cigarro en mi chupa y luego fue hacia otro tío, hacia otro y hacia el suelo. Los demás comenzaron a bailar pogo sobre ella. Seguramente era otra baldosa. Mi alma gemela. Me entraron ganas de sollozar.

Cuando estiré el brazo hacia el tetra brick de vino y la botella de finn-cola con intenciones de autoservicio, el tío de la cresta se percató de que allí me hallaba yo. Me soltó una colleja y le solté los dientes, creo que no los tenía bien agarrados. Y fue algo que quedó entre los dos, porque todo dios iba a su bola y nadie se enteró.

Y es que nadie se fija en mí.

Yo, enemigo hasta las trancas de la violencia, me dirigí a casa con un gran desánimo y la cabeza gacha.

Momó ya estaba en la cama, leyendo, como siempre.

—Hola —, dije con educación y cariño.

Ella continuó con su novela, porque era más interesante que un hijo adolescente.

Al día siguiente me encontré con mi novia. ¿Novia? Digamos que de las cuatro parejas, si ella dijese que no estaba conmigo se quedaría desparejada. En un año no le había tocado ni un pezón. Claro, yo estaba más salido que el capullo de un presidiario. Y no hay peor desafección que una cara de salido.

Nos cruzamos por la calle y siguió caminando. Entonces la llamé.

—¡Eh, Helena!

—Coño, Sibe, no te había visto.

En cuanto dijo “coño” no sé qué me imaginé, pero se me puso cara de culo y me empalmé.

—Mira, Sibemol, ayer me dejaste tirada, te fuiste por ahí y chico, las cosas no son así, creo que no nos entendemos y he decidido poner punto y final —sí, sí, dijo “punto y final” como los periodistas, no “punto final”, que sería lo correzto de berdaz—,  a esta relación. Que sepas que te he amado como a nadie y bla, y bla, y bla, y toda la culpa es tuya y bla, y bla y bla.

No os engañaré. Por dentro me reí. ¡Estaba tan vacía! Cuando mi riñón paró de reír, la miré, serio, y le dije:

—Creo que tienes razón.

Pero ella ya no estaba.  
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Como disculpa hacia ti y hacia ti (las dos que me leéis), he de confesar que esta puta mierda de entrada es producto de la fiebre. Sólo se repetirá en episodios de altas temperaturas.


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