domingo, 29 de noviembre de 2015

Coraz-a-ón

Te conocí cuando la aguja pequeña se posaba en un nueve, cuando la pleamar sobó mis tobillos y tu mirada acarició mi alma.

La arena se empapaba de océano mientras recibía nuestras pisadas. El agua borraba sus huellas en el momento en que el sol era engullido por el horizonte y, furioso, enrojecía.

La luna emergió en tus ojos y brilló sobre esmeralda. Y tu aliento pronunciaba mi nombre con el hermoso perfume del alba.

Hasta entonces siempre me había preguntado qué era eso que algunos llamaban amor. Lo descubrí abrasándome en la hoguera de tu cuerpo, sudando tús y descubriendo yos en la más sublime de las conquistas.

Nos desnudamos y nos anudamos. Te hice un siete mientras me hacías hombre.  Me hiciste siete creyéndote mujer.

Y por primera vez susurré. Y por segunda, y por tercera.

Y murmuré desde entonces tu nombre, esas cinco letras que abrieron mi coraza y la convirtieron en corazón.

Yo no he inventado la vida, ni el cuchillo ni la traición. Ni las malas artes ni el desamor.

Sólo sé que del colmo al vacío se muda un suspiro, y de la seguridad al interrogante en el quiebro de un semblante.

Y llegaron las cuestiones, hasta entonces escondidas. Y llegué a cuestionar mi vida, pero no era mi momento, porque la pleamar sobaba mis tobillos y tú sólo fuiste un sueño.


Ahora sólo me pregunto si me puedo cagar en tu puta madre.



sábado, 21 de noviembre de 2015

Y aquí está

Tras la segunda guerra mundial, en 1948, se creó el Estado de Israel. Allí se asentó una población muy numerosa para acoger a los judíos que llegaban de Europa y las ciudades comenzaron a crecer de manera vertiginosa.

La ciudad de Brasilia fue creada en 1956 y pasó a ser la capital de Brasil.

Sí, se construyeron y se ampliaron ciudades partiendo de cero. Hay otros ejemplos como Islamabad y otras.

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Hoy en día, asistimos a un flujo de inmigración que un continente superpoblado como Europa no puede digerir, aunque haya voces que así lo afirmen, porque ser bueno es lo que mejor vende.

¿Y por qué Europa no puede digerir a tanta población? Entre otras cosas, porque no existen las condiciones idóneas para acoger a tal cantidad de personas. Todo ello hace que se levanten vallas, que se laven manos, que se pasen la patata caliente unos a otros y que la sociedad europea se divida entre buenos y malos. Pero eso ya entra en los terrenos de la política y la demagogia, de un lado y del otro.

Los problemas reales son el desempleo, el choque de culturas, costumbres y religiones, y problemas logísticos y económicos de todo tipo, incluyendo, cómo no, la sanidad. Y es que la vieja Europa no está preparada para una contingencia de esas dimensiones ya que, sin ir más lejos, miles de personas mueren en las listas de espera de hospitales europeos, el desempleo es un drama para millones de familias que no pueden ejercer el derecho (y el deber, y la dignidad) de trabajar. Y otros muchos problemas que no venden más que para ganar votos.

Pero entonces, ¿qué pasa con esa gente que está sufriendo? Digo la que sufre, no la que se aprovecha, ¿la seguimos dejando sufrir? ¿La metemos en tiendas de campaña al lado de una valla, aterida de frío? He aquí el problema de verdad, y es ahí donde hay que actuar.

Mientras los países occidentales blablean escurriendo el bulto hay verdaderas tragedias humanas. No necesito que me lo vendan como un drama, extrayendo lo que desean para sacarme una lágrima, no necesito que la cámara vaya a buscar el morbo. No hay morbo, hay tragedia.

Mi idea es tan simple como costosa, tan difícil como posible. Y lo peor: tan llena de peros…

Mi idea es la siguiente: Buscar un territorio en una zona despoblada y crear, por consenso de la ONU, una ciudad para los refugiados, algo parecido a lo que se hizo en su día con Liberia y los esclavos afroamericanos.

Es simple, se le puede ocurrir a cualquiera.

Es costosa, el traslado de cientos de miles de personas acarrea gastos. También la manutención y el tema logístico en general. Además habría que buscar recursos naturales para abastecer de agua a la población, bien plantas desalinizadoras, bien cualquier otro recurso, para eso existen las ideas, los proyectos y la investigación. De los primeros campamentos se pasaría poco a poco a la construcción de lo más básico: viviendas, hospitales, escuelas. Mano de obra no faltaría. Además, un gasto importante a sumar sería el de cascos azules para tener perfectamente controlada el área. 

Es difícil, porque a ver quién es el valiente que pone de acuerdo a los integrantes de la ONU, cuando ya en una reunión de vecinos saltan chispas. Considero que el jefe del mundo, que además ostenta un Nobel de la Paz, podría dar el primer paso, apoyado en otros mandatarios amigos y el Papa, por ejemplo.

Es posible, no solamente porque se ha hecho en otras ocasiones y en diferentes puntos del mundo, sino porque lo único que requiere es el dinero y la voluntad. Estoy hasta los cojones del gasto en investigación para llegar a otros planetas mientras nosotros nos pudrimos. También estoy harto de la investigación para hacer un coche más cómodo o para sacar el videojuego más real. La realidad es otra. Y duele, sobre todo a quien la sufre. Si hay dinero para construir cárceles, si lo hay para crear enormes estadios de fútbol o para celebrar unas olimpiadas, si se riegan campos de golf en lugares con escasez de agua, entonces también lo ha de haber para crear un área para aquéllos que lo pasan mal.

Está llena de peros, de hecho no va a llegar a ser más que otra ida de olla de una mierda de blog que leen entre dos y tres personas. Pero tú y tú: imaginaos que los de Mountain View se hacen eco, le dan bola y se lo trasladan a… no sé… ¿Obama? Ya estarían los rojos y los azules dándose de hostias por ver quién es más amigo del jefe del mundo, parloteando sobre las consecuencias que traería (mientras se van a su casita a darse una ducha y engordar más sus cuerpos y sus papadas). Algunos estarían ladrando que por qué los apartamos, que quiénes somos nosotros para decidir el destino de las personas, que… y que… y bla y bla. Y mientras, ellos se mueren de frío y se juegan la vida para encontrar una vida.

Por lo general, en este mundo tan moderno (y empleándose como se emplea el concepto “moderno” siempre para lo positivo), se tiende a mirar el corto plazo. Pues bien, llevar a cabo mi idea no supone que de un día para otro se cree una megaciudad, claro que no. Estas cosas llevan años. Se trata de tener un área con infraestructuras para el REFUGIO de las víctimas de los conflictos. Personas que volverían a sus lugares de origen una vez terminase el problema. Allí podrían acudir todos aquellos que quieran aportar su granito de arena “in situ”, nada de mensajitos de “qué bueno soy”.

Otro pero sería dónde ubicarlo, pero… ¿por qué habría de ser uno solo? Se podrían crear varios refugios-ciudades en el mundo, en lugares poco habitados, sin peligro para los que llegan. Mongolia, Sahara Occidental… no sé.

En fin, que a veces las simplezas toman cuerpo. Salvo cuando no interesan.


Pero qué bonito sería.




lunes, 16 de noviembre de 2015

El preámbulo de otra gilipollez

Como soy consciente de que no sé hacer que un espíritu mueva un vaso a través de mi cuerpo (otros tampoco, pero nos lo venden de puta madre) y como reconozco que el uso de mi persona va en mi contra, y como asumo que mi manera de pensar no es válida para los parámetros que hay en este Estado, como me sé un antilíder, gurú o guía espiritual, no pierdo la esperanza de que, como siempre que publico una entrada, entre nuestros amigos de Mountain View (esos que buscan si soy una amenaza para el mundo y que saben que no lo soy) exista una mente despejada que pueda darle bola a mi idea en su país. ¿Os imagináis yéndole con el cuento al jefe del mundo?

Ya sabéis que sólo publico gilipolleces. Entre ellas publiqué en el año 2013 una que era la hostia, que todos mis seguidores (menos una) me aplaudieron y que quedó donde tenía que quedar: en el aire de las nadas.

Debería tener tirón para decir un día: “desde hoy, el día 16 de noviembre, todos los que estén a favor de la igualdad, se tienen que dar un cabezazo al salir de su casa contra una señal de prohibido”. Pero no tengo tanto tirón como el que se inventó que mola ponerse en calzoncillos en el metro de todas las grandes ciudades del planeta. ¿Por qué en grandes ciudades? Básicamente por tres razones. La primera, porque si lo haces en mi pueblo, los vecinos te fostian. Lo segundo, porque en mi pueblo no hay metro. Lo tercero, porque no tengo pueblo, vivo en una pequeña ciudad.

Pero es que tengo la solución menos traumática para los refugiados y para los países de acogida. Y ahí está la idea.

Es cara, claro, pero si se quisiera, se podría. Se han hecho, por diferentes motivos en Israel y en Brasil, por poner dos ejemplos. Ya os contaré. De momento, a ti y a ti, os haré estar expectantes.






PD- Aún estoy tocado por el suceso del viernes, es curioso lo que me ha jodido emocionalmente. No necesito ni llorar, ni símbolos, ni grandes frases, ni plásticos. Me ha tocado y punto. Intento que todo sea tan normal como siempre. Sólo terrorífico, sin hipérboles puntuales.


sábado, 14 de noviembre de 2015

NO a la Edad Media

Aunque muchos, desde dentro y desde fuera, la podáis justificar y comprender.

Yo, no.



jueves, 12 de noviembre de 2015

Regla


La siguiente entrada está basada en la canción que la acompaña. Sé que probablemente no os gustará, pero proviene de un grupo de los años setenta que me encanta, La Banda Trapera del Río, que se adelantó a sus tiempos y tocó temas comprometidos para aquel momento. Rock de barrio, rock de Cornellá.


Manuela era una adolescente que jugaba con sus amigas en el parque durante la segunda mitad de los años setenta. Los chicos la miraban. No era guapa, era una chica de barrio, descuidada, cuya ropa estaba en consonancia con sus gentes. Ella odiaba el uniforme del colegio, aquellas horribles faldas escocesas que se colgaban desde los hombros. Y es que no sabía, a aquellas alturas, que aquel atuendo era lo más lujoso que poseía.

Teófila, la madre de Manuela, fregaba escaleras. Había emigrado desde Extremadura a Cornellá. Su vida había sido dura como el callo de un agricultor. No había podido estudiar porque trabajaba desde niña y apenas pudo leer su primer y único contrato en el que estampó una X. Luego, trabajó en negro, porque ni le renovaron ni le ofrecieron más oportunidades. Pasó por los trabajos más desagradables. Tuvo que limpiar culos de personas que la miraban por encima del hombro cuando asistía en Barcelona a cualquier burgués que la trataba como ciudadana de segunda, como una simple charnega. Vivía en casa con su hija desde que su marido había salido a por tabaco, hacía ya siete años.

Pero su hija…

Su hija sería alguien, para eso ella se esforzaba en que la niña estudiase.

Casi todos los domingos, si su horario se lo permitía, Teófila asistía a misa. Allí rezaba ante todos los santos y ante Dios, cuyo hijo la observaba mientras su carne se abría en sangre. ÉL sí que había sufrido por todos nosotros. Amén.

Manuela conoció la existencia de la regla cuando vio, desde el gallinero del cine, tras colarse con permiso del hombre de la taquilla, la película Carrie. Aquel personaje, como ella, no había sabido, hasta aquel momento, que su cuerpo iba a eliminar sangre una vez al mes de manera natural.

Un día, Manuela se acercó a Teófila a la hora de la cena y, bajo una lámpara de cuatro bombillas, le confesó que le había venido la regla. Teófila se puso blanca, pero no se le notó, porque sólo una de las bombillas les alumbraba. Luego, se santiguó repetidamente.

—Hija mía, ya eres mujer —le dijo. Y sentenció—: Prohibido salir de casa.

La vida de Manuela de repente se volvió negra. De casa a la escuela, de la escuela a casa, nada de parque, nada de amigas, los hombres son malos.

Pero a la escuela ya había llegado la droga. Y en la escuela pública se mezclaban ya niños y niñas. Y, como tantas otras muchachas, Manuela encontró allí su válvula de escape. Conoció a Jorge García, un mal estudiante, también de Cornellá, también hijo de inmigrantes, también charnego.

Manuela empezó a fumar y la madre la hostió el primer día en que lo notó olfateando su aliento. La obligó a ir a misa el domingo siguiente. Allí la hostiarían con menos violencia.

Pero Teófila se pasaba el día trabajando de casa en casa, y Manuela dejó de ir a clase. Su madre era mala —se decía—, sólo la castigaba, le prohibía salir y le obligaba a estudiar. Y de vez en cuando le metía algún sopapo. Por su educación, claro, claro. ¿No quieres que salga de casa? No saldré.

E invitó a Jorge García a su casa. A su habitación.

Manuela llegó a odiar a su madre, y aunque la convivencia se hacía difícil, ese odio estaba bien guarecido. Pero algo en su interior clamaba venganza. Por eso, un día, bajo aquella triste lámpara, Manuela sonrió, miró a su madre desafiante y le gritó:

—¡Estoy desvirgada!

Teófila la miró como si no la conociera, y con ojos implorantes, llenos de lágrimas, exclamó:

—¡No, no, no, no, no, que te puedes quedar embarazada!

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Hoy en día, Manuela comparte piso con Jorge García, él es repartidor de cervezas y ya se sabe que el que parte y reparte se queda con la mejor parte, por eso Manuela no aguanta su aliento. Ni su cara. Ni su mala educación. Ella, que le ayudó a salir de las drogas, no se merece sus desplantes, ni sus insultos ni sus... cambiemos de tema, él en el fondo me quiere.

La Merce es su hija, podría parecer su hermana si Manuela no tuviera esa cara de vieja prematura. La parió a la edad de dieciséis años.

Teófila sigue rezando, ahora por su nieta. Nota en su hija la carga de la culpa. Pero ella no la culpa de nada. La culpa es de la vida, de la puta vida que tan mal se ha portado con su familia. O quizá sea del gobierno, eso dicen todos. Tal vez, mientras tantos ciudadanos vivían en la pobreza, en negro, sin recursos, buscándose la vida, aquel señor Pujol podría estar robando… qué se yo… ¡un millón de pesetas! Tal vez… Y tal vez entre los de ahí arriba lo sepan o lo hayan sabido, porque todos se cubren.

Manuela siguió yendo al cine. Recordaba la película Rebeldes, aquellas peleas entre los niños bien y los greasers, se acordaba de esa frase que decía algo así como: “aunque unos vivamos mejor que otros, todos vemos ponerse el mismo sol”. Bah, no era así, pero ése era el mensaje. Parecía mentira que una sentencia así saliese de la mente de una escritora de dieciséis años, pero claro, seguro que en su vida nunca había existido un Jorge García.


Y seguro, ¡por éstas!, que no veían ponerse el mismo sol.




lunes, 9 de noviembre de 2015

La verdadera historia de Tarzán - II

Hablando de pelos, Tarzán era calvo. Bueno, llamémosle Dimas, que era su nombre verdadero. Pues sí, era calvo. Desde su infancia le habían atacado los piojos, las pulgas, la sarna y por qué no decirlo: esa palabra horrible llamada alopecia, que viene del griego y quiere decir “sin lopecia”. Cuando empezó a clarear, los nativos que lo conocían con el nombre de N’gu, que significaba “ese tío raro que a veces grita como un poseso”, lo comenzaron a llamar M’bokachankla, que significaba “cara de culo”.

Dimas se hizo un hueco de prestigio al matar cocodrilos. Esperaba a que las camadas salieran de sus huevos y ¡zasca!, les clavaba un tenedor (también extraído del avión). La primera vez terminó con un calambre en la espalda y un terrible dolor de huevos; la segunda, apuntó mejor.

El famoso grito de Dimas (del que ya sabréis que han logrado incrustarlo en un pentagrama, haciendo huir al resto de notas), en realidad se trataba de un alarido. Y es que Dimas alaría y alaría todo el rato. Siempre se hacía daño. Que si un cabezazo contra un árbol, que si se cortaba las manos con las lianas, que si ahora me hago un mortal y sólo se queda en un trágico… vamos, que tenía a todos los habitantes de la selva estresados el muy cabrón.

Dentro de su grito tenía varios registros, pero ni los propios indígenas podían descifrarlo. Él sí. Los agudos de sus alaridos provenían de cuando estaba a punto de llegar a un árbol y se encontraba con una pitón. Entonces, el corazón le hacía juego con los tambores de guerra de la tribu B’ruta y su piel se volvía más pálida.

Aunque nunca se lo había confesado a su gran amigo Alfonso (que en Hollywood llamaban Chita), él temía al jefe de aquella tribu, R’ajoi y al hechicero, M’ontoro, que tenía cara de comadreja, o sea, de la típica mujer negra que se pasaba el día comadreando y se reía de las pieles que llevaban las muchachas más jovencitas, que, todo sea dicho, eran tan cortas que le levantaban el taparrabos.

Con la llegada de Petra (Yein), Dimas comenzó a hablar con mayor corrección. Ya decía: “me se caer”, “me hacer de rabiar”, “el estao del bienestar” y “gustar el bacalado” que era un pescao del que le había hablado Petra. Pero tenía un fallo: sólo utilizaba el infinitivo. Un día, un negro valiente se acercó hasta el ascensor de Dimas, que era de madera, y ascendió hasta el primer piso-rama, que se hallaba en el ala sur del domicilio de los Dimas-Petra. Allí tenían el comedor, en la segunda rama el fornicadero y en la parte de arriba del tríplex el cuarto de baño (donde no se podían bañar, curiosamente, por eso comenzaron a llamarle servicio y lo utilizaban únicamente cuando el resto del hogar estaba vacío, quizá porque eran pudorosos).

El negro valiente, como ya he dicho, ascendió por el ascensor, esto es, se subió a la caja y pegó un salto hasta el comedor, porque no se había sacado el carnet de conducir elefantes.

Dimas estaba dándose una panzada de huevos de avestruz con rata silvestre, y cuando vio al negro ante él, le dijo:

—Yo atiborrar.

Y efectivamente.

Primero le borró la sonrisa, luego le borró la vista y luego lo borró del mapa.

Y es que otra cosa no, pero Dimas era muy sincero. 

Otro día os contaré lo que le sucedió a Dimas cuando Petra lo convenció para llevarlo a Nueva York. Si queréis adelantaros, no tenéis más que acudir a los archivos de la Universidad de Harckensfield.


Allí está todo perfectamente documentado.




viernes, 6 de noviembre de 2015

La verdadera historia de Tarzán - I

No sé si recordáis las antiguas películas de Tarzán. Son, junto al Planeta de los Simios, algunos de los filmes más racistas que han existido.

Johnny Weissmüller encarnó a la perfección a un héroe al que obedecían todos los animales y temían todos los nativos. Su terrorífico grito y su "ankawa, Chita" hicieron las delicias de todos aquéllos que creíamos en esa ficción.

¿Pero quién fue verdaderamente Tarzán?

Según los últimos estudios realizados en la Universidad de Harckensfield, Tarzán verdaderamente existió. Se llamaba Dimas.  Fue bautizado así por unos exploradores que intentaron hacerle hablar, pero ¿qué se puede esperar de un bebé? Él sólo sonreía y decía ta-ta-ta. Luego tar-tar y finalmente dijo Tarzan con tal entusiasmo que le añadieron una tilde en su aguda. Pero los exploradores no estaban satisfechos y siguieron:

—Di más, di más, di más.

Finalmente le dieron un puntapié y lo abandonaron por callado.

Dimas no fue el superviviente de un accidente aéreo, como nos quieren hacer creer, claro que no. Ni fue amamantado por lobos, ya que en África no había lobos, y en caso de haber, prefiero no pensar de dónde tendría que amamantar el muy cochino. El caso es que tampoco había lobas. Como todo el mundo sabe, ahora sí que existen esos animales en los zoológicos africanos donde llevan canarios, gatos, cobayas y todos esos animales que no pueden ver en su tierra. También emiten documentales en las dos, que es su único canal, y todos flipan con la caza del gorrión al mosquito.  

En fin... no había lobas hasta que llegó Jane, a la que en la ficción llaman Yein (como si fuera una estilizada moneda japonesa), pero que en realidad se llamaba Petra. Petra era muy distinta a Maureen O'Sullivan, le llevaba por lo menos una cabeza a Dimas, porque éste, por falta de alimentación se había quedado raquítico. Petra era muy abusona, y le daba collejas a Dimas cuando se enfadaba. Éste huía entre los árboles, de trapecio en trapecio, porque eso sí, en Hollywood copiaron los trapecios a la perfección.

¿Por qué se dedicó a hacer trapecios Dimas? os estaréis preguntando, ansiosos por mi explicación. Porque se sentía muy débil por la parte del cuello y de los hombros. Entonces, probablemente por la información genética propia del ser humano, dedujo que si levantaba un peso con los brazos estirados, la espalda recta y doblando los codos, se sentiría mucho más fuerte.

Así lo hizo desde que un día vio a un mono tití (ahí es donde se cruzan las historias, porque el mono tití sí venía en un avión desde América y sobrevivió a un accidente, y esto sucedió porque el piloto se puso a hacer el mandril). Como decía, vio a un mono tití y lo levantó para hacer trapecio. Al principio parecía difícil, pero el mono (que no era hembra, sino macho y se llamaba Alfonso) le dio las instrucciones oportunas: atar entre las lianas una rama perpendicular a su caída.

El mono tití y el mono blanco hicieron buenas migas. Cada vez que robaban pan, las echaban juntos a la taza. Os preguntaréis de dónde salió la taza, claro, ¿quién no lo haría? Pues joder, ¿de dónde va a salir? Del avión.

—¿Y el pan?

Vaya, siempre está el tocahuevos. El pan salió de un señor con barba que se pasó un día por allí, extrajo de su túnica un pan y lo multiplicó sin cortarse un pelo. Luego se fue con sus mismas greñas y sus mismas barbas, porque como ya he aclarado, no se cortó un pelo.



martes, 3 de noviembre de 2015

Reunión de amigos - II

Uno de los días que recuerdo con más cariño fue aquél en que todos se representaron tal cual eran, me sentí como en una familia. ¡Ay, qué recuerdos!

M’Bubu estornudó varias veces y su gorro se movió. Parecía mentira que un negro se pudiese poner rojo, y casi lo consiguió. Dijo:

—Menudo resfriado tengo, dame dos pañuelos.

Pimientito extrajo un paquete de paquetes de paquetes de paquetes de pañuelos de papel Clímax y le ofreció un minúsculo envase. Luego, le pidió veinte pavos, que en aquellos días no eran euros, sino cinco pesetas comprimidas en otra moneda. Tal compresión creaba una moneda durísima que se llamaba “duro”.

—¿Necesitas dos pañuelos? —le pregunté, abriendo mucho los ojos. Él me miró, arqueando las cejas (eso lo sé porque sus ojos mostraron un trozo blanco por la parte superior).

—¿Tú has visto mi nariz, hermano? —preguntó como si yo fuese capaz de discernir los rasgos de su cara.

Pero lo logré, y era verdad, su nariz era como mínimo tres veces más ancha que la mía. Me miró con complicidad y me chocó su mano al menos de seis maneras diferentes. Luego se desatascó, extrayéndose un moco descomunal, propio de aquella nariz. Lo depositó bajo su silla. Me quiso volver a chocar la mano, pero la retiré con disimulo.

Chuan-Chin no paraba de guiñarme un ojo. ¡O los dos! Joder, ¿estaba quedándose dormida?, ¿quién puede saber cuándo un chino duerme o te analiza con atención? Yo, tan gentil como siempre, habilité un hueco en mi zapato por si quería echarse la minúscula chinita.

Pimientito se levantó sin avisarnos (teníamos la manía de decirnos entre nosotros que íbamos al servicio cuando íbamos al servicio). No dijo nada y nos extrañó. Luego caímos en la cuenta de que había entrado el pijo del barrio y se dirigía a él para darle… o pedirle una limosna. Nosotros siempre apostábamos con Manolo a que la intención de nuestro amigo era dar la limosna. Manolo siempre ganaba, el cabrón, ¡qué suerte tenía! No obstante, Pimientito tenía un corazón enorme. Vale que se le bajaba al estómago, pero era enorme, y siempre se desbordaba por encima del cinturón. Pronto le cambiaríamos el nombre, pero en aquel momento no se nos ocurrió nada original. Hoy en día le llaman Pimentón, al parecer porque trabaja cuando el semáforo se pone en rojo.

De pronto apareció Alexandru.

—Cho-Chín, dame fuego, Mójamed, dame un cigarro, A.H., déjame el radiocasete, Sibemol, pásame un acordeón, Pimientito, préstame tu móvil.

—¡Tú siempre pidiendo! —exclamó Cho-Chín, como despertando de un letargo.

El único que respondió fue el gitano. También era el único que tenía algo en común con el rumano, pero nadie sabía el qué.

—Resultamente que todavía no han inventado los móooooviles —le dijo Pimientito con aquel gracioso acento que lo caracterizaba aún después de los cinco siglos que llevaban sus familiares en esta tierra—, pero ya te camelaré con otra cooosa, paaayo.

—A mí no me llames payo que yo no te he insultado —protestó Alexandru.

Qué manía de pedir tenía aquel rumano, la hostia. Sería algo de familia, porque sus hermanos eran idénticos a él. ¡Y los cabrones vivían como Dios!

—¿Por qué a mí no me has pedido nada, aivalaostia? —preguntó M’Bubu, molesto—, ¿te piensas que no tengo nada que ofrecer o qué, txakurra?

Alexandru meditó un instante. Luego me salió un instante impreso, justo en la mejilla izquierda. Y luego, se decidió:

—M’Bubu, dame un lápiz de color carne.

El vascoafricano se levantó a buscarse la vida. Al cabo de diez segundos regresó con un lápiz negro, desafiante.

Todos nos miramos y explotamos a reír.

—¡Venga, pidámosle a Manolo unas cervezas y unas tablas de embutidos! —dije yo para festejar nuestra alegría. Y es que yo era todo lo contrario que ahora, porque era solidario, tolerante y todas esas cosas.

Mójamed posó la alfombra en el suelo.

—¿Cómo es que tienes la alfombra tan sucia? —preguntó Cho-Chín.

—Es que hoy he limpiado mi casa— dijo el musulmán entre bocado y bocado de jamón y trago y trago de cerveza.

A.H. no se despegaba de su radiocasete más que para picar aquí y allá. No solía hablar mucho, porque al parecer en su tierra utilizaban mucho las manos para expresarse. Nosotros le tirábamos de la lengua cada vez que tenía la cerveza en la mano, y se le derramaba por encima.

Aquel día, como todos, la fiesta se terminó cuando Cho-Chín comenzó su faena. Cogió su ramillete y se despidió.

—Sois todos maravillosos, pero me tengo que ir.

Alguien dijo:


—Siempre nos estás echando flores, pero cuando empieza lo bueno te vas.