sábado, 31 de diciembre de 2016

Por pedir que no sea

Ya dejé claro el año pasado que desear cosas hermosas para el año siguiente no deja de ser deseo. Y que esperarlas es una quimera. Pero no tiene por qué ser así en lo que depende de nosotros mismos. Nuestras metas tienen más posibilidades de salir adelante si ponemos empeño y trabajo. Si no lo hacemos, pasará lo de siempre, que lo achacaremos a la mala suerte.

Yo paso de pedir paz, porque no soy futbolista ni hablo gratis, intento pagar el peaje de la coherencia (y es caro, sube al año más que la inflación y no siempre se consigue). No soy como uno muy famoso que salía en un anuncio contra el racismo y hace un par de meses le estaba llamando negro de mierda al del otro equipo. Es fácil desear, ser bueno. Y es más fácil ser vacío, no hay más que colgarse etiquetas aprobadas por la masa.

La paz parte de uno mismo. Yo deseo la paz a quien considero buena gente (un noventa y cinco por ciento está en la tercera edad, pues se criaron con otros valores). También se la deseo a la gente que es sólo gente pero que me deja en paz.

A los malos les deseo lo malo, no soy de poner la otra mejilla como están haciendo los europeos. El problema es cuando dejen de ponerla, la historia está llena de ejemplos.

Ojalá a toda la gente que se lo merezca le vaya bien. Ése es mi deseo. Lo acompaño de otro: ojalá a toda la gente que se lo merezca le vaya mal.


Pero si me pidiesen un deseo que DESEO de verdad, y que es tan inconsistente como todos los demás, yo elegiría la coherencia. Que cada uno de nosotros actúe en función de cómo piensa, que sea egoísta en eso, que piense por sí mismo y en sí mismo, que se sacuda siglas y trajes, que se olvide de derechas y de izquierdas y que, si puede ayudar y quiere hacerlo, lo haga, no hace falta que lo grite a los cuatro vientos, porque su mensaje durará unos segundos, será una etiqueta tan barata como lo ha sido hasta ahora. Que analice por sí mismo, que razone, que sepa, que viva. Que mastique, pues lo que nos dan masticado tiene la saliva de otros.

Feliz año si te lo mereces.




Resultado de imagen de brindis


lunes, 26 de diciembre de 2016

De dioses

Como ya he comentado en numerosas ocasiones, hoy en día los periodistas se creen más importantes que la noticia. Y, sin embargo, cada vez le meten más patadas al diccionario y a la gramática. Ya no hablemos de las noticias, porque sabemos que están sesgadas, politizadas, corta-pegadas y sujetas a uno de los dos colores.

Los periodistas que no llegan a dioses, se quedan en semidioses, y el secreto de su éxito y audiencia, como el de los presentadores de televisión, es que tienen la capacidad de ser queridos u odiados por los espectadores.

Da igual que no se sepan expresar con corrección, que hagan pausas para pensar, que esas mismas pausas no se las permitan a sus entrevistados, o que sean tan altivos que distribuyan el orden del mundo a su manera. Ellos pueden insultar, pero se sienten agredidos si alguien los insulta. Poseen una prepotencia tan insultante que, aunque no utilizasen esos términos que emplean, ya con su perorata están faltando el respeto a mucha gente.


Uno de los casos más obscenos es el del famosísimo Carlos Herrera, el tipo que fuerza una octava más grave en su voz porque alguien le ha debido decir que así es más hombre. Podéis ver cómo pierde los papeles en muchas entrevistas en Youtube. 






Y cómo se revuelca en el fango (supongo que desde su celestial figura él pensará que ha BAJADO hasta el fango) insultando desde su púlpito a algunos que no piensan como él (cosa que parecía reservada a los mortales como yo). A él no le importa, está por encima del bien y del mal y todos a su alrededor no dejan de comerle el cipote, mientras él, engolado, intenta un Tom Waits que se queda en un EEEHHMMMM tras otro.

Como todos los periodistas, este tipo pertenece a uno de los dos únicos polos de la política imperante, así que cualquier noticia tiene que pasar sí o sí por el tamiz de lo poco original.

De esta manera, cuando murió Fidel Castro, este tipo arremetió contra Silvio Rodríguez, y entre los epítetos que le dedicó uno que me sorprendió mucho fue el de “aburrido”. Lo repitió en varias ocasiones: aburrido, aburrido, aburrido. Y me aburrió.

Luego, escuché por enésima vez a Silvio Rodríguez y volví a sentir su poesía y su magia. 




jueves, 22 de diciembre de 2016

Bonito cuento de navidad con final feliz

Le dolía mucho la barriga, tanto, tanto, que aullaba. En realidad, no sabía si aquellas tripas que huían de su cuerpo eran una barriga. No sabía nada, ni lo entendía. Eso en el fondo era bueno, así no se daba cuenta de que sus patas traseras apuntaban a distintas direcciones retorcidas de una manera imposible. Se concentraba sólo en el dolor de tripa y en aullar. Algunas personas se apearon de un coche y se dirigieron hacia él, y tuvo la impresión de que se le movía el rabo. Pero pasaron de largo y se dirigieron a un vehículo que ardía. Dio un último aullido y tuvo la suerte de morir.

Era junio.

En los últimos seis meses había estado a gusto con su familia. Él los quería, admitía que el más pequeño de la casa le tirase del rabo y alguna vez de sus partes, y le dolía cuando le enganchaba los pelos de los bigotes. En una ocasión hasta había sangrado. Los quería mucho, aunque el que parecía llevar las riendas del hogar le daba a veces una patada y él no sabía por qué. Se apartaba y le lamía la pernera del pantalón hasta que recibía la patada definitiva y se iba a su rincón a comer unas cosas secas y pequeñas que tenían un sabor que cansaba. Su instinto le pedía otro tipo de comida, y a veces se entretenía lamiendo el suelo porque había unas partículas de restos que se le caían a los que parecían comer mejor.

A veces pasaba sed. Iba hacia el utensilio donde había agua y estaba vacío. Entonces oía unos gritos más agudos de la otra persona adulta y al cabo de un tiempo conseguía beber. Intentaba lamer aquella mano que acercaba una botella a su utensilio, pero nunca le daba tiempo, porque la mano huía con velocidad.

Una vez al día, alguien rodeaba su pescuezo con una correa y lo bajaba a la calle dándole tirones. Cuando le entraban las ganas de expulsar su vida, los tirones eran mayores, había gruñidos y malos tratos, pero él no lo podía evitar, aquello salía de su cuerpo sin intención.

No obstante, este cuento tiene un final feliz, porque termina en un hermoso día de las navidades, cuando sonaban villancicos, había luces multicolores, las familias paseaban por un centro comercial y sonreían, y un niño le decía a sus papás:

—¡Oh, qué perrito más bonito!, ¡lo quiero, lo quiero!


Y aquel animal parecía sonreír en su jaula, levantándose sobre sus patitas traseras y enseñando la barriguita.






martes, 20 de diciembre de 2016

Otra navidad

Hace años, la navidad era magia para mí. Me pasaba minutos contemplando los reflejos de las bolas de colores del árbol y a los pastorcillos del nacimiento (que era como se le llamaba en mi tierra a lo que en España decían belén). También miraba a los reyes magos que viajaban bastante quietos encima de sus dromedarios. Mi preferido era el negro, y de los reyes, Melchor.

En mi nacimiento había una verdosa imitación del musgo, una línea de papel de aluminio que hacía de río, un puente, unas cuantas ovejas y algunas figuritas interesantes. El árbol de navidad era artificial y aunque sabéis que me encanta lo natural, no soy capaz de matar un árbol para la satisfacción de unos días. El árbol duró años, y cada vez era más pequeño.

Recuerdo, siendo yo todavía minúsculo, paseando con mis padres y hermanos por la calle, que algunas tiendas se engalanaban de navidad con unas luces que abrigaban, amarillas, anaranjadas y rojas, su escaparate. A su vez, las calles del centro de la ciudad encendían sus montajes navideños con luces de colores de bombilla ancha. Todo me parecía muy especial, no sé si por mi edad o porque eran unos días muy marcados, puesto que hasta hace pocos años las navidades comenzaban el 22 de diciembre, día de la lotería.

En aquellos días hacía frío en diciembre, y se pasaba algo más de tiempo en casa, con la familia. Todos los días echaban una película en el único canal de televisión y la verdad es que quien la elegía lo hacía con cariño. Creo que las mejores películas que vi fueron en navidad. En una tele en blanco y negro, porque no éramos ricos.

Como esta entrada pretende ser un bonito recuerdo escrito a toda prisa, no lo ensuciaré comparándolo con esta asquerosa navidad materialista y repugnante a la que estamos expuestos hoy en día. Quizá haya que esperar unos años para saber qué recuerdos guardan los niños de ahora sobre la navidad ésta que dura tres meses y que ya da pereza desde principios de octubre.


Yo os voy a colgar el villancico que más me gustaba de aquella navidad en blanco y negro. Mis padres habían comprado el disco cuando nació mi hermano mayor y lo estuvimos escuchando navidad tras navidad hasta que para nosotros dejó de tener brillo, luces y buenas sensaciones.

Felices fiestas a quienes os las merezcáis (a quienes no, no). Es un deseo, no dos palabras vacías. Estos días recibiréis tantas palabras vacías y adornadas, tantos regalos por cumplido y tantos eslóganes, que a mí no me apetece insultaros desde aquí. Espero que no se os revuelvan las tripas tanto como a mí con las consignas repetidas, y con esas ansias de paz que al parecer tiene todo el mundo (políticos, futboleros, toreros, funcionarios, taxistas, sindicalistas, jueces, periodistas o gente que os dice que os quiere y que os ama).

Todos sabemos quien nos quiere y quien nos ama, y esas personas no necesitan de una fecha ni de palabras, porque sólo necesitan SER.

Y cuando dejan de ser... ya no son.




viernes, 16 de diciembre de 2016

De conserva - II

La chinita me quiso llevar al restaurante de un familiar, pero para cerdo agridulce ya estoy yo y para un rollito de primavera había que esperar unos meses.

Fuimos al bar "Manolo", ya sabéis que en todos los sitios hay uno. Yo no soy un hombre de aquí te pillo aquí te mato. Necesito antes una conversación, al menos una. Me dio la impresión de que ella quería algo más que un simple diálogo cuando de repente miró al camarero y le dijo:

—¡Otlo cholizo!

A los postres se sinceró conmigo.

—Estaba buenísimo el cholizo.

Y yo me henchí.

De flan.

Estaba que te cagas.

Doy fe.

Y se siguió sincerando conmigo.

—Tú oilme. Quielo plobal otlo cholizo.

—¿Otroooo?

Abrí los ojos como platos y creo que ella se quedó sorprendida de los límites a los que puede llegar un occidental, pues no sólo nosotros nos fijamos en los ojos…

—¡El tuyo, clalo!

—¿A qué te refieres?

—Quielo que me hagas tuya.

De pronto sentí cómo se doblaba mi centímetro y se convertía en dos. No en medio, no seáis malpensados, hablo de la primera acepción de la RAEL, no de la cuarta. Mi sueño se había hecho realidad.

—¡Vámonos! —le dije casi sin pensar. Agarré su minúscula mano y la arrastré a la calle. Nos metimos en la parada de metro Ópera, donde alguien cantaba. Ah, no, era reggaetón.

Subimos al metro, estaba lleno de españoles. De hecho, había dos. También había unos treinta latinos de la zona de los alrededores de Etruria, cinco o seis marroquíes y un compatriota de mi chinita observando el plano del metro.

—Jodel, qué complicadas sel las letlas occidentarres.

Sí, platicaba la ele.

—Le pediré a tu primo un condón, que no llevo encima —le anuncié a mi amarilla—. Perdona, ¿tienes un condón? —le dije al oriental.

—¿Ein?

—¡Coño, os sorprendéis en español! ¿Tú tenel pleselvativo?

—Sí, xxs.

—¡Cojonudo!

—No, sel solo pala la pichina.

—Que vale, que vale, que bien, que como un guante. ¡Yupi! Digooo, ejem... ¡bien!

Llegamos a mi hotel. Aunque el preservativo me quedaba flojo, logré ajustarlo y cuando lo conseguí saqué de la jaula a esa fiera que habita en mí.

Le di la vuelta a la china, la puse a cuatro patas, le hice el pino-puente, la colgué de la lámpara, la estampé contra la pared, le enseñé el verdadero francés, la cubana (esto no lo logramos, ¡bien!), el griego y el catalán en la intimidad (era cerrando fuerte el puño y hablando con la a), el gallego que no subía ni bajaba y siempre se quedaba dentro (o fuera, nunca se sabía), la guerra franco-prusiana, la cabalgata de las valquirias y todo el anillo del nibelungo, el dépor-celta, el imperio del sol, el yin y el yang, las sombras de Grey, las chinescas y la del carballo con cada uno de sus lóbulos, le froté lugares hasta borrarlos y me entretuve en cochinadas tan obscenas como un misionero.

Ella quería más y se repetía. Esto era debido al cholizo. A mí me pasaba lo mismo, de hecho, mientras ejercíamos el amor en el más extenso de sus conceptos, yo escribía esta entrada y me repetía en mis descripciones sobre la belleza oriental, sobre todo cuando hacíamos la postura del escritor, en la que yo me sentaba en una silla y ella se arrodillaba bajo una mesa. También hicimos la postura de la escritora, y cuando le dije que me explicase aquellos símbolos ella sólo gemía.

Finalmente, cuando vi que empezaba a estar cansada, le enseñé la pronunciación colecta de la erre con mi lengua entre sus piños.

Cuando ya no pudo más, se tumbó en la cama boca arriba, me apartó con un por favor y me dijo:

—Con que conseRRvadoRR, ¿eh?

Y yo me puse rosa como mis compis colgantes.




lunes, 5 de diciembre de 2016

Inciso (Nueva cagada de Telecinco)

Ya os he comentado que normalmente veo las noticias de Telecirco. Cada día les pillo una media de entre diez y veinte fallos. Algunas veces más, algunas veces menos. Pero es que hay fallos y fallos.

Como normalmente repiten las noticias del mediodía por la noche, si estoy en casita me fijaré en la GRAN CAGADA de hoy.

Supongo que poca gente se habrá dado cuenta de ella, igual que nadie se percató del descuido de Cándido Méndez (sindicalista y por lo tanto muy sospechoso desde mi punto de vista) en el programa “tengo una pregunta para vd.”, hablando de su sueldo hace pocos años. Pero bueno, ése es un fallo que puede pasar inadvertido a las personas que no tienen mi profesión y es normal.

Hoy Telecinco ha comentado una noticia según la cual, España ha tenido unos ingresos de ¡69 millones de euros!, gracias al gasto de los turistas. Acompañaban a la noticia ciertos comentarios de un reportero mayor de diez años y que se presupone con una carrera a las espaldas, entrevistas e imágenes de personas que decían que cuando llegan a España se van de compras, beben mucho, ven los espectáculos, comen bien y se alojan en hoteles, entre otras muchas cosas. Vamos, que lo pasan teta.

Y claro, hay unos enormes ingresos de 69 millones de euros.

Y 69 millones por aquí, y 69 millones por allá, y todo el rato con 69 millones que me rascaban hasta hacerme herida.

Hace un par de semanas, publicaron una noticia en el mismo medio en la que decían que había escalado el turismo y ya se acercaban a 64 millones de visitas que recibían los españoles durante 2016.

Con mi agilidad mental, he hecho una división simple en mi cabeza ¡y me ha salido un resultado espectacular! Resulta que cada turista se ha gastado… tacháaaaan

¡¡1,078 euros!!, es decir, para los menos entendidos, que se ha gastado cada turista, independientemente de sus días de estancia, fiestas, compras y demás, ¡un euro y pico!

Vale, vale, sí, ya está el Sibemol sacándole punta a un fallo que puede tener cualquiera.

No, no, no me conoces si piensas eso (y aunque no lo pienses). Un fallo lo tiene cualquiera, yo puedo cometer alguno menos que los informativos de Telecinco, pero los tengo también. Pero vayamos al fondo: supongo que David Cantero será periodista, supongo que el que puso el subtítulo a la noticia es periodista y supongo que el reportero de calle también lo es. Y entonces, queridos, ¿para qué cojones vale el puto título de las narices? (y perdonad por eso de las narices). ¿Nadie coteja nada o qué? ¿Son sólo una voz, una postura, una cara bonita?


Ése es el nivel al que tanto me refiero cuando hablo de estos impresentables tan llenos de poder.

De conserva - I

Me han llamado a un plató de televisión para grabar un programa basura que ya os comentaré algún día, y he vuelto a ir a Madrid. Esta vez no esperé a recibir los dictámenes de la productora, el billete de avión y el hotel, sino que fui dos días antes para conocer un poco más esa ciudad donde los reyes magos se visten con cortinas de ducha y donde los africanos y “latinos” te paran cada diez metros en el centro para ofrecerte entradas a sitios que consideraba de cierto nivel, pero que, a juzgar por los reclamos, parecían ofrecerme el dichoso reggaetón.

Vale que por mucho que intento ocultarlo sigo teniendo cara de gilipollas y ésa es mi tarjeta de presentación ante la vida. ¿Por qué digo esto? Por dos razones: 1. Es la verdad, y 2. Porque se me acercan igual que cuando hace años se me acercaban dos testículos de Jehová con una Biblia con la intención de que las palabras amables de dos desconocidos me hiciesen cambiar de religión. El tema es que yo me creía católico porque estaba bautizado. He de reconocer que, en cierto modo, cuando se acercaban los de Jehová conseguían su propósito, esto es, me cambiaban de religión. En un plisplás pasaba de católico a protestante. Casi insultante, diría, si diese voz a mis pensamientos. O si existiese dicha religión.

Y no. Yo soy católico, apostólico y romano. En realidad no soy romano, nací en Civittavecchia, o al menos allí paró el crucero. Tampoco soy apostólico, no me fío más que de una persona a la vez y normalmente me fío de mí, salvo excepciones. Además, paso de lavarle los pies a un tío y mucho menos si tiene barba. Lo de católico… la verdad es que no creo ni en mi padre.

Lo que sí soy es conservador. Me tiran más el otoño y el invierno que la primavera y el verano, porque son más frescos. Me gusta más una mujer bien conservada que una pasada. Y me gusta más Anguita que Iglesias. Sí, lo soy, lo reconozco.

Así se lo hice saber a la chinita que conocí en Madrid por casualidad… por la calle Alcalá, mientras paseaba y se me metió una piedrecilla en el zapato. Bueno, llevaba botas, a decir verdad, porque con un único zapato cojearía. Cuando me saqué la piedrecilla, le dije.

—Oye, soy conservador.

—Pues me voy contigo, mi amol.

Que sí, que era china, no cubana. Una cubana es… otra cosa.

Os he hablado mucho de las chinas. Me encantan. Lo especial de ésta no es que fuera pequeñita y tuviese los ojos… ¿cómo lo diría para que me entendieseis? ¿Ajaponesados?, ¿acoreanados?, ¿avietnamizados? Tampoco era especial que tuviese el pelo oscuro y lacio o ese toque de color de la piel de la luna llena cuando comienza su camino ascendente. Ni que arqueara un poquito sus diminutas y finas piernas o que oliese a limón. No. Lo especial de ella es que se fijó en mí. De los seiscientos millones de chinas era la única con el equilibrio perfecto en su miopía para fijarse en mí. He de decir que me miraba con atención, ¿eh?, me apuntaba cerrando los ojos un montón. Vale, reconozco que con ellos abiertos no existía gran diferencia. Pero le gusté.

Cuando le gusto a alguien fumo un cigarro, así que no se puede decir que me vaya a morir del fumeteo. Fumo Ducados, y si me lee algún joven se pensará que hablo de tabaco rubio, pero ésa es una mariconada de ahora. Yo soy de tabaco tan negro como los cojones de un grillo. Ya sabéis, me refiero a esos cigarros blancos. ¿¿¿…???





Mientras paseaba con la chinita por el centro, se acercó un tipo de aspecto africano, no diré el color porque levantaría sospechas infundadas sobre mí, así que sólo aclararé, como nos permiten hacer hoy en día, su procedencia. Era de la parte del sur del Sahara, como diría un periodista español: un subsajariano, y como diría un pedante: un subsaariano. En este párrafo comeré judías, porque me han educado en que la hache es muda (algo que nunca llegaré a entender).

—¿Me das un cigarro? —me preguntó.

—Negro.

—No, francés —me dijo mientras me soltaba una hostia políticamente correcta. Yo pasé de darle explicaciones y aclararle que me refería al tabaco, sobre todo porque me lo impedían un diente y una muela que se me habían soltado de las encías. Digoooo, de la hostia. No lo denuncié porque me habrían detenido a mí por racista. Tampoco le devolví la hostia porque entonces iría directo a la cárcel. Yo.

Por su acento deduje que, efectivamente, sería francés. Pero no, no, no. Un francés es… otra cosa.

Me tragué las piezas dentales con cierto gusto, porque el molar tenía un paluego de carne prensada con ese toque ácido-amargo tan característico y que tanto gusto me dio cuando, utilizando mi lengua, lo arranqué de la pieza en sí.

A unos diez pasos nos abordó un tipo que nos ofreció un yogur.

—Ahí viene un gliego —me dijo la chinita.

—¿Por qué lo dices?

—Pol el yogul.




Yo miré la marca del yogur. Era Chamburcy. Y le dije a mi chinita:

—No, no, un griego es… otra cosa.

Diez pasos después se aproximó un catalán.

—¿Tenéis un chit clet si us plau?


Se lo di.  Aunque no era si es plau, era Cheiw, pero pareció no importarle la marca.



viernes, 25 de noviembre de 2016

La otra verdad sobre el bosque animado

Si queréis entender esta entrada (no si me visitáis y quedáis bien), tenéis que ver el vídeo que aparece en el siguiente enlace, y que dura menos de dos minutos:


Podría haceros la jugada de otra entrada, en la que os enseñé unas fotos idílicas y luego os mostré la cruda realidad. Bien, aquí voy a hacer lo mismo. Fijaos lo que nos venden y lo que es real. Si habéis visto el vídeo, habréis comprobado cómo os relataban en seda un paisaje idílico donde seleccionan las imágenes y las acompañan de la música de mi tierra (de lo poco que nos queda, pero ya excluida de la mayoría de eventos culturales y tradicionales en los que por desgracia se escucha el reggaetón).

La famosa fraga de Cecebre es un área que hace bastantes años consistía en un bosque bastante extenso y donde se desarrollaba la novela de Wenceslao Fdez. Flórez “El bosque animado”. Hace unos años, José Luis Cuerda rodó una película sobre esta novela y, ante la imposibilidad de utilizar los exteriores naturales de una zona ya deteriorada como el propio Cecebre, tuvo que buscar algún rincón de Galicia, lo más cercano posible, no invadido por los eucaliptos, después de haber recorrido 2.000 kilómetros por tierras gallegas. Aquí mismo veréis la noticia, del año 1987 en la que, además (para los que me llamáis exagerado y catastrofista) explican que las últimas escenas se rodaron en ¡Extremadura!


Desde entonces han pasado treinta años. Siempre se me escapaba el por qué las personas de aquí, cuando les preguntan qué sitios bonitos hay en Galicia te hablan de Finisterre, de las fragas del Eume, de las de Cecebre, de As Catedráis y de diez sitios más, siempre los mismos.  Y ya he llegado a la conclusión del por qué: 1) necesitamos / necesitan algún sitio donde aferrarse; 2) ¡se las creen!; y 3) o no han visitado esos sitios o han ido y no se han percatado porque no tienen claras las líneas de la ética y de la estética.

¿Qué ha pasado durante estos últimos treinta años en el bosque de Cecebre?

Por un lado, lo linda una gasolinera; por otro, terrenos y cultivos; por otro, una autopista y varias urbanizaciones. Como siempre hay una excusa para maltratar lo nuestro, aceptemos que es parte de la “evolución” o de los “adelantos”. No entra en esa excusa el hecho de que hace un lustro talasen decenas de carballos centenarios. Pero vale. ¿Vale?

Alguien que se conoce bien la zona y que ha paseado por ella cabreándose, llamémosle Sibemol, desmontará el vídeo y todas las mentiras que se dicen en él.

Comencemos:

“San Salvador de Cecebre es una parroquia de Galicia rugosa, frondosa y amena". Entre todas las mentiras se comenta alguna verdad. Es verdad que es una parroquia de Galicia. Su rugosidad entra en el terreno de la metáfora, tanto como su amenidad. Podría ser más ameno, por ejemplo, un parque de cualquier ciudad.

"Para representar gráficamente su suelo, bastaría entrecruzar los dedos de ambas manos, que así se entrecruzan sus montes, todos verdes y de pendientes suaves". Alguien como yo, que ha estado por allí unas cuantas veces, sabemos que bajo el follaje del otoño hay un sinnúmero de vertidos y basuras. He extraído cientos de kilos de basura. Plásticos y latas que se deshacían entre mis dedos entrecruzados debido a la erosión de tantos años. Bombillas, botellas de lejía, ruedas y todo lo que os podáis imaginar y algunos de ellos con algunos colores que todavía no tienen nombre.

"La fraga (bosque) es un ser hecho de muchos seres. No hay que hacer otra cosa que mirar y escuchar. Entonces se comprende que existe otra alma allí. Infinitas almas. Que está animado el bosque entero". No me parece demasiado especial, porque en el terreno de un colega, a quince minutos de mi ciudad hay ratones, ardillas, petirrojos, ranas, lagartos, lagartijas, culebras, alguna víbora, le ha entrado un zorro, le visitan gatos, perros, patos, hay mosquitos, arañas, caracoles, babosas, hormigas, salamandras y cuando voy yo, capullos. Y un largo etcétera. De hecho, al sitio que tratamos, la fraga de Cecebre, han entrado inmigrantes que están acabando con la fauna autóctona. Me refiero, entre otros a los plumachos, eucaliptos, tortugas y avispas velutinas.

"El río, como un ser humano, tiene rostro y entrañas y sería locura enjuiciar éstas por la apariencia de aquél". Es cierto que el río tiene rostro. Cuando mi imagen se refleja pienso que el río se parece a mí. Respecto a sus entrañas, las conozco bien, porque no sólo he extraído de él algunos ladrillos enteros, sino otros troceados que costaba un poquito más. También había en sus entrañas uralita, cables y plásticos y todo lo que he nombrado en el anterior párrafo. Así que mejor no juzgar al río por mi careto, sino por su excremento. El río también tiene ramas y troncos, y su falta de limpieza provoca que cada año haya decenas de inundaciones en los terrenos particulares adyacentes.

"Desfilan sus aguas entre una doble guardia de abedules, de álamos, de mimbreras que en el invierno están firmes como soldados". Efectivamente, el río tiene agua. También árboles en sus márgenes. No os penséis que hablamos de miles de abedules y álamos, son apenas unas decenas. Y sí, están firmes en invierno y también en verano. Son árboles.

"Se siente resoplar desde muy lejos la máquina que más que arrastrar unos cuantos vagones viejos, viene empujada por ellos en el largo camino en cuesta. Pero es la única ocasión que tiene la máquina de un corto en aquellos parajes para presumir de potencia y estremecer los árboles y las casas con el torbellino de su marcha". Vale, que pasa el tren anticuado por ese trocito de tierra. Las cunetas de la vía del tren y de las carreteras están llenas de basuras. Eso no lo dicen porque nos venden lo que habéis visto en las imágenes. Cuando hablan de casas, se refieren también a chalets y urbanizaciones de adosados, cada una de su padre y de su madre.

"El gato “morriña” (entiendo que será una gata, pero qué más da a estas alturas si ya hay vía libre para decir cualquier cosa) aburrido de la comodidad del pazo donde vive, se fuga para encontrarse con una hermandad de gatos que reniegan de su domesticidad y se proclaman bestias salvajes y cazadoras. Y para demostrar su naturaleza planean un golpe sorprendente". Me he puesto a temblar hasta que he visto que tiene un collar.

Aquella mañana la campana de la iglesia envió sus sonidos al bosque (llegaron acompañados por los de la autopista). Los sones dulcificados atravesaban la fraga ligeros y seguros para llegar inexorablemente a donde debían llegar.

Me jode mucho que engañen así a la gente. Iré desmontando, como he hecho hasta ahora, todos esos sitios que se presuponen hermosos pero que importan una puta mierda (nunca mejor dicho), y que sólo venden por un nombre.

De momento, todos podemos viajar por Google Earth y saber un poco “por encima” qué nos podemos encontrar. Os dejo este enlace para que podáis ver el extensísimo Bosque Animado, tan importante para los gallegos como… todo lo demás.







Si alguien se preocupase por el bosque animado, denunciaría su estado actual, no haría esta gilipollez.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Teshhoro

He frivolizado mucho en el blog con temas de forma que me importan lo justo. Me consta que hay personas que se han sentido aludidas con algunos temas que he tocado, igual que yo me he sentido aludido con otros temas que se han tocado en otros espacios. Es normal, porque todos tenemos nuestros secretos inconfesables, nuestros traumas, nuestros complejos y nuestros puntos débiles.

Curiosamente, y lo agradezco, algunos comentarios discordantes que he recibido han sido sobre temas banales respecto al físico. Que yo pueda enumerar lo que considero virtudes para mi mujer diez, no significa que el resto sean inferiores a nueve con noventa y nueve, aunque las habrá. Y me sigo refiriendo al físico. He hablado de kilos, de tintes, de plásticos, de tatuajes, de pelos, de holguras y de aprietos. He pasado de hablar de edades porque ni quitan ni ponen salvo lo que quita y lo que pone la naturaleza. Pero la naturaleza es una cosa y la persona es otra. Hay mujeres de sesenta mucho más cuidadas que sus nietas de veinte. Igual que hay personas de setenta más cazurras que sus nietos de diez.

Pero no he cometido ningún delito por expresar mis gustos, igual que no lo cometen las mujeres a las que les gustan los morenos, los altos, los tíos con traje que se parecen al de la novela erótica o los que tienen los ojos azules, los cañeros o los dóciles. Es su gusto. Que yo me asemeje o no a ésos es algo en lo que yo no puedo participar, porque yo tengo el traje de piel que me ha regalado la genética, y que ha logrado conquistar a  lo largo de mi vida algunos territorios y otros no. Esta última frase no es una cosificación de la mujer, es una metáfora que puede emplear igualmente una mujer con un hombre.


                                     




Esto en lo que se refiere al físico, que es lo que siempre suele chocar más. Lo químico, lo verdaderamente “de piel”, lo mental es algo que a priori nos une y nos separa más con el resto de personas del mismo sexo o del contrario. Importan mucho los gustos, la desenvoltura gestual, las aficiones, las inquietudes y la manera de ser respecto a la vida. A mayor número de coincidencias, mayor atracción, se supone, aunque haya personas que utilicen esa sincronía con el argumento facilón de “somos demasiado iguales” para dar boleto a una posible pareja porque les gusta menos que un calcetín.

Todo este rollo ha sido un preámbulo para confesaros lo más bonito que me he encontrado en una mujer, y que nada tiene que ver con lo físico o lo psíquico, sino con la esencia antes de corromperse, es la inocencia.

Cuando hablo de inocencia, no me refiero a la ausencia de culpabilidad, sino a la ingenuidad o a la candidez, eso que cada vez les hurtan a los jóvenes a una edad más tierna. Tampoco me refiero al virgo físico, que no deja de ser una característica más de la fisonomía de ese ser tan hermoso sin el cual no tendría sentido ni cauce la vida.

Hay muchas vertientes de inocencia. Haber sobrepasado los cuarenta no excluye la posibilidad de encontrarla de nuevo, me he topado con ella en conversaciones y maneras de ver la vida. La he conocido en mi piel y en piel ajena y os aseguro que vale más que el perfume del mar en un frasco.


Es tan hermosa que ni un tatuaje, ni un tinte, ni un kilogramo la pueden tapar. Gracias a ella he aprendido más de mí. Y hay muchas maneras de quebrarla, la que utilizaron conmigo, follándome hasta las entrañas y la que empleé yo, con amor y respeto. Eso no me hace bueno, no lo soy más que malo, pero ¿sabéis? Me hace especial con esas personas sin cuya inocencia no habría extraído eso que un día bauticé como magia.




domingo, 20 de noviembre de 2016

Sara

Cuando Sara Carbonero comenzó a ser conocida en los medios audiovisuales, mucha gente cargó contra ella. Que se equivocaba, decían, que importaba más su imagen que su profesionalidad. A mí, sin embargo, me parecía que hacía bien su trabajo, era seria y además todos nos equivocamos, incluso sus colegas de profesión que también la criticaban. Pues eso, tenía detractores, anteriormente llamados campesinos o labradores, pero con la llegada de la modernidad y del tractor, cambió su denominación.

Bueno, esto último no es cierto, porque un detractor, según la RAEL, es:

1.Adversario, que se opone a una opinión descalificándola.

2.Maldiciente, que desacredita o difama.

A mí la palabra “detractor” me parece muy hermosa, porque empieza con la letra D de dedo y termina con la R de rueda. Y, ¿cómo siendo tan hermosa puede hablar de descalificaciones y maldiciones, de descréditos y difamaciones?

¡Hay que cambiarla!

Pero ya sabéis que soy conservador, así que no lo haría, porque me gusta utilizar las metáforas sólo en ciertos contextos y porque no me gusta la gente que habla entre humo, para poder clavártela con cualquiera de las interpretaciones que puedas hacer de sus palabras.

¿A qué viene todo esto? Ya lo sabéis. A que Sara Carbonero pide a la RAEL cambiar la definición de madre por ser ”muy bonita y sin embargo parecer aséptica y fría”.

Vamos a ver, nuevos periolistos y modernos… ¿qué es una definición?

1.Acción y efecto de definir.

2.Proposición que expone con claridad y exactitud los caracteres genéricos y diferenciales de algo material o inmaterial.

Yo en principio pensé que la cosa tiraba por el tema tan en auge del feminismo. Eso de comparar a una mujer con un animal. Entonces miré la definición de padre, y me encontré ésta:

1.Varón o animal macho que ha engendrado a otro ser de su misma especie.

Descartada la opción del feminismo mal entendido, sólo me quedaba la siguiente proposición:

“La madre de Sara Carbonero es/ha sido una persona excepcional que la ha llenado de cariño, amor y valores y la ha cuidado y protegido como mandan los cánones de la naturaleza y la humanidad”.

Ojo, esto no implica que su madre no haya sido “una mujer o animal hembra que ha parido a otro de su misma especie”.

Ahora hablemos de la madre de esa chica de León que le pegaba palizas a su hija mientras permitía que cuatro hombres la violasen durante años. O de ésas que abandonan a su hijos en contenedores de basura. O de las decenas de miles que permiten ese sobrepeso de sus hijos que les provocará enfermedades. O de tantas otras. Según Sara Carbonero, eso es bonito porque son madres. Cágate, lorito. Pues chica, a mí no me lo parece. Me cuadra más la definición actual.

Eso es como la definición de periodista:

1.Persona legalmente autorizada para ejercer el periodismo.

¿Ves, Sara? Ahí encajas perfectamente. Si tuviésemos que irnos por las formas y decir, por ejemplo: “persona preparada, con una licenciatura y que transmite aséptica y objetivamente un hecho a través de su herramienta que es principalmente el lenguaje”, ya no serías periodista.

No sigáis cambiando los significados, nos confundís. Ya habéis hecho demasiado daño dándole la vuelta a la “tolerancia” a la “solidaridad” y a la “democracia”. Ya habéis castrado demasiado el lenguaje.

Es como si un matemático me dice: un periodista es lo mismo que medio periodista. Me lo tiene que demostrar con mil fórmulas y desde luego no me vale una que exprese lo buena que es su madre.


Hoy me siento un poco campesino contigo, todo sea dicho. Campesino moderno. De esos de tractores.




jueves, 17 de noviembre de 2016

Cambiando - III

¡Plas!

Detrás de las cortinas, la señora me metió un hostiazo. Se debió de oír en el estudio porque todos se quedaron callados. Como había otras cortinas detrás, y ya sabemos que las cortinas insonorizan, la señora, ajena a mi lagrimón, hizo de nuevo:

¡Plas!

Ahí me desperté como de un sueño. No dolió, de hecho, lo agradecí.

—Tío, ¿me quieres putear?

—Yo… yo…

—¿Tú, tú, qué?

—Yo… no sé cago aquí.

—¡Ni se te ocurra!

—¿El qué?

—¡Anda, veinte!

Y, obedeciendo, caminé veinte pasos.

—¡Que vengas, joder!

La seguí, acojonado, no estaba acostumbrado a esos aullidos.

 —Ponte esto. Voy a llamar a los de maquillaje.

—¿Un chándal?, ¿para qué? A mí no me maquilla ni Dios, ¿eh?

—Mira, tío, ahora tienes las dos mejillas con la misma marca. No te me pongas chulo, que soy feminazi y te enderezo la nariz de un sopapo.

—Vale, vale…

Me puse el chándal y vino una maquilladora a dibujarme unas bolsas negras bajo los ojos. Luego se acercó un cámara y un fotógrafo, que por alguna razón también tiene que ser un cámara, ¿no? No creo que haga las fotos con la mano.

—Ésta será tu foto "del antes".

—¡Pero si nunca uso chándal!

—¡A callar!, ¡los cámaras, que vengan!, ¡vamos, hagamos todo el paripé!

Ahí comenzó un perípolo que es como un periplo, pero en pijo. Recorrimos algunas tiendas de Madrid, pero yo me negué a entrar, y cuando grababan nuestras conversaciones, ella suavizaba el tono. Cuando había un descanso, simplemente se separaba de mí, gruñía y hablaba sola. Pero cuando grababan:

—Dime, cariño, ¿qué problemas has tenido en tu vida que han hecho de ti un ser… un ser… ¿asín?

—Mi vida realmente ha sido un camino de rosas. (Que no, que paso de contártelo, tía, o lo lees entre líneas o te jodes).

—A ver, tenemos que hacer el “pograma”, invéntate algo, cojones.

—Verás, tengo varios traumas infantiles.

—Ah, ¿sí? Cuéntamelo todo, cielo. ¿Han abusado de ti los curas?, ¿sufrías bulling, piercing, marketing?

—Un día se me cayó un diente…

—Oh, Diosssss, ¿qué te pasó, querido?

—Supongo que sería la mala alimentación…

—¿Pasaste hambre?

—No, comí mucho chocolate de la nevera. Estaba más duro.

—Grrrr.

—Entonces vino el ratón Pérez y… y… ¡me mordió! Desde entonces no soporto ese apellido, no soy capaz de leer a Pérez Reverte, ni a Benito Pérez Galdós, estuve en contra de la Pereztroika y no consigo que nada me dé pereza.

—¿Algún trauma más?

—¿En serio que quieres oírlo?

—Eres gallego por los cuatro costados, ¿eh? Me contestas con una pregunta.

—Bah, eso también lo hace un tío de Badajoz que conozco.

—Me estás empezando a cansar.

—Pues ya has durado, ya…

—Venga, cuéntame otra cosa, hay que rellenar este espacio.

—Los Reyes Magos.

—¿Los Reyes Magos?

—No, Los Reyes Magos.

—¿Qué pasa con los Reyes Magos?

—Uno me mira mal. El negro.

—¿Baltasar?

—No le he preguntado el nombre.

—¡Pero es Vox Populi!

—Ídem, ídem.

—¿Ídem?

—No, ídem. Yo también sé griego.

—Pero eso es latín…

—Ah, ¿sín? ;-)

—Toma —dijo la señora, ofreciéndome una piedra del suelo—. Tu premio. Has ganado.

—¿He ganado?

—No, has ganado.

—Je, todo se pega.

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Por fin me hallaba ante la cinta transportadora. Delante de mí, un cortinón. Dentro del estudio hablaban y grababan, yo no me enteraba de mucho. A mi lado, la realizadora de mi cambio.

—¿Te has echado perfume?

—¿Para qué, si las teles no huelen?

—Da igual, así te sentirás mejor. Digo yo, vamos, que eres más raro que yo.

—Pues ya es decir. Y hasta ahí, ¿eh? Yo no te he insultado. Venga, ya me echo un poco del antierótico.

—¿Qué es eso?

—Joder, mi perfume, se lo compré al Borjamari, el gitano de mi barrio.

—¡Serás racista!

—¿Por comprarle un perfume a un gitano?

—A la mierda, voy padentro.

—¡O como se diga!

Entonces ya empecé a escuchar. Más o menos era lo que me esperaba, los tres hablando de colores como si fueran frutas. Y pescados. Y personas. Y bebidas.

—Pues sí, le he hecho un combinado a base de amarillo melocotón, con un toque de salmón y rebozado con rojo arándano. Por otra parte le he añadido un toque de verde kiwi y otro de verde marujita. El toque serio lo da el café con leche y el blanco roto. Como complemento le he puesto algo en la nariz para dejársela simétrica.

—¿Un piercing?

—Una sorpresa. Creo que éste, contra todo pronóstico, ha sido el cambio más fácil que he realizado y creo que me he ceñido mucho a la persona en cuestión. ¿Qué digo creo…? ¡Es perfecto! Encaja totalmente con su personalidad. Por otra parte, aunque no me lo ha puesto fácil, he logrado que mis maquilladoras le den el toque perfecto. Y éste es... ¡su perfecto cambio!