miércoles, 24 de febrero de 2016

El poder sobre la masa

Como sabréis ya a estas alturas, me gusta estar informado. Estos días he tenido la suerte de leer sobre un asunto que me tenía intrigado. Mis cursos de sociología no abarcaban un tema tan interesante como éste.

Vale, sí, que mucha teoría y mucha hostia, pero las palabras no dejan de ser palabras hasta que se convierten en hechos, y precisamente por eso, decidí ponerme manos a la obra y llamé a mi hijo pequeño para que me echase una mano:

-¡Microbiooooo!

Pero él sólo echó una risotada y dijo pa-pa-pa desde la cuna. Bien, estaba claro que en esos momentos no estaba por la labor.

Me acerqué al armario de la cocina, que probablemente tanga (digo… tenga, joder, en qué estaría yo pensando) otro nombre más específico, pero para mí todo lo que encierra algo es un armario, salvo lo que encierra a alguien, que puede ser una condición sexual o una cárcel. Lo dicho, me acerqué al armario de la cocina y saqué una chancleta. No era lo que estaba buscando, pero al menos vino a demostrar lo que os acabo de decir sobre los armarios. Vale, os podía decir que era una alacena, y me saldría un chiste o un juego de palabras glorioso pero ya utilizado en otra entrada, para ser exactos en la del lado derecho que es donde me hago la raya porque soy del pepé. La raya, por cierto, cada día es más ancha. Tan es así que ahora, en vez de un Zidane tengo un Anasagasti con el que, cuando estoy despeinado y en la intimidad, no sólo hablo catalán, sino que manejo una guitarra imaginaria y sacudo mi melena lateral.

Literal.

El otro día fui al parque con Microbio, y todas las mamás se dirigían a mí con esa manera en que hablan los adultos (esto es, te sueltan mazazos de manera indirecta utilizando como canal a un ser en principio inocente). Que qué joven y apuesto era para ser abuelo, que qué buena planta, que qué buen tallo, altura y raíz. Yo gruñía y Microbio insistía con lo de pa-pa y ponía rojas a las señoras (salvo a las negras, claro). Yo acababa metiéndome en el pensamiento de las mamás, ya a la defensiva, y leía: “qué viejo para ser papá”. ¿Sabéis? Es muy jodido intentar satisfacer a una mujer, sobre todo cuando se rodea de otras mujeres y parece que te hacen un test, que es como un examen, pero que suena más cool, digo guay.

Pero me lo curro, ¿eh? Por intentar que no sea. Y eso es lo que hago, siempre lo intento, es decir, lo procuro tentar, pero me sale al revés, por eso lo de “in”.

Pero a lo que iba o pretendía ir cuando me propuse escribir estas letras:

Cogí un huevo (dolió, ¿eh?)

Luego saqué leche (¡eh, malpensados!)

Me lo batí bien (lo he de reconocer, hasta me pareció placentero)

Luego le eché azúcar a la mezcla, y aceite y anís.

Y finalmente, eché la harina, que aquí llamamos fariña y que hay algunos tipos un poco raros que se la meten por la nariz a través de un billete de mil pesetas. Bueno, no, perdón, de seis euros (están duros como la cara de un pujolet).

Gracias a la harina, se crea una masa sobre la que podemos ejercer nuestra frustración, engañándola con un poquito más de anís por aquí y un poquito más de humo por allá. Que parezca que la cosa queda alegre aunque al final todo se queme. Lo importante, dicen, es la intención.


Creedme si os digo que causa una satisfacción inenarrable el poder sobre la masa, poder manipular lo que tú mismo has generado: hacer un nueve, un botón, una sigla, un hombrecito de repostería. Yo, con estos ingredientes sólo hago rosquillas. Luego, voy con Microbio al parque, me acerco a las mamás que me gustan y, a través de mi mocoso y de sus mocosos, hago la rosca.

--¡Ay, pero qué momó más preciosa tienes!