jueves, 31 de marzo de 2016

Tormenta absurda

Sentí de pronto la incómoda sensación de echarte de menos. Y volé. Es tan sencillo utilizar la imaginación…

Antes de expulsar al sol, llamé a las nubes, que estaban coloradas.

Me dirigí a ellas: venid en manada, les dije. Juntaos bien, os contaré la historia de mi vida.

Y así les narré mis yagas y mis ampollas y los callos para remontar los abismos, mis junglas y mis desiertos, mi lealtad traicionada. Y les presenté a mi hermana la penitencia. Les mostré mi cuerpo lacerado y abrí mi pecho con las uñas. Luego, las costillas y, aunque crují, no dolió.

—Yo no me puedo ver, contempladlo y manifestaos.

Las nubes comenzaron dándose codazos, observando aquel órgano que latía con una tonalidad dos octavas inferior a la aconsejable. Arrinconado, casi escondido, ruborizado. Y las nubes se conmovieron al descubrir mis muescas, en la profundidad de las hendiduras, en el fondo del interior, en el meollo del núcleo, en mi código de barras.

Entonces se hincharon, se abrazaron, aullaron y sollozaron.

Tú miraste al cielo, escuchaste un bramido. Abriste el paraguas.


—¡Vaya mierda de día!




martes, 29 de marzo de 2016

Homínidos III

Se empieza a denominar Homo sapiens al homo neanderthalensis. Éste ya tenía un rostro más similar a lo que hoy en día conocemos como hombre (en mi barrio hay algunos así). Digamos que algo tosco, sí, digamos que no tendría mucho éxito entre las mujeres, de ahí que cuando convivieron con los cromañones, no se comieran demasiado. Aunque a algunas cromañonas les gustaba la caña burra, pronto se dieron cuenta de que la evolución desde el homo erectus había llevado una línea en franca decadencia.

El homo neanderthalensis, comúnmente conocido como hombre de Neanderthal, ya se empezaba a dejar una perillita y un bigote algo coquetos, quizá para tapar su rostro brutal, pero las cromañonas, más conocidas como mujeres de Cro-Magnon, preferían el moustache de sus machos. Además, éstos hacían foie-gras de hígado de Mamut, en las fiestas bailaban un rudimentario precursor del ballet (sin tutú) con mucho glamour (de la época), y en vez de pintarrajear las cuevas, hacían un magnífico collage. Todas estas circunstancias ayudaron a los cromañones varones a triunfar sobre sus adversarios. No obstante, las cromañonas preferían el sonido gutural de los neandertales que el exquisito deje de sus machos, aunque, a decir verdad ellos eran, en su mayoría, muy parecidos a los homo sexual.

En fin, no me deis las gracias por estas clases magistrales, yo sólo expongo lo que he estudiado en los volúmenes de la Universidad de Harckensfield.

Es parte de la historia o… de la prehistoria. Los científicos, en este punto, no han llegado a ponerse de acuerdo, porque habían pactado que el punto donde la prehistoria pasa a ser historia comenzaba por la escritura.


i k kréis k s dig








Homínidos II (perdón por la cacofonía)

Homo habilis, este tatarabuelo nuestro, tal y como describe su nombre, no sólo era muy viejo, sino que además era muy hábil, esto es, sabía jugar a piedra-papel-tijera (hecho insólito, pues no se habían descubierto ni las tijeras ni el papel), jugaba también al “escondite tras una mano” (con pulgar) y era capaz de ensamblar dos piezas de un puzle.

Además, sabía respirar, aunque ésta no es más que una mera hipótesis basada en la premisa: “si no respira, muere”. Pero nunca se ha podido confirmar científicamente y no se ha logrado llevar esta característica a un debate de cierta solvencia, de tal manera que ha sido aceptada sin grandes discusiones.

Otra de las características que ha llevado a la confusión y a enfrentados debates entre los estudiosos ha sido la fabricación de menaje por parte de este hábil homínido. Se piensa que en un principio utilizaba como plato la distancia existente entre los huesos que articulaban la clavícula y el húmero de otro miembro de la tribu más sumiso, el “homo sumisae” y al que los anatomistas denominaron “omoplato”, término que, debido a una tergiversación nunca reconocida se aplicó a un subgénero del “homo habilis”, al que finalmente se denominó “homo plato”. Hay otros subgéneros importantes en consonancia con la evolución de este género: están el homo tenedor, que hacía acopio de todo lo que pudiera tener o poseer y también fue denominado homo posesus; y finalmente el homo cuchillo, más conocido como homo sílex.

Unos miles de años después, la evolución convirtió al antedicho homo habilis en lo que se ha concluido en llamar homo erectus. Esta denominación se determina a raíz de un exceso hormonal descontrolado que hacía que el macho, llamémosle varón, se pasara el día empalmado. La hembra, llamémosla mujer, estaba por su parte empitonada. Se comenta que algunas féminas se cubrían con hasta diez blusas para que no se les notara el relieve del pezón, pero un personaje ilustre del siglo equis equis, un tal Mel Gibson, director de la película Braveheart, donde los escoceses llevaban unas faldas que no se inventaron hasta el siglo equis uve palito palito, comentó que no sólo él cometía errores, y que las blusas no se inventaron hasta muuuuuchos meses después. :-(

El hecho de que machos y hembras del género homo erectus estuviesen empalmados y empitonadas tenía sus pros y sus contras. Por una parte, ellos podían escarbar mejor para esconder sus huesos, y ellas podían abrir mejor los frutos secos; por la parte negativa, ellos en ocasiones se quedaban enganchados entre las ramas y ofrecían un característico aullido propio de este género, mientras que, en lo que respecta a ellas, frenaban el desarrollo de la dentición de sus bebés.

Entre los subgéneros del homo erectus, hay dos principales: el homo sexual, que nada tiene que ver con la terminología que se aplica hoy en día. El homo sexual se caracterizaba básicamente por ser el jefe de la tribu, el macho más fuerte, y ostentaba el derecho a emparejarse con todas y cada una de las mujeres de su dominio. Como podéis comprobar, el significado de este subgénero de homínido ha variado casi en 360 grados a lo largo de la historia.

Pero de eso se trata, de la evolución. Es por ello que a raíz de asentarse el homo sexual, apareció a su vez y en la misma época el homo fobo. Y es que en aquellos tiempos, la historia era la que era y los homo fobo se multiplicaron como setas. Ellos querían saber qué era un virgo, porque sólo conocían a las sagitario, piscis, aries y unas cuantas más, de ahí su inquina hacia los homo sexual, a los que finalmente lograron exterminar, y aunque suene muy homo fobo, sólo es una parte seria y brutal de la cruda historia que nos precede. 





lunes, 28 de marzo de 2016

Homínidos I

Muchos cuentos nos han relatado los científicos sobre el hombre a través de la historia. Yo nunca supe a qué atenerme, sobre todo tras ver un documental francés en el que, con gran detalle y efectos especiales, pretendían enseñarnos de dónde viene el hombre. Resulta que a los mismos actores les iban quitando pelo y los erguían un poquito según avanzaban en la historia, de tal manera que el homo cavernícola se convertía en el homo estirado. De repente esos homos se encontraban un día con otros que tenían menos pelo y que parecían más blancos y más desarrollados. Estos últimos aparecían de la nada y al final el documental no nos despejaba la incógnita.

Por eso me he documentado bien en la biblioteca de la Universidad de Harckensfield y ahora mi propósito es cultivaros de una manera sencilla y escueta sobre LA VERDADERA EVOLUCIÓN DEL SER HUMANO.

Todos sabéis que las diferencias que nos indican los antropólogos, arqueólogos y podólogos, principalmente, nos hablan de distintas categorías de homínidos, según su evolución: naledi, habilis, rudolfensis, ergaster, georgicus, erectus, cepranensis, antecessor, heidelbergensis, rhodesiensis, neanderthalensis, y como suplentes el homo sapiens y el homo punset.

Pero hay otros que os comentaré despúes.

Sin embargo, los principales grupos, como todos sabéis son los llamados homo habilis, homo erectus, homo neanderthalensis y homo sapiens.

Vayamos por partes y comencemos con una rodilla, la famosa rodilla de Lucy. Y es que todos os creéis (con vuestra mente científica, no religiosa) que los antepasados del hombre salieron un día de un hoyo o de una charca así, por las buenas, y se fueron desarrollando.

Pues no. Fue todo un poquito más complicado.

Todo comenzó con una rodilla (que los científicos llamaban “Delucy”, que tenía un minúsculo cerebro. Un día se puso a pensar y dijo: "joder (sic), si me añado un muslo, no sólo seré más grande, sino que además me resultaré más atractiva". 

Y sus sencillas conexiones neuronales desarrollaron un muslo. 

La rodilla se gustó (nadie nos ha dicho cómo, pues no tenía ni ojos ni se había inventado el espejo, ésta es una duda que todavía persiste en la comunidad científica). El caso es que luego pensó, ¿por qué no pedir una tibia y un peroné?, ¿por qué no unos tarsianos, unos metatarsianos y unas falanges apolíticas?

(…)

Finalmente, tras conseguir un pechito de escándalo y un hermoso monte de Venus que sus sucesoras decidieron afeitarse (nunca entenderé este crimen), logró conseguir los pulgares. La comunidad científica, por alguna razón sólo le dio importancia a la rodilla y a los pulgares, pero ése es otro tema. Porque lo que importa es que cuando Delucy consiguió completarse, se cayó a un río y se ahogó.

Se deduce que esa rodilla tuvo relación con otras rodillas que de momento no se han encontrado, pero que a partir de ahí se formó el pueblo knee, al que, en el terreno científico se le denomina genupopulae.

Los knees que no se ahogaron evolucionaron hacia el homo habilis.




sábado, 26 de marzo de 2016

Pasión y muerte sin resurrección

El tiempo atmosférico nunca me ha condicionado.  Me encanta la lluvia como me puede gustar el frío cuando me obliga a abrigarme bajo unas sábanas de franela y una gruesa manta, al calor de mi propio aliento.

En el litoral de mi tierra no hace demasiado frío, nos quejamos de vicio en cuanto a las temperaturas. Eso sí, la humedad se cuela por cada poro y entonces la sensación es mucho más desapacible. Pero como digo, el tiempo, el clima en cuanto a sus bajas temperaturas, no me condiciona.

Estoy en las Rías Baixas, en la terraza de un balcón ante una barandilla negra de hierro forjado, contemplando un trozo de la ría más extensa de mi tierra, la de Arousa. Sólo acierto a ver la falda de estas montañas de relieve suave, que son lamidas por el agua tímida de una bajamar. El resto de tierra se oculta tras unos algodones grises y mojados. Me acompañan Milladoiro y Vivaldi… y algunos pájaros que canturrean a saber qué malas palabras.

Llueve.

Gota tras gota, de manera inagotable.

Hay varios islotes de roca de no más de diez metros cuadrados, con un cruceiro de piedra vieja erguido hace decenas o cientos de años por algún motivo que desconozco.

La ría se abre y se cierra, se esconde a mi vista para volver a aparecer tras su juguetón zigzagueo.

Las cuatro casas de piedra gastada que permanecen en pie no se han librado todavía del musgo verde que trepa por su fachada, y su belleza resalta de la mano de una parte del paisaje, la de los escasos árboles autóctonos que sobreviven ante el embate del gallego.

Llueve.

¿Ya os lo he dicho?

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Esta mañana me he acercado a uno de tantos pueblos que tienen la fama de la palabra vacía, de la frase hecha. Me refiero a la proposición insultante: “Es bonito, Galicia es bonita”.

Me reiría. ¿Es bonita la agonía?

Entre las vías angostas de este pueblo tan hermoso, entre cemento, coches, cables, suciedad y desorden, entre unas calles sin atisbo de la sombra de un árbol, se erguían, altivos de sinvergonzonería los edificios de FADESA que han ido destrozando poco a poco cada rincón de mi sitio con la aquiescencia y el sobresueldo de los mandamases, destruyendo todavía más un pueblo miserable al que llevaban asesinando cuatro o cinco lustros.

Al lado de una moribunda casita de piedra, con los cristales rotos y las contraventanas hechas astillas se alzaba un edificio de cinco pisos con su lateral de uralita. Luego, otro de más pisos y otro de menos y otro de más y otro de menos. Cada uno pintado por su padre y por su madre.

Bloques de LEGO.

Y el edificio consistorial, el ayuntamiento, majestuoso como corresponde, un precioso edificio clásico con su bandera española inmaculada y su bandera gallega sucia y raída, como suele suceder, paradójicamente, en un lugar donde tanto valor se le concede al simbolismo de fachada.

A estas alturas no os voy a decir que me sorprendí.

Ya no. Me conozco la mayoría de los pueblos de mi tierra. 

Me di un paseo antes de volver a mi balcón. Las cunetas estaban llenas de colorines. Podría parecer bonito si esa amalgama de fantasía no perteneciese a botellas de lejía, vidrios, ruedas, plásticos, colillas y más colillas.

Se me ha impregnado una especie de basura anímica. Pero ahora estoy aquí, escribiendo desde un balcón con una barandilla negra de hierro forjado.

Frente al mar.

Contemplo la ría de nuevo. Continúan los islotes con sus cruceiros, continúan los escarceos de la ría follándose la parte baja de las montañas de relieves suaves.

Llueve.

Frente a mi balcón, frente a mi margen, frente a mi frente, una infinita manada de oscuros eucaliptos convierten a las montañas en una enorme procesión hacia un funeral.

Asisten al entierro de un país que se llama Galicia.

Las nubes, lloran.

Yo, recojo.

Me voy.





lunes, 21 de marzo de 2016

Testiculina decadente

Entre los insultos más gloriosos de los últimos tiempos se encuentran epítetos tan extendidos como “ecologista”, “animalista”, “pacifista” y ecléctico. Los tres primeros son escupidos casi con asco a las personas que defienden algo tan absurdo como el entorno natural, la dignidad de los animales y su derecho a no ser maltratados, y la paz (no la que nos venden los que se llenan la boca con SU paz), sino la verdadera.

El cuarto concepto, no obstante, está tan bien visto que mucha gente que no sabe dónde está Teruel, se autodenomina ecléctico, quizá porque todos sabemos que las esdrújulas suenan más rimbombantes y dan categoría.

Como a mí no me gusta que me insulten, aunque lo hagan todos los días, no me considero merecedor de esos apelativos cariñosos tan fáciles de esputar. De este modo, ni soy ecologista porque piense que hay que cuidar el medioambiente, ni soy animalista por estar en contra de las torturas a los toros y demás fauna, ni soy pacifista por pretender vivir en paz (de una puta vez). En este caso, tampoco me puedo quedar con lo “bueno”, así que no soy ecléctico porque me gusten distintas tendencias musicales que van desde Silvio Rodríguez a Eskorbuto, pasando por todo tipo de rock (sobre todo británico), música gallega, barroca o clásica.

De Eskorbuto ya os he hablado bastante. Un grupo de tres maquetos de Santurce que decían de sí mismos que eran el grupo más honrado del mundo. Sin duda fueron el grupo punk más apestoso de la Península Ibérica, marginados por “el resto del Estado” (fueron detenidos en Madrid y se les aplicó la Ley Antiterrorista) y marginados por la izquierda “abertzale” que les boicoteó un montón de conciertos por no querer entrar en su historia política. Total, que no se casaban con nadie. También los marginaron grupos “radikales” famosos de aquellos tiempos con esas palabras que pretendían dañar más por su envés que por su claridad.

Nadie se atrevía con ellos. Pero la puta droga, sí. Y ganó.

No pretendo crear una categoría con Jualma y Iosu, apenas sabían tocar y tenían voz de rata. Eran chavales bastante mayores que yo, con unas ideas propias de una adolescencia trastornada y utópica y con una rebeldía que apenas existe hoy en día. Vivieron en una transición hacia la democracia cuya libertad era muchísimo mayor que la que ahora existe pero que, si te la saltabas, te quedabas sin dientes.

Pero ellos eran rebeldes. De los de verdad.

Ahora los gurús hablan de castas, los castigos ya no son físicos, son sociales y penales y hay que medir las palabras para evitar una etiqueta que ellos no dudaban en ponerse. Su etiqueta: “digo lo que pienso”.

Quitadme a los Rajoys, a los Sánchez, a los Iglesias y a los Riveras. Sus cantos de sirena sólo sirven para hacerme creer que son honrados. Prefiero amarrarme al mástil del descrédito y pasar de estos mercachifles.


Pero bueno, yo conocí a los Eskorbuto. Ellos sólo se representaban a sí mismos. Y sí, viendo a estos inútiles trepas de la casta, de voces engoladas y gestos medidos me he llegado a creer que Eskorbuto eran mucho, mucho, muchísimo más honrados. 




sábado, 19 de marzo de 2016

De vueltas por ahí

Dedicado a las personas que me siguen desde algunos sitios de los que jamás he oído hablar y que, gracias a verlos en el mapa, me llaman la atención.


De vez en cuando, o “de cando en vez” que es como se dice en mi tierra con nuestro particular batua de laboratorio, me gusta huir de aquí a otros lugares.

Un día tuve una ideafix en forma de perro y, después de orinar para marcar mi territorio, decidí acudir al pueblo de Astérix y liarlo para irnos por ahí de ruta. El panoramix parecía bueno y en vez de llevar mochila, cogimos cada uno una cantimplora. Primero fuimos a Almorox, bajamos hasta Guadix y cruzamos a la isla de la aldea de Marraix, que allí llamaban Marratxi. Luego subimos hasta Valldoreix y, más arriba, cerca de París (con el impronunciable nombre de Lutecia), nos encontramos a Mickey, que era un ratón que hablaba con una voz extraña. Parecía un adulto intentando imitar a un niño.

Astérix nos comentó que nos dejaba, que le quedaban apenas un par de gotas de poción, que ya había sacudido el muy racista a demasiados latinos y que se aburría. Así que quedé con Mickey, al que yo llamaba Mikimaus (y que más tarde llamarían Pérez) en que partiríamos hacia nuevos destinos al día siguiente. A él le pareció genial, porque por la noche tenía que recoger unos dientes y dejar unos francos bajo algunas almohadas. Siempre he reflexionado sobre eso, porque por muy bajitos que fueran esos señores con bigote que también parecía que hablaban como adultos intentando imitar a un niño… ¿cómo iban a caber bajo una almohada? Pero quedó ahí, en el cajón de las dudas, con otras como las que nos preguntamos todos, del tipo “hasta donde se lava la cara un calvo” o por qué un trozo de pizza pegado a una comisura nos puede repugnar si no deja de ser comida; o por qué un tío con halitosis es el que más se pega a tu cara para hablarte.

Emprendimos camino por mar, tierra y aire. Paramos en la península de Jutlandia, cruzamos a Finlandia, luego a Islandia, más tarde a Groenlandia (donde nos entretuvimos viendo la película “Fiesta en el iglú”, realizada en el municipio de Kujalleq) y finalmente nos dirigimos a Suazilandia. Yo quería ir a Chinalandia, porque había soñado que me encantaban las chinitas, pero Mikimaus me dijo que ese país no existía, y que me llevaría a otro sitio donde las mujeres también eran amarillas (como en mis sueños) y de mirada oblicua. Yo accedí a regañadientes y en mi boca se desató una terrible bronca entre los premolares y los incisivos, que no paraban de insistir. Acabamos en Tailandia y efectivamente las chicas se parecían a las de mis sueños, aunque en mis ensoñaciones hablaban cristiano y un poco messi, y allí no era capaz de entenderlas.

Como no podía ser de otra manera, terminamos en Disneylandia. Allí conocí a Donald, que era republicano y no se le entendía muy bien cuando hablaba. También conocí a Daisy y a Minnie, que eran un par de pijas insoportables y a otros personajes difíciles de clasificar, entre ellos un perro que hablaba, que se llamaba Goofy y otro perro que no hablaba que se llamaba Pluto.


Y no se me ocurren más gilipolleces.




domingo, 13 de marzo de 2016

Rafa

Rafa era un chico del sur de España al que conocí en mi período militar, hace ya unos cuantos años. Era un tipo muy inocente que, en un lugar donde ser el prototipo de  hombre, bruto e insensible porque así lo marcaba el contexto, dejaba resbalar gotas de sal desde sus ojos a escondidas.

Yo lo vi ya sollozar desde el principio y me callé como cada una de sus lágrimas. Y él me lo agradeció. Aunque no os lo creáis, este tipo de personas (llamémoslas débiles) siempre me causaron cierta empatía, porque aunque aquí represento cierta insensibilidad en ocasiones, y así me lo habéis hecho saber entre líneas o a las claras, yo a las personas las valoro principalmente como personas, desnudas, sin etiquetas. Claro, he metido la pata muchas veces.

Estábamos muchos de nosotros lejos de nuestro pueblo, yo a cientos de kilómetros y Rafa también. Y muchos más militares.

Hay dos maneras de reaccionar ante la hostilidad de fulanos que no te conocen de nada y que les importas una mierda: embrutecerse o seguir siendo uno mismo. Rafa y yo decidimos la segunda opción.

Rafa era tonto. No lo era, en realidad. No se trataba de una lumbrera, eso es cierto, pero ¿qué le vas a pedir a un soldado? Él era un chico de una pequeña ciudad de Andalucía que tenía una vida simple. Era tonto para la mayoría. Y cuando la mayoría te hace tonto, te representas como tal, hagas lo que hagas.

Fuimos de voluntarios a un sitio donde la brutalidad estaba a la orden del día. Si en este siglo y en este sitio se supiera lo que allí dentro acontecía, ocuparía hoy en día todos los noticiarios habidos y por haber, ya que aquello no era muy distinto a una cárcel. Me podéis creer o podéis dejar de hacerlo, eso es cosa vuestra.

Un día, un cobarde, pues os diré que en los sitios donde abusa la mayoría es donde caben más cobardes, me vino a dar un puñetazo porque sí, que era la razón más conocida en una institución tan culta y civilizada. Me habría causado un gran problema, porque no soy de los que se quedan con los regalos que le disgustan. Pero antes de ello, sólo hubo un amago y se frenó.

—¿Qué hacéis? —le preguntó a Rafa.

—Sibemol me está ayudando a sacar el graduado escolar.

El tipo, con lo grande que era, cambió el chip de repente. Me dio una palmada en el hombro como de colegueo y pareció sorprenderse de que alguien hiciese algo así. Aquel tipo era un veterano a punto de licenciarse, y yo era nuevo, lo que significaba que entre él y yo sólo podría existir alguna hostia en un solo sentido, nada de palabras. Yo supe, meses después, que el tipo en cuestión era de la misma ciudad que Rafa. También supe que estaba en la cárcel por un atraco a una joyería con algún muerto de por medio.  

Rafa recibió muchas hostias. Yo no tantas por una historia que no os contaré.

Un día salí con Rafa del cuartel. El chaval quería llamar a casa tranquilamente, las cabinas del acuartelamiento no tenían la discreción que deberían. Me quedé esperándolo en una cafetería, al lado de la cabina y al cabo de un rato me llamó, golpeando el cristal. Estaba empapado.

—Me he meado, por favor, no se lo digas a nadie.

El corazón se me encogió, él estaba muy nervioso y algo había en su cerebro. Algo jodido. Cristales rotos. El chaval lo había pasado mal.

Le pregunté y me contó a grandes rasgos los sufrimientos que había vivido en su casa. Su padre lo aterrorizaba incluso a través del teléfono.

Rafa era, como he dicho, muy inocente, y sus bromas eran de niño pequeño, por eso no cuadraba con nadie. Cuando lo intenté integrar con el resto de compañeros, fracasé.

Un día, alguien se pasó con Rafa, aprovechándose de su indefensión. Y nunca más se pasó alguien con él. Quizá porque a partir de ese día muchos supieron que era cinturón negro en no sé qué arte marcial, quizá porque nadie contaba con que se pudiera convertir en un segundo en otra persona, quizá porque la valentía tiene muchos matices.


Yo siempre pensé que, simplemente, un día se encontró con su padre vestido de militar.




miércoles, 9 de marzo de 2016

La invitación - IV

 —¡Lisensiadooooo!

No le entraba  en la cabeza a José Luis que yo sólo era diplomado en Podología y eso que era testigo de que me pasaba los inviernos podando.

—Dime José Luis.

—José Luis.

—No, que me digas.

—¿Se dio gas?

—Creo que tendrás que hacerme otra vela con tu cera, como la vez que se nos fue la luz.

—¿No tiene luses? Me ha dicho que le diga José Luis, lisensiado. No he visto la coma.

—Quizá tengas una legaña.

—Quisás, pero la coma…

—Ya la he comido. Pero dime, ¿qué querías?

—Quería un hermoso chalet en las praderas de los Andes y quería que mis chamaquitos estudiasen en un colehio de pago…

—¿Y para eso me llamas?

—No, quería saber a qué hora se va, para darle la vuelta al reloj de arenas.

—A las siete menos tres gramos.

José Luis se giró y caminó con la gracia natural de un perezoso. Yo seguí embelleciéndome. Me eché un poco de perfume Brummel y me dio la impresión de que olía a rancio, pero probablemente era ese paluego que acababa de salir de su escondite y que, sin querer, acababa de masticar.

Decidí vestirme con la ropa apropiada, pues hasta entonces sólo llevaba mis fardahuevos. Ya no apretaban como el día que me los compré, hacía diez años. Ahora mi amigo rosa, el más grande, se salía por un lado. Yo no me di cuenta hasta que José Luis me lo advirtió.

—Se le sale un uebo, lisensiado.

—¡Me lo has dicho sin hache y con be!

—Si cree que eso es más lo importante, déheselo salido.

Con ese grado de excitación, me mordí la lengua. Luego, lancé un alarido. Allá a lo lejos, en la cocina, oí un mumullo.


—… de todos los santos, que ya está el Tarsán creyéndose el rey de la selva.





Bueno, creo que me estoy extendiendo demasiado, porque el otro día me salieron siete páginas de golpe. Os dejaré descansar a las dos, y seguiré publicando esta mierda la semana que viene.
(Continuará...)

martes, 8 de marzo de 2016

La invitación - III

José Luis era sorprendente, sabía tanto freír una camisa como planchar un huevo, de tal manera que mis camisas siempre tenían estampada la silueta profesional del utensilio y los huevos a la plancha tenían un sabor exquisito. Me encantaba verla haciendo equilibrios para que el huevo no se saliese de los límites de la plancha. Y al final, siempre les echaba vapor. Vale, y un poquito de sal.

Pero ese día en concreto, José Luis me dejó estupefacto, porque le pregunté dónde había estallado la guerra más conocida entre los años 431 y 404 antes de Cristo y, mientras me pasaba la gomina, me dijo:

—En el pelo pon eso.

Tragué saliva a causa del impacto de aquella enciclopedia andante (que tanto lo disimulaba, esto es, lo simulaba por dos sitios diferentes: por su gesto y por su andar), y me eché el gel que me acababa de dar pensando en la cantidad de cerebros que también se fugaban de otros países.

Luego, extendí la gomina y me la coloqué hacia el lado izquierdo del calzoncillo, que es hacia donde se solía inclinar por su natural disposición. Por eso, lógicamente, siempre llevaba las llaves de casa (dentadas, o sea, con dientes) en el lado derecho… bueno, siempre no, sólo los días que libraba José Luis, que eran los lunes, martes, miércoles, jueves, sábados y domingos. Los viernes, se quedaba ella con las dos llaves, que era su función.

Con el gel capilar hice lo mismo, lo extendí primero por la sien derecha y luego por la sien izquierda, hasta hacer dos sienes, como decía José Luis cuando me pedía su salario, y me sequé la mano por los dos pelos que me quedaban en el  cráneo, no fuera a ser que un mal viento del norte los levantase y pareciese que llevaba dos antenas. De todas maneras, utilicé lo que yo llamo mi gel natural: abrí una costra de las que tenía en el cartón y pegué mejor mis cabellos expandiendo cuanto pude el pus, hasta que comencé a sangrar y paré. Como mis palmas todavía resbalaban y no me gusta derrochar absolutamente nada, metí la mano en mi bosque mullidito y les di alimento a mis árboles escondidos. Esa zona quedó tiesa.

Después de todo aquel acicalamiento al que no estaba demasiado acostumbrado, me miré en el espejo y contemplé en un ojo una enorme legaña y cuando conseguí quitármela pude ver mucho mejor; joder, parecía que estaba grapada. De hecho, era tan grande que no sé ni cómo ni desde cuándo se me había pasado desapercibida. Hasta la partí en cuatro trozos y la comulgué, pero no os asustéis, la acompañé de agua, que para algo está el vaso del cepillo de dientes y el bidé. Por fin me di cuenta de por qué no cerraba un ojo por las noches… y yo achacándolo a mi característica y gallega desconfianza…

Que no se me olvide de comentaros que he ido a muchas casas y la mayoría de las personas humanas (como se dice ahora, o sea, no las personas animales ni las personas piedras) tenéis  un cepillo demasiado usado; vuestras cerdas tienen un nombre que les queda como un guante, guarretes. Mi cepillo, sin embargo, parece siempre nuevo, como sin usar, joder, hay que cuidar los utensilios.

Creo que me comí sólo tres trozos crujientes de mi legaña, el otro lo perdí. Bueh, da igual, quizá al día siguiente lo localizase en una toalla. Me puse las gafas. Cierto es que no las necesito, pero qué queréis que os diga… que me da un aire la mar de interesante, uséase, una brisa marina. Sé que a las mujeres os pone un poquito Superman, pero ¿qué me decís de Clark Kent? Es como Superman pero con cara de listo, vamos, que hoy en día, que no hay cabinas de teléfono, se cambiaría en una tienda de Movistar.


Pues yo soy básicamente como Clark Kent, sólo que con dos pelos en la azotea. Por lo demás, calcado, bueno, salvo que no soy capaz de ver la gaita cuando toco Fuga en Re Mayor, básicamente por el tamaño del fol, pero qué coño, ¿quién va a tocar a Bach mientras orina? Mejor me hago una muiñeira en Si bemol, que suena que te cagas.






(Continuará...)

lunes, 7 de marzo de 2016

La invitación - II

Me metí en el váter. Ya, suena mal, porque si alguien tira de la cadena el ruido allí dentro es ensordecedor. Pero me refiero a que me metí en el servicio, no en la taza, malpensados. Y no me refiero como servicio a José Luis, coño, sino al cuarto de baño, nada de coños, y me dispuse a cortarme las uñas de los pies, casi diría que las garras. Advertí, tras la ducha, que las zapatillas me quedaban enormes. Luego, me puse ante la ducha y abrí el grifo. Qué os voy a contar, me empapé las zapatillas.

 :-(

Contemplé las pezuñas en el suelo, ya cortadas. Algunas sonreían y otras tenían el gesto triste. Me sorprendió que si me cambiaba de posición, las tristes sonreían y viceversa, y así me entretuve durante al menos cinco segundos = 2,5. Todas las uñas tenían más o menos el mismo tamaño, excepto las del pulgar, índice, corazón, anular y meñique, si es que a los dedos de los pies se les llama igual que a los de las manos (algo que nunca he sabido y que seguro que está en Google, pero que ahora mismo no lo voy a buscar). Pero lo que todas ellas tenían en común entre sí era esa mierdecilla adherida que tenemos todos entre los dedos y éstas.

Como tengo por costumbre, metí una de ellas entre los dientes. La del dedo gordo, no os puedo decir de qué pie. No lo sé.

Dolió, carallo. Estaban duras como las intenciones de Donald Trump, que me diréis que qué pinta en esto, y ahí coincidimos… ¿cómo puedo yo conocer a este tipo? La respuesta es sencilla: nos lo meten en las noticias todos los días desde hace meses como si los gallegos tuviésemos algo que ver con ese ínclito personaje que nunca llegará a la Casa Blanca. Y aunque llegase.

Pero así está el mundo, la mitad de la población española no sabe dónde está Cuenca pero te puede señalar en un mapa Minnesota e incluso escribirlo bien, esto es, sin hache, que para eso es muda y por lo tanto no pinta nada. Quizá por eso me gusta poner a mi novia (si la tengo, que no lo sé) mirando a Cuenca. Todos tenemos que aprender. Aunque suene a machista, no lo es (esto es una aclaración que hoy en día viene más a cuento que nunca, porque la palabra LIBERTAD nos llena tanto la boca que no nos deja salir el aire y por ende, respirar).

Dicen por ahí que el agua caliente limpia y mata a las bacterias, así que no creí necesario frotarme ni echarme jabón, ya me echaría después de eso: dorante. Lo que no dicen estos listillos que todo lo saben, es que levanta ampollas y te pasas media hora humeando. ¡Cabrones!


Salí de la ducha disfrazado de inglés de Benidorm, esto es, rosa como un crustáceo tras la cocción, y decidí quitarme esa bolita de pelusa que guardamos todos en el ombligo para que nos dé calor en esos fríos días de febrero. A decir verdad, yo la guardo cualquier mes del año, es más, me he hecho tan colega de ella que hasta la he bautizado. La mía se llama Marcelino, ¿cuál es el nombre de la vuestra? Sí, no me digáis más, originales, que sois todos unos originales. Maradona, supongo. ¡Bah!





(Sí, también continuará...)

domingo, 6 de marzo de 2016

La invitación - I

Aviso: Esta historia es real, así que la he escrito con pelos y señales (tiene hasta un ceda el paso). Aunque he omitido los detalles menos significativos (o no), me ha quedado demasiado extenso, por lo que la iré publicando en varias entregas. He intentado darle un toque de humor de ése que nadie comparte conmigo, ése tan escondido como mi única virtud. Me he visto en la tesitura de avisaros de que no os obliguéis a comentarme, sé que en el fondo algunos me tenéis cierto cariño y lo hacéis por verdadera lástima. 

El otro día (y aunque muchas veces comience con la misma frase, no siempre me refiero al mismo día, porque no me daría tiempo), una preciosa amiga perfumada me invitó a la novena. No me refiero a la novena planta, donde vivía y tampoco me refiero a que viviese en una planta, pues se trata de una persona y bastante atractiva, no de un insecto o una lombriz. Ahora que si tiene lombrices o no, es algo que no comparte conmigo. Os diré, entre nosotros, que tampoco me gustaría que compartiese las lombrices conmigo, aunque tengan tantas proteínas como dicen quienes analizan las proteínas de las lombrices. Tampoco me gustaría que me lo dijera porque, de llegar a algo carnal, tendría todo el rato la mosca detrás de la oreja. Y la mosca ha de estar siempre en el mismo hábitat que este tipo de lombrices.

En realidad, cuando empecé esta entrada con “el otro día”, no me estaba empezando a causar tanta repugnancia mi amiga atractiva y perfumada.

Grrr. Odio pensar tanto.

Total, que mi amiga me invitó a la novena, y no me refiero a que por casualidad viva en el noveno B y use gafas de aumento (por cierto, reconozco que me dan mucho morbo y yo, personalmente, aumento). Pero no, no me invitó a una planta: soy esencialmente carnívoro, sobre todo con las mujeres atractivas y perfumadas (y sin lombrices, aunque este detalle no lo suelo preguntar por si las moscas…).           

Ya estamos… :-(

El caso es que ya me gustaría que me invitase a su planta. A su piso. Pero ya he dicho que es una amiga, y cuando una amiga te dice “somos amigos” es muy distinto a cuando un tío le dice a una chica “somos amigos”. El primer caso, separa; el segundo, une.

Por fin he llegado, tras varios párrafos, al punto donde pretendía, y es que me invitó a la novena de Ludwig Van, y se requería para tal acontecimiento un traje de etiqueta. No de camarero, con chaleco y pajarita, sino a algo más clásico, como la música que íbamos a escuchar.

Gruñí, pero lo entendí, porque a algunos sitios “hay que” tratar de acudir con lo que la norma no escrita requiere. No me refiero, por supuesto, a una feria de mercheros ni al Congreso de los Diputados, ahí nadie te va a mirar mal, salvo los del PP, PSOE y C’s, aunque no son más que minorías.

Entonces, decidí asearme, porque además coincidía con viernes y febrero. Me ayudó mi ama de llaves, mi preciosa amerindia Julieta Lusía. Sus hijos la llamaban J.L. y yo, José Luis (pero esto vino a raíz de un despiste que tuve en un principio. Luego, se me pegó.). La nombré, además de José Luis, ama de llaves para subirle la autoestima, porque realmente yo en mi casa no tenía un gran servicio, apenas dos metros cuadrados (con bidé incluido, que no sé para qué lo ponen si ya hay otro grifo para llenar el vaso. En cualquier caso, yo utilizo ambos).


Al cabo de un mes desde que firmamos el contrato de servicio doméstico de José Luis y tras su nombramiento, me di cuenta de que sólo le había dado una llave, la de mi domicilio, no la del portal. Por eso ella siempre me miraba con una mezcla de “este chamaco es tonto” y “le odio infinito, señor Si Bemol, incluso el día lunes”. Cuando le cedí la segunda llave fue como si, de repente, ella se sintiese por primera vez ama de llaves de verdad. Y es que nunca capto las sutilezas. Ni siquiera, muchas veces, las mitilezas. 




(Sí, desgraciadamente, continuará...)

miércoles, 2 de marzo de 2016

A las tres y diecisiete

Hacía tiempo que no te manifestabas en mi vida y aprovechaste la noche para hacerlo de nuevo.

Desde mi interior. A lo cobarde.

Ya me tienes acostumbrado; cuando no paro de dar vueltas y abofetear a mi triste almohada, cuando me cubro de mantas en las noches glaciales, y cuando acabo soñando con el Kalahari y mi garganta se vuelve lija. Y cuando necesito un trago tanto como un soplo de aire, como un bosque, como una sorpresa.

Bien, entonces apareces tú, en mi agonía. Y no necesitas mantas, con una sábana es suficiente. ¿Acaso me ha parecido escuchar el delicado tintineo de una cadena?

No me asustas ya, pero lo sigues intentando. Me señalas con burla y te mofas y, mientras arqueo las cejas, tu risa crece sólo hasta el punto en que la columna que me sostiene tiembla con un único escalofrío. Pero da igual, estoy tumbado y mi lecho me soporta. Entonces, me despierto, me giro y pulso un botón que me indica la hora: las tres y dieciocho. Y lo que parecía la eternidad pasa a durar un minuto.

Desde hace tiempo apareces entre mis sueños de una manera diferente, es una buena noticia. Ya no pueblas el primero, tampoco el último, simplemente aguardas escondida en un bosque de pensamiento, entre una floresta de reflexiones que me impide tenerte en cuenta. Por eso surges cuando menos me lo espero, socorrida por la sorpresa, para mostrarme el pretérito más importante: tú.

Pero ahora "tú" es un triste vertedero donde el ultrajado arroja las penas. Ahora "tú" es un reloj sin agujas, es el aliento perdido de un infame borracho, el grito de socorro que nadie quiso advertir. 

Ahora "tú" es una sábana de tela arrastrada por una sombra del pasado, y cuando tiro de ella sólo existen la oscuridad, el sudor y ese vacío colmado de nada.

Como todos los vacíos, supongo. 

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Hacía tiempo que no aparecías en mis noches. A lo lejos, en tu tierra, en tu lecho, a las tres y diecisiete de la madrugada, duermes plácidamente dentro de un mustio y débil abrazo, con tu corta sonrisa perenne, la misma que me negabas, y la satisfacción elegida de una vida sencilla. Con el calor artificial de los grados de una calefacción. 

A tu lado, el delicado tintineo de una cadena y un ronquido de machito soberbio. Sobre ti, únicamente una sábana. ¿Para qué más?

Está bien, todo correcto, dulces sueños.