jueves, 28 de abril de 2016

Enésima historia del gimnasio

La semana pasada (que es una manera de no comenzar con mi “el otro día”), tuve un percance en el gimnasio. Mira que hay gente violenta en esas salas de musculación y cardio.

Vale, musculación para tíos y cardio para tías, en ese sentido igual os parezco un poco guei, pero os juro por una mariposa que no lo soy. ¿Y qué pasa si lo fuera? ¡Más posibilidades para entrar en Telecinco!, el canal de la buena rima. Pero no lo soy, aunque también reconozco que si me reencarno en mujer, lo seré. ¡Por éstas!

A lo que iba. Acostumbrado como estoy al deporte de competición, al duro de verdad, al tiro de dardos, donde los valores son la sana competitividad, el esfuerzo máximo y el entreno a tope, nunca me he topado con bestias tan ausentes del mismo. Joder, ¡casi parecen futbolistas! Salvo que tienen los músculos muchísimo más hinchados. Vale que los batidos y los plátanos y esos cereales y arroces raros que se comen y esas vitaminas, proteínas y sales minerales, y fomentadores de esto y de lo otro, y la dieta espartana y la ropita ajustada y el aceite y la depilación hace que parezcan más voluminosos… ciertamente se parecen a las caricaturas grotescas que existen sobre las esculturas griegas, pero lo que se dice deportistas… creo que el más veterano de mi grupo, Anselmo, con sus 89 años, tiene unos valores deportivos muchísimo más asentados que cualquiera de estos chochonageres.

Pues estaba yo tan tranquilo realizando mis flexiones de índices, cuando de repente terminé. Y comencé a ejercitar los corazones. Me refiero a los dedos medios de la mano, ésos que llaman eróticos (todavía no sé por qué). Por estas casualidades de la vida, mis ojos tropezaron con otros. Normalmente, si son los de una chica, nos hacemos ojitos. Más bien se los hago yo y la chica huye. Pero, desgraciadamente, en esta ocasión, eran los ojos de un tipo feo, de éstos que gustan tanto a las mujeres (al menos a las del gimnasio y el polígono).

Miró mi dedo corazón. Me miró a mí. Se le hinchó la vena.

—¿De qué te vas?    (En mi sitio le metemos el “te”, pero viene a significar más o menos lo mismo, con la ligera variación de que tiene menos efusión y más infusión)

Repitió:

—¿De qué te vas?

Y me salió la frase hecha:

—De Burman Flash.

Sí, podía haber dicho de Epi y Blas o de Pink Floyd, pero ésos eran posteriores y yo soy de los viejos tiempos. Además quería quitarle hierro al asunto llevándolo por el lado simpaticón. Pero es que nunca he destacado en esa faceta. :-(

—Tú lo que eres es un julandrón y un mierda y un esto y un lo otro.

Cuando dijo “un esto y un lo otro”, pretendió decir un *·=)/**#   y un  ¡&¬?=%. Total, que me insultó.

Yo, que soy cenizo por naturaleza, ya entendí que algo volvía a ir mal.

Jo.

El tío se abalanzó sobre mí y me dio con todo el ojo en el puño. Luego lo hizo con la nariz y los dientes. Qué cabrón, cómo me buscaba, me dejó la mano hecha trizas. No contento con eso empezó a darme sin parar unos testiculazos en el pie, con tales ganas, que yo pensé que me quedaba cojo. Luego, cuando oímos la sirena, el cabrón se tiró al suelo para hacerse la víctima.

Pues nada, que vino la poli, me rebelé, impotente como me sentía y le di unos cabezazos a las porras (soy una pobre víctima, nadie me comprende). Finalmente me llevaron a los calabozos.


Yo, sinceramente lo confieso, después de todas las cosas que me pasan en el gimnasio, he decidido, y sé que soy radical, dejar de acudir por lo menos un par de días.




martes, 19 de abril de 2016

Mujer

Siempre fuimos una pobre moneda de cambio. Nos quitaron todo y nos llamaron lastimeros. Nuestra tierra se quedó sin juventud, también nos recortaron la agricultura, la ganadería y la pesca. Somos una de las poblaciones más envejecidas del mundo. Cuando por temas estrictamente políticos se decide crear una infraestructura en mi tierra, los políticos catalanes levantan la voz y se oponen. Los de Madrid siempre nos han dado la espalda, pero seguimos (siguen) votándoles. Y es que también nos quitaron la dignidad, la sabiduría y la fuerza. 

Enhorabuena, lo han logrado. Aquí sólo se pelea por un partido de fútbol. Aquí sólo quedan eucaliptos, basura, desorden y una cosa extraña que llaman autoestima; y una herida tan profunda que nos ha dañado el cerebro.

Les importa una mierda que todas y cada una de las personas que conozco (incluido yo, claro) tenga familia fuera. Eso no vende, porque "son gallegos". Quizá tendríamos que cambiar de color para empezar a importar a alguien. Pero ya es tarde. Y es curioso que Franco, Fraga o Rajoy hayan sido gallegos. ¿Sabéis por qué? Porque en realidad no lo eran, no lo son. Los gallegos somos pobres.  

Mujer (Fuxan os Ventos)

  
Ah, gaiteiro mío
Aún recuerdo cuando bajabas por el monte abajo
Y me venías diciendo

Echa la carne en el puchero, Marianiña
Echa la carne en el puchero, Mariana
Una bolla entera entre servilletas
Una bota de vino  para disfrutar

Mujer harta de lucha
¿Qué te voy a decir, mujer …
…si tú eres como nuestra tierra…
…y la tierra es como tú?

Os dejé a ambas solas
Aunque me quedé con vosotras
La tierra se quedó vacía
Y tú te quedaste sembrada

Y el viento decía
Pronto volveré
Para  matar el hambre
Para poder comer

Ay, mujer, cuántas noches
Te acostaste con la tristeza
Y el viento frío traía
Las noticias de los que murmuran

Y el viento decía:
Pronto volveré
Para matar el hambre
Para poder comer

Tú eres un milagro de la tierra
Y la tierra un milagro tuyo
Una mezcla de miel y esencia
De fiera y de ángel del cielo

Pariste de pie a nuestro hijo
Como hacen las bestias en el monte
Y hoy, que vuelvo vencido
Para que yo venza tú te acuestas

Y cuando vuelva… ¿qué te voy a decir?
¡Maldito el día y la hora
En que os dejé aquí
Para ganarme la vida!

El invierno de la emigración
Nos robó la primavera
Quien yo era ya no soy
Y tú no eres la que eras

Ya pueden los cultivos dar
Cosechas bien abundantes
Ya pueden en Madrid hablar
Con palabras bien hermosas
Que jamás nos pagarán
El hambre de otros tiempos


martes, 5 de abril de 2016

Azúcar

Échale azúcar. Eso me decía mi madre cuando algo no me gustaba. Algunas veces lo hacía con la sonrisa más reconfortante que existe, la de mamá; otras, con un deje de reproche.

Así comencé a echar azúcar a todo lo que me mordía, como si aquello se mereciese un premio. De esta manera, en mis momentos amargos, pretendí repartir dulzura.

Azúcar blanca refinada, azúcar moreno, estuchado, de bolsa, de caña y de remolacha.

¡Qué niño más dulce!, me decían. Y mi complacencia, aunque sólo fuera eso, engordaba.

Eché azúcar a la enfermedad, a la muerte que me dejó solo, sin sonrisa, sin reproche. Eché azúcar a las vacas, a las gordas, a las flacas. Eché azúcar a las nubes, a las charcas.

Y sólo respeté el mar.

Claro.

Eché azúcar al miedo y al desengaño.

¿Y qué queréis que os diga? Que de tanto repartir terminé amargo. Amargado, para que se entienda.

Ahora sólo reparto amargura, y quien parte y reparte se queda con la mejor parte. Dicen.

Es curioso que los dulces no le echen azúcar a un amargado. Quizá prefieren quedarse con esa ligera capa de granos vistosa. Algo me dice que si los chupo sentiré repugnancia. Y es una lástima, porque ya no puedo seguir los consejos de mamá. 

Me falta azúcar.