sábado, 30 de julio de 2016

Tercer guiño

Antes de que eliminen de la historia las partes machistas que forman pedazos de ella, voy a compartir con vosotros este fragmento de Don Giovanni, de Mozart, donde el siervo de don Juan (don Giovanni), llamado Leporello, le canta un aria a una burlada doña Elvira, una dama de Burgos, recreándose en su humillación.

Algunos ilustres estudiantes se empeñan con sus tesis en convertir en homosexuales a los grandes genios de la historia para suavizar sus mensajes o magnificar sus lobbies, si seguimos por este camino, terminarán seleccionando las partes de la historia y del arte más acordes con sus ideas. Antes de que eso ocurra, los más rancios y conservadores sabremos por qué ha sido necesaria la evolución. No por imposición, sino por equilibrio, y porque los hombres y las mujeres hemos de tener los mismos derechos y deberes.


Y no para ello necesitamos castrar la historia, ni hacer de Thor una mujer, ni ponerle faldita a Superwoman, ni fabricar semáforos con una chica. No conozco una heroína más valiente que mi madre. Pero seguro que las hay.




Señorita, el catálogo es éste
De las bellas mujeres que amó mi patrón
Un catálogo que yo mismo hice
Observad, leed conmigo

En Italia, seiscientas cuarenta
En Alemania, doscientas treinta y una
Cien en Francia; en Turquía noventa y una
Pero en España son ya mil tres

Entre éstas hay campesinas
Camareras, ciudadanas
Condesas, baronesas
Marquesas, princesas
Y hay mujeres de toda condición
De toda forma, de toda edad
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De las rubias él tiene la costumbre
De halagar la gentileza
De las morenas, la constancia
De las pálidas, la dulzura

Quiere para el invierno a la gordita
Quiere para el verano a la flaquita
Es la corpulenta majestuosa
La pequeña es más graciosa

A las viejas las conquista
Por el placer de ponerlas en la lista
Su pasión predominante
Es la joven principiante

No le importa que sea rica
Que sea fea, que sea bella
Mientras lleve la faldita
Vos sabéis lo que hará




miércoles, 27 de julio de 2016

Simple

Tengo momentos que seguramente tiene todo el mundo. Algún empujón, algún resbalón, algún tropiezo. Algunos de éstos son fáciles de capear. Otros, no.

El problema de estos últimos es que te dejan en estado de shock (de choque, si lo empleamos correctamente). Y entonces no sabes cómo reaccionar y te haces un montón de preguntas.

¿Quién o qué falló? Si vas más allá, lo analizas y sacas tus conclusiones, que no necesariamente son las conclusiones correctas. Si además eres como yo, que no lo eres, en vez de echar la culpa a las circunstancias y ofenderte, te las echas a ti mismo y sabes que aciertas.

Y es en esos casos cuando te vuelves a sentir en esencia, ¿qué esencia?, esa mierda inherente que ha convivido contigo y ha crecido a tu lado. Te encuentras con quien eres de verdad, sin el apoyo que te ofrecen aquellas circunstancias con las que has tropezado. Y lo que te encuentras ya lo conoces, las sensaciones coinciden.

La vida sigue, así ha de ser. Ninguna de las cosas o personas incapaces de capear ha sido sustituible, porque todas ellas han sido necesarias y especiales. Además, me han forjado, y ayudado y regañado y querido. En el caso de lo material, ha sido querido por mí. Pero lo material es solo cosa, eso. Y eso se relativiza más fácilmente.

Muchas veces me gustaría ser simple, como tantas personas. Comer, beber, orinar, cagar, dormir y ver la tele o disfrutar con el fútbol.

Otras, no, qué coño, prefiero sufrir, porque el sufrimiento es parte de la vida. Obvio, ¿verdad?

Y me gusta pensar en mis obviedades. Así vivo a mi manera.

Pero mi pensamiento es tan obvio que muchos no alcanzan. Puedo pensar que un mosquito es más ácido que un limón cuando en vez de entrar en mi boca entra en mi ojo. Puedo pensar que una sombra tiene fragancia, que una barba no encierra un misterio o que un tequiero tiene más agujeros que un teodio.


Simple.


viernes, 15 de julio de 2016

miércoles, 6 de julio de 2016

Primer guiño

Aunque os pueda parecer mentira, soy un gran seguidor de la música clásica. Quizá porque durante todos los domingos de mi infancia sonaba en mi casa a gran volumen y cuando había un padre, había también una enorme colección de este tipo de música. Además teníamos muchos discos de música barroca y algo de contemporánea, que nunca me acabó de entrar, salvo excepciones.

En mi etapa escolar y años posteriores de bachillerato, los horribles métodos para acercarte a la música clásica eran tan estériles como los que existían cuando te obligaban a leerte aquella pesadez intragable de algunos literatos clásicos españoles y en literatura gallega, gallegos.

Creo que habría llegado a aborrecer esta música de no ser porque ya se me había impregnado en casa.

No obstante, los métodos para aprender solfeo y piano consiguieron que aborreciese ambas disciplinas y hoy en día soy incapaz de ver un mueble con teclas y acercarme a él, así que tiro de guitarra y gaita, machacando ambos instrumentos.

He asistido a numerosos conciertos de música clásica y en ellos también se nota quién lo da todo. Aun así, en ocasiones nos podemos encontrar ciertos guiños que no esperamos entre el blanco y negro de los músicos. Y, en muchas de ellas, se agradecen.

La siguiente pieza, una opereta de Offenbach, no está ejecutada con la maestría de otras intérpretes que he escuchado, pero tiene uno de esos guiños que os he comentado, de los que hacen que uno disfrute no sólo de la pieza, sino de la escena, y donde el director no sólo es ese hombre con cara de palo y batuta.

Ahí queda, pues, de los Cuentos de Hoffmann, “Los pájaros en la enramada”. Espero que, si la escucháis, la disfrutéis, aunque supongo que no lo escucharéis.

Allá vos.




lunes, 4 de julio de 2016

Persiguiéndome por delante

¿Nunca os ha pasado que alguien os persigue por delante? 

Me explico:

Llevaba un par de años haciéndome ojitos con una chica muy mona, pero sin pelo en los hombros. Ella. Vale, yo tampoco, aunque a veces haga el mandril sin enseñar mi culo rojo, que tampoco es rojo, sino más blanco que el trasero de una monja. Blanca, ¿eh?, que ya estabais pensando en Snoopy Golberg y yo lo hacía en Audrey.

Al cabo de esos dos años, el otro día, cuando nuestras miradas se volvieron a cruzar le eché huevos (menos mal que no le di, ni se oyó cómo crujían en la calzada). El caso es que le pregunté su nombre. Hay dos opciones cuando le pides el nombre a una chica: que te lo dé o que, además de dártelo, te pregunte el tuyo. En ese caso se me queda una sonrisa bobalicona que desmonta toda mi hombría.

Vaaaaale, hay una tercera opcióooon. Te puede decir: ¿a ti qué coño te importa? Pero vamos a ver, si os hacéis ojitos os debéis la vista, así que descarto esta opción.

—¿Cómo te llamas?

—Mariloli (rediós, no le pegaba ni con cola), ¿y tú?

—Yo jujujú… yo también.

Y es que me había dado su nombre, la muy capulla. De repente caí en la cuenta. Era una resta y ahí radicaba la diferencia.  Me parece que perdí puntos entre la sonrisa y mi confusión. Ella siguió su camino.

Al día siguiente la vi torcer hacia la otra acera y la busqué, nuestras miradas coincidieron y la suya huyó. Un día más tarde vi cómo cambiaba de calle allá a lo lejos (calculo que para rodear mi territorio) y así durante un par de semanas. Entonces decidí que aquel rodeo era por mi causa (cosa que no debería hacer, no soy importante ni para lo bueno ni para lo malo… tal vez sólo para lo malo).

Ayer la vi pasar y su mirada volvió a huir. Pero yo tenía que hacer un recado e iba detrás de ella. Me da la impresión de que contempló mi silueta en un escaparate traicionero y entonces supe que estaba pensando que yo la seguía.  Aceleró el paso y, para no incomodarla, cambié de acera (como se hacía tranquilamente antes de los noventa).

La mala suerte, mi mejor amiga, hizo que Mariloli también cambiase de acera un poco más adelante, así que no me quedó más remedio que caminar de nuevo detrás de ella. En un semáforo, unos metros más allá, yo me situé detrás de su cuerpo escultural, para que no me descubriese, por si pensaba erróneamente que la perseguía.

Pero miró atrás, primero de reojo y luego también :-( y allí estaba el menda. Sólo me dio tiempo para comprobar que su ceño se fruncía y que ella daba un paso hacia el frente con el semáforo en rojo. Un coche tocó el claxon y ella aprovechó para cruzar a la carrera, así que la perdí de vista y suspiré aliviado.

Hice una gestión por la zona, salí del establecimiento y caminé por la acera. En ese instante la vi saliendo a su vez de otro establecimiento y nuestras miradas se volvieron a cruzar. En su gesto esta vez noté un deje de pánico. No nos saludamos, apretó el bolso en su costado con fuerza y comenzó a caminar enérgicamente.

Yo la seguí pero no. Esto es, yo iba al sitio que tenía que ir y por casualidades de la vida, coincidimos en la calle. Lo juro.

Aminoré mi paso, y llegué quince minutos tarde a la Dirección General de Tráfico. Allí, sentada, mirándome con cara de odio y marcando un número telefónico de tres dígitos estaba una persona que nunca más me volverá a saludar.