sábado, 27 de agosto de 2016

Séptimo guiño

Cuando hice mis pinitos con el violín me di cuenta de que es más sencillo tocarlo de pie y sin piruetas. Pero un día en que intenté tocar al ilustre Sarasate (apellido ambiguo donde los haya), me rompí dos dedos (tenía dedos rompidos, rotos como decís vulgarmente) y decidí que el día en que Sarasate compuso el Zapateado, se había atiborrado de chorizo de Pamplona y se repetía.

Más tarde me incliné por uno de los instrumentos que más me han gustado siempre, el arpa, concretamente por su lateral. Y se quebró con gran estrépito. Menos mal que un amigo mío además de hacer sus pinitos también arreglaba arpas.

Tensó las cuerdas de tal manera que el sonido del instrumento era todavía más dulce y refinado. Daba gusto escuchar mis arpegios. En aquella época, sin embargo, tuve la desgracia de pillar la lepra y cuando me dispuse a tocar el arpa, produje una carne picada un tanto dolorosa, pero que degustamos con gran placer mi amigo el que hacía pinitos y yo cuando la convertimos en albóndigas. Como soy educado, joder, no comí con las manos.  Vale, ni con los garfios.

Mi amigo no sólo hacía pinitos, sino que hacía castañitos, almendritos y también japonesitos. De ahí que tuviese una fructífera relación con Midori Goto, que en realidad se llamaba Dorita Goto. Pero mi amigo era muy posesivo y la trataba con cariño, apocopándola. Y a veces, amuchopándola, pero siempre aupándola. De esta manera logró hacer de ella una chica concentrada y atenta. No fue demasiado difícil con aquella mirada astuta cuya escasa cuenca hacía por un lado que su atención estuviera mejor enfocada y por otro que no se pudiesen construir en ella casas colgadas. Además tuvo un gran acierto que otros imitaron: le quitó la cámara de fotos.

Dorita estudió con anhelo los nanotiempos de aquel utensilio de madera (de pino) y en dos minutos extrajo de aquella herramienta unos sonidos que nos dejaron boquiabiertos, lo que mejoró nuestra capacidad de comer albóndigas enteras.

En fin, que siempre me enrollo y sólo quiero deciros que cierro temporalmente este espacio para asistir a un par de eventos interesantes. A la vuelta contestaré todos vuestros comentarios amables y tiranos gustoso. Y de paso ya os explicaré que es un tiranos gustoso.

Un tacto a las chicas, un saludo a Noelplebeyo. Antes estaba acostumbrado a Antonio y a Elvis.


Venga, menos rollos. Cuando queráis entrar aquí y veáis que la entrada está prohibida no es que esté prohibida, es que haré unos arreglitos a este espacio, lo llenaré de flores y fantasía y comentaré, como hago siempre las partes más optimistas de la vida. Mientras tanto, cerraré.

Abur.




jueves, 25 de agosto de 2016

Ragazzos idiotas

Desde que publiqué la noticia de que un alemán imbécil prendió nada más y nada menos que el 7% de la isla de La Palma, resulta que un italiano imbécil lanzó una bengala sobre una isla protegida de Formentera, de alto valor ecológico, y también la prendió.

El fondo de estas cosas, ya que todos sabemos que idiotas los hay en todas partes (qué os voy a decir yo), es que esto es jauja y aquí todo es diversión, si llamamos "aquí" al sitio donde nos regimos por las mismas leyes y estamos desgobernados por los mismos inútiles.

Pues bien, ayer dos imbéciles italianos quemaron unas botas al llegar al Cabo de  Finisterre, y como olía muy mal esa mezcla de bota y cerdo, las tiraron monte abajo, prendiendo fuego a toda la zona.

¿Pero sabéis? Yo ya soy un poquito más positivo. Y he extraído lo bueno de esta noticia. No sólo se ha quemado la parte vegetal, sino tooooda la mierda que había allí acumulada. ¡Es genial!

En fin, que entre la basura que hay por allí, las pintadas que se han hecho en el faro (de estas firmas hip-hoperas y frases sin sentido), los restos sólidos, los olores ya denunciados y el incendio... pues qué queréis que os diga... tampoco os recomiendo acercaros por allí.

Pero oye... igual vais y os parece fabuloso. Yo es que siempre lo veo con otros ojos.


Foto de La Voz de Galicia



sábado, 20 de agosto de 2016

Sexto guiño

Conocí a Cecilia cuando yo tenía tres años y ella seis. Tenía una voz muy bonita. Ella. Yo tenía voz de pito, que es la que se me ha quedado, algo que me ha servido a la larga para arbitrar importantes partidos de golf, y expulsar a alguno de los jugadores más violentos y macarras.

Pero tenía una tara (y no me refiero a mi manera de ser sin arreglo posible, sino a una tara física). No sabía pronunciar la R. Bueno, ni la r. En este caso daba igual si era mayúscula o minúscula porque como empezase una palabra o estuviese entre dos vocales, el efecto siempre era el mismo: me ponía colorado. Y os parecerá algo normal, pero el hechicero de mi tribu me miraba con desprecio.

El caso es que Cecilia llegó mi aldea, en el municipio de Taka Tuka a ver al rey blanco, que tenía una hija que se llamaba Pippi, que se orinaba en cada esquina, pero que estaba muy buena, porque era pelirroja. ¿Pelirroja de verdad? Os preguntaréis. Pues a ver, yo era un niño, ella era una niña sin pelos ahí (supongo) y cuando fue mayor y nos enrollamos tampoco tenía pelos ahí, por eso de las modas. Nunca supe si era pelirroja de verdad o se trataba de una peluca, así que lo busqué en Google y, efectivamente, era una peluca. Ella entonces ya tenía el pelo blanco, así que… la verdad es que no sé por qué os estoy contando estas cosas… voy a apagar el canuto.

Cuando Pippi me presentó a Cecilia, ella me cantó una canción preciosa sobre un ramito de violetas, pero le quité enseguida la tontería y le dije que no era su registro. En realidad le dije "degistdo".

Como siempre me suele pasar, y se ve que ya desde los tres años, mis palabras la incomodaron de tal manera que se empezó a meter conmigo en una suerte de precursor del bulling infantil, menos conocido como acoso. Cada vez que me veía me decía:

-Hola RRRRaúl, qué pelo más rrrrizado tienes.


Yo me quitaba los tres dedos de la nariz (cabían hasta cuatro) y le respondía:

-¡Yo no me llamo Daúl y mi pelo no es dizado!

Pero sí, era rizado.

Un par de años después, y ya limadas las asperezas con ella y las de mis callos (en mi aldea los tomábamos con garbanzos), Cecilia se hizo más amiga mía. Entonces me enseñó unos ejercicios para pronunciar de manera correcta la dichosa r. ¡Y también la R!

Hacía dos años que mis padres habían achacado mi problema al frenillo y me metieron un corte desafortunado que impidió mi descendencia. Menos mal que pude adoptar a un niño europeo.

Mis padres eran un poco brutos, ahora me doy cuenta. Se llamaban Darío y Diana (bueno, lo diré bien, que ahora puedo), Rarío y Rihanna. Mi padre era un poco rarete, según dicen, y así salí yo. Mi madre se cansó de sus dadezas (rarezas, perdón) y emigró a Barbados, que era una isla donde todos sus habitantes llevaban barba. Allí destacó en la música y todos le preguntaban por qué tenía dos enes en el nombre si con una se entendía igual, a lo que ella les respondió que había tenido un problema de dicción con la ene, de pequeña, y ahora la pronunciaba más que bien.

En lo que respecta a Cecilia, tuvo gran éxito en su carrera de mezzosoprano, que lo escribían con dos zetas porque el que inventó la palabra tenía un problema de dicción con la zeta, pero de poco le sirvió porque finalmente acabó por pronunciarlo con “ts”. De esta manera, este ragatso continuó con su problema.

Hace unos años, Cecilia comenzó a hablar raro, y la gente culta le dijo que era un alemán perfecto, pero ella siempre se declaró italiana y mujer.


A mí se me cae un lagrimón cada vez que la escucho en los recitales que se inventó para mí, para ayudarme con mi problema. Universalmente se piensa que el fragmento de Rataplan es de Donizetti (un compositor que tenía problemas de dicción con la t), pero sólo tres personas sabemos la verdad. Y Pippi se hace la sueca. Y sigue intentando solucionar sus problemas de dicción con la p.

Y con la P.





martes, 16 de agosto de 2016

Haciendo país

Este fin de semana he tenido que hacer de niñera y he llevado a mi sobrinita por ahí. He intentado llevarla a sitios donde se divirtiera: a la playa, a un guiñol, a un teatro y a algún espectáculo de las fiestas (aquí se le llama fiestas al hecho de que haya mucha gente en la calle).

Todos nosotros intentamos que nuestra gente querida piense parecido a nosotros, sobre todo por empatía. Yo no pretendo eso, porque la niña tendría un futuro jodido, así que intento que piense por su cuenta o que coincidamos sólo en temas que objetivamente se consideran buenos. Me cuesta muchísimo (no os lo imagináis), pero cuando estoy con ella dejo TODOS mis prejuicios a un lado e intento meterme en su mundo.

El caso es que tampoco quiero que le metan prejuicios por otro lado, y aunque no se haya percatado (lo que considero un éxito para mí), nos han echado de la mayoría de los sitios.

La Galicia tropical en la que vivo en nada se parece a Galicia. Ahora os lo explico.

Lo primero, fuimos a la playa. Estuvimos haciendo castillos de arena, túneles, fortalezas y muros. Seleccioné una de las playas menos contaminadas, ¡había hasta algas verdes!, que son esas cosas que se parecen a lechugas y que le dan miedo y asco a las gentes de la ciudad.

De repente, se abrió un micrófono y a lo largo de toda la playa comenzó a sonar un reggaetón:

“Mi amol que tiene un pompi que le meto un gol
 que tiene un pechote de escandalol
Pechito pechote ma chute no
Que rica la mayoneeeesa
Si la tomas con gasoliiiiina”

Y nos largamos de la playa. Como he dicho, no quiero que le metan prejuicios. Y mucho menos prejuicios machistas. Y mucho menos eso que llaman música, y mucho menos música chabacana.

Pero bueno, pudimos estar al menos una hora y pico en la playa. Gracias, ayuntamiento. Nada de chiringuitos, ¿eh?, eso sería muy cómodo para mí. No iría ni aunque no pusieran reggaetón en todos y cada uno de ellos.

Al llegar a mi sitio, nos fuimos de paseo por el barrio. Se oía un sonido en la calle, como que había un concierto y nos acercamos. Era reggaetón. Así que pasamos de largo mientras veíamos a un montón de niños con sus “educadores” pasándolo de puta madre con sus bailes y sus tatuajes. Sin saber su nombre, una era “La Merce” y otro “El Jose”. Otra señora tenía un hijo que se llamaba Jonathan, al menos eso ponía en su hombro bajo el retrato de un bebé. ¡Ésos sí que quieren a sus hijos! Aunque, como siempre me equivoco, igual lo que pasa es que tienen mala memoria.

En la misma calle, que estaba abarrotada, había un guiñol para niños de corta edad (eso lo deduzco porque no ponía nada de la ETA). Y también por el público. Empezó a sonar música. Digoooo, reggaetón. Y nos largamos. Nos pasó lo mismo con el teatrillo unos metros más abajo. Y comencé a pensar que me parecía un poco raro que en los tiempos que corren, donde se puede escuchar DE TODO, sólo se escuche una cosa. También pensé que echaba de menos a Enrique y Ana y a Parchís. Pero eso me pasa por pensar. 

Pero una vez que empecé a pensar ya no paré; eso sí, mi sobrinita me pidió un helado y se lo compré en una tienda que tenía puesta una música que es posible que imaginéis.

Recordé que el año pasado había acudido con ella al Halloween de su cole, una fiesta muy típica de Galicia (esto es en serio, ahora aquí le llaman Samaín y dicen que tiene una historia de cientos de años, pero la verdad es que yo sé que existe el Samaín desde hace dos años). Recordé cómo se me levantaron los pelos del cuerpo escuchando una canción que decía algo así como “Mi amol que tiene un pompi que le meto un gol…”.

Y también recordé un Belén viviente al que la llevé en una aldea perdida, donde estaban San José (sin tatuajes), la Virgen María (recatada) y el niño Jesús (sin pilas) y donde sonaba un reggaetón (os lo juro).
No hablo con demasiada gente, ni siquiera con poca, pero he oído muchísimas veces decir a los mayores (al menos los que lo son tanto como yo) que la música de ahora es una mierda. Y entonces me pregunto siempre por qué le dan mierda a sus hijos. Yo no lo haría.

Los colegios, los ayuntamientos, las instituciones, LOS PADRES, deberían de hacer algo por ésos que algún día nos pagarán las pensiones. Me refiero a algo más que cederles botellódromos para que se emborrachen desde los trece años, darles un móvil para acceder a donde les salga de ahí o ese palabreo bonachón donde ahora ganan y perderán el resto de su  vida. Y donde la libertad significa “déjame en paz”.

Respecto a lo que pretendía ser el fondo de esta entrada, la falta de identidad de esta tierra cada vez más dominicana o caribeña, estoy a punto ya de rendirme.







PD- El día de mañana, como ha pasado en todos los tiempos, cuando uno de los chicos que no han sido educados de esta manera tan moderna destaquen en cualquier disciplina, “el Jose” y “la Merce” sacudirán la mano y dirán: jo, qué suerte has tenido con tus hijos. Quizá es que esa suerte ha sido un violín, una bicicleta o un libro delante. Quizá les enseñaron un paisaje, les explicaron que un alga no era un asco o les enseñaron qué significa el esfuerzo. Quizá ni necesitaron escribir el nombre del chico (o de la chica) en su piel para que todo el mundo supiese toooodo lo que les querían, mientras las instituciones les inyectaban reggaetón.

viernes, 12 de agosto de 2016

Quinto guiño

No entiendo el ballet en el sentido de que nunca he acudido a ninguna función de este arte. No lo comprendo porque nunca he profundizado en él. Pero soy capaz de discernir lo que es bello, y el ballet tiene una armonía, una puesta de escena y una estética compleja fruto de años de preparación.

Buscando entre los guiños que cada semana desde hace un tiempo cuelgo por aquí, para suavizar un poco mis enfados y mi mala baba, os muestro esta vez una representación que pretende la conexión con el público.

Espero que os guste esta graciosa coreografía. Me identifico bastante con la bailarina de gafas, no porque en la intimidad hable catalán y me ponga un tutú, sino porque va completamente a su bola. 





Catastrofeando

Hace unos días publiqué una entrada sobre la catástrofe que suponía para mí el incendio de la isla de La Palma (y eso que sólo ardió un siete por ciento de la isla, vamos... nada). Un alemán que fue a cagar, prendió papel higiénico impregnado de su vida. El imbécil éste ya había sido detenido hace un tiempo por maltratar y morder a un perro pequeño. Ya me gustaría imaginármelo intentando morder a un dobermann, los dos desnudos, uno frente al otro, nada de él con una espada, un traje de luces, un trapo y mucho arte, delante de algún menor que lo observa desde una plaza de perros.

Fueron casi cinco mil hectáreas, pero para mí es una catástrofe. También me lo parecieron los incendios en Asturias durante diciembre de 2015. Siendo catástrofes, desde un punto de vista MUY subjetivo, se alejan muchísimo del número de hectáreas que arden en mi tierra cada año a manos no de un alemán que muerde perros, sino de galleguiños traviesos y turistas que prefieren no prender sus tierras (la verdad es que pienso que en sus territorios hay mayor cuidado y atención con estas cosas).

En dos días, en Galicia, ya hemos superado el incendio de La Palma. Bien, somos los números uno en algo. ¿Albricias? NO. A mí me jode. Por lo que he visto en la televisión también le jode a la gente (cuando el fuego llega hasta sus casas, claro, si no es así les importa bien poco y van a la playa a disfrutar del litoral sucio).

Un día, una persona muy querida me dijo algo así como: ¿qué pasa, sólo te afecta cuando ocurre en tu tierra? La respuesta es que no, lógicamente. Si ocurre en Nueva Zelanda, también me jode, pero… quizá un poquito menos porque soy raro.

Cuando comento estas cosas en cualquier reunión o cuando escribo mis gilipolleces aquí, y esto no deja de ser un reflejo de la sociedad, las personas me llaman catastrofista.

Podría ser mi defecto 139, si no estuviese ya escrito en mi lista de defectos. Sí, soy catastrofista. Me parece una catástrofe que en dos días ardan más de 5.500 hectáreas de bosques y montes de mi tierra, y zorros, lobos, caballos salvajes que no pueden huir porque tienen las patas atadas, y jabalíes y ardillas y pájaros y hormigas.

La playa a la que acudí durante los últimos quince años ha tenido este año tres novedades. Dos de ellas me parecen catastróficas. Al resto de la gente le parece catastrófica la tercera, no en vano ha salido en todos los telediarios.

La primera es que han talado todos los árboles que la circundaban. ¿Por qué? Porque eran un peligro. Eran árboles grandes, de decenas de años, siempre habían sido inofensivos, pero se ve que ahora, por las noches, se transformaban en lobos y atacaban a las personas. Me ha parecido una catástrofe que talaran esos árboles. No es que estéticamente no haya por dónde agarrarlo, sino que ya no hay sombras en la playa (os comentaré que las sombras de árboles son algo típico de las playas gallegas). Además, es una manera más de acabar con la naturaleza. Sólo una más, ¿eh? Aquí tenemos de todo tipo.

La segunda novedad de este año en esta playa es que ha habido una fuga de aguas fecales, por lo que si me bañaba corría el peligro de encontrarme con un zurullo navegante como en otras ocasiones y en otras playas de mi tierra.

Y la tercera, la que de verdad le importa a la gente, es que no hay socorristas (.....................), hecho que ha motivado que se les haya retirado la bandera azul. Oh, qué horror.

A los gallegos también les ha dado por rapar las autopistas. Antes había árboles en los lados y eran muy bonitas. Ahora ya no, sólo se ve tierra seca y restos de desbroce. Yo creo que lo han hecho para que las decenas de miles de perros abandonados no tengan sombra en las autopistas. O para encontrarlos mejor y llevarlos a la perrera a sacrificar, porque un perro en la autopista (mira que son malos los canes) pueden matar a las personas.

Pero ya sabéis: soy catastrofista.



miércoles, 10 de agosto de 2016

Riña de vecindario

A mucha gente no le gusta admitir lo que por lo general llamamos defectos. Esos defectos no dejan de ser el desarrollo normal de los bytes que se nos han impregnado a través de la información genética. Hasta el desarrollo del amor es mucho más químico que esa “química” tan manida de la que ahora se habla.

Por eso es necesario que haya reglas y leyes a las que atenernos por igual, y que se basan en no cometer los errores del pasado. Cuando se saltan o se flexibilizan, se vuelven a producir los mismos errores, y es lo que está pasando en los últimos tiempos.

Pero no me desviéis, que se me sueltan las muñecas.

Uno de mis ciento treinta y siete defectos anotados es que a veces me gusta picar la gamba. Lo traduciré para que personas de otros lugares lo comprendan. Picar la gamba quiere decir más o menos “tocar los huevos”, molestar a sabiendas.

De nada, Ame. ;-)

Resulta que tengo un vecino con aspecto de rumano pero proveniente de la parte oscura de Galicia, que me cae muy mal. Él no tiene la culpa, es cuestión de que su información genética y la mía no son coincidentes.  Por decirlo de una manera simple, sus valores y los míos no son los mismos. Digamos que yo soy muy tiquismiquis y él no. De esta manera, para mí lo mío es mío. Ahí coincidimos: para él lo suyo también es suyo. El problema es que piensa que lo mío también es suyo, así que un día le tuve que dar un pequeño aplauso tras tomarse prestada mi moto.

Y desde entonces le caigo mal. Bueno, ya veis que es un tío poco original.

De tanto caerle mal, el tío ha llegado a parecerme un poco molesto. Si le saludo en la escalera, no me devuelve el saludo, el cabrón se lo queda, se ve que todavía no ha aprendido que lo mío es mío :-(.

Creo que se llama Manolo, pero yo le llamo Mihail y es del Barsa porque aunque provenga de algún sitio de la Galicia negra, creo que su información genética poco tiene que ver con la de mis antepasados. Yo sé que es del F.C.Barcelona básicamente porque a veces se atreve a salir con esa equipación por la calle (antes más, porque ahora los valientes de aquí fostian a los que no son del equipo de aquí) y porque cuando juega ese equipo siempre canta esa canción que reza Barse, barse, baaarse.

Yo paso del fútbol, porque se lo dejo a las personas inteligentes, pero cuando juega el Madrid y me entero de que marca, saco la cabeza por la ventana y grito GOOOOOOOOOOOOL.

Sólo por joderle. Perdón. Por picar la gamba. Coño, es mi defecto, ¡yo no tengo la culpa de esa información genética!

No soy seguidor del Madrid; si lo fuera de algún equipo sería del de mi ciudad, pero sus jugadores no son de aquí, con lo cual tampoco me representan, sólo representan a sus seguidores ultra-nacionalistas gallegos. Es una paradoja, pero está en su información genética, ellos no tienen la culpa. Yo, sí.

El otro día tuve una especie de discusión con Mihail. Hay muchas clases de discusiones, y la nuestra era del tipo B-352. Aprovechó que estaba allí toda su familia y sus perros. Su mujer y sus diez churumbeles agarraban armas blancas en forma de cacerolas. Total, que el tío se vino arriba y le echó valor. Me dio dos patadas entre las piernas. Me dolieron durante tres días las rodillas. ¡Qué cabrón!

Mientras yo me quitaba a los perros del cuello (eran pequeños, pero daban unos saltos que flipas), aprovechó y me soltó otras dos patadas a mis partes. Concretamente a las patillas… estuve los mismos tres días con dolores en los fémures(es). Luego me tiró otras dos patadas a las espinillas, y una de ellas explotó, llenando de pus la punta de mi nariz. Pero la otra aguantó, y su cabeza sólo se puso un poquito más blanca que verde.

Finalmente, intentó darme una patada en mi paquete, pero lo había dejado arriba, ese día había fumado demasiado. Entonces buscó otro paquete. Entre mi nerviosismo, yo lo observaba concentrado y a la vez desconcertado, como buscando algo que no veía. Ésas son las verdaderas ventajas de los cuasiunucos.

De pronto, no sé cómo, la familia entera se metió en un santiamén… en su casa. Bueno, a decir verdad, no toda la familia. Cuando llegué a mi piso noté algo en el cuello y es que todavía tenía a un perro enganchado. Como no maltrato a los animales, a base de caricias me hice amigo de él. De paso, le quité las malas pulgas, que no es que fueran malas, simplemente tenían otra manera de ver la vida por su información genética. El perro movió el rabo…

…y se me colgó.

Cambiemos de tema, por favor. ¿Conocéis el dolor inglés? Fue el peor de todos. Para tratármelo decidí acudir al sanatorio, pero como no veo muy bien, me metí en otro sitio con muy poca vida, la verdad. Me atendió un oftalmólogo que me obligó, con poca educación, a mirar las letras con atención. Luego le di vueltas a la siguiente cuestión: ¿qué hacía un oftalmólogo en un tanatorio? Pero cuando llevaba siete vueltas comenzó el mareo y pensé que es posible que los oftalmólogos también tengan familia. O, al menos, la tuvieron. :-(

Cogí un taxi (el taxista se enfadó y me persiguió, pero no corría tanto como su propio coche, lo cual considero normal) y llegué al sanatorio. Con ese (y no me refiero al taxista). Una enfermera joven me pidió que me quitase los pantalones y los gayumbos, y volví a pensar que esta juventud…

…pero me equivoqué. Sólo quería verme las ingles.

Lógicamente, no lo consiguió, pero trajo a un auxiliar que me afeitó la zona. Por mucha experiencia que tuviese, tardó como mínimo media hora, y entre ceño fruncido y muecas, se le escapaba alguna gota de sudor. ¡Qué asco! Cuando llegó el médico, el auxiliar le confesó que nunca había visto nada como aquello, y yo me acojoné. Luego, añadió que “antes de afeitar”, y mi información genética me hizo deducir claramente que aquel tipo no me caía bien.

Tras observar mis zonas más vírgenes, el doctor me tranquilizó explicándome que no tenía ninguna lesión seria y que me tenía que tomar unos analgésicos para el dolor. Allí mismo los tenían, y me dieron una cajita.


Al llegar a mi casa me los metí como pude y me sentí menos macho. No tardé en notar cómo mi culo se sentía de maravilla, aunque mi dolor inglés persistía. Aun así, me pasé una semana entera haciendo dos cosas: la primera, seguir con el tratamiento; la segunda, rezar para que la próxima vez me recetasen bucalgésicos.


jueves, 4 de agosto de 2016

Hasta la (piiiiiiiiiiiiiii) de los alemanes. Entrada capciosa.

Hace unos días, unas simpáticas y divertidas alemanas de vacaciones, haciendo un simpático vídeo (que ahora se llama Flashmob en español moderno) crearon el pánico en Cataluña entre las personas que se hallaban en el paseo marítimo de un lugar turístico de la zona. El resultado fue de once heridos, un despliegue policial y esas cosas que pasan cuando la gente se acojona de verdad al aparecer una multitud de personas corriendo, persiguiéndose y echando petardos.

Unos días atrás comenté algunas de las cagadas de esos seres “superiores” llamados alemanes, que destrozaron la vida a miles de personas que decidieron tomar Talidomida o comprar sus Volkswagen para contaminar un poquito más este mundo hecho ya una mierda.

Pero hay otras cagadas. Resulta que un alemán de 27 años se fue a cagar a un bosque de las Islas Canarias y para no dejar huella y que no le siguieran (no sé qué se le debió de meter en su cabeza cuadrada), decidió quemar su mierda (porque como ya he dicho, los alemanes también cagan) y de paso prender también el papel higiénico. El resultado en estos momentos es de mil quinientas hectáreas quemadas, el fuego sin sofocar, un bombero muerto y setecientos evacuados.


Hace poco he visto en el canal youtube los programas que hacía un alemán para su país, a cuenta del rescate a España. Algunos de estos cortes, que podéis ver en el mismo canal, no tienen desperdicio, y reflejan una parte de la realidad, porque si la buscas la encuentras. Es sesgado, pero existe. Hay varios vídeos de estos colgados, pero he decidido colgar el de este flipado, representante de tanta tontería. 





Ahora bien, la idea que se tiene en España de los alemanes también es muy sesgada y siempre positiva. El mismo simpático reportero nos enseña en otros vídeos la enorme cultura de estos seres tan bien vistos.





Total, que como bien dicen, las cosas que hacen fuera de sus fronteras no las harían en su país. Quizá no harían una Flashmob de ese tipo, o no quemarían el bosque donde han cagado.

Cuarto guiño

Sólo unos pocos elegidos en cualquier materia son capaces de destacar hasta el punto en que su mera presencia eleva a la categoría de éxito la mayoría de sus actuaciones o trabajos.

Muchos directores de orquesta han destacado: Von Karajan, Maazel, Rattle, Baremboim y otros que acaban en vski y Cobos (…). Pero Bernstein era todo carisma.

Hace poco tiempo una persona me envió esta pieza que voy a colgar. Creo que dentro de las entradas que he titulado “Guiños”, éste es el mejor guiño de todos.

Sin palabras.

Sin aspavientos.

Sin batuta.




lunes, 1 de agosto de 2016

Miriam

Miriam era rubia y hermosa. No era hermosa por ser rubia, sino por ser hermosa.

Tenía los ojos de mar y, en la oscuridad, de tormenta.

Poseía un rostro delicado, violado por una pecas juguetonas. Su expresión era tan tierna como la mirada de un cachorro. Y su propia mirada tan profunda como la pena del desamor.

A veces, su faz se quebraba con su sonrisa, y entonces el sol se eclipsaba con su luz.

Su voz… ¿cómo describirla?, ¿el trino del más bello de los pájaros?, ¿la brisa acariciando las hojas de un carballo? O las notas afinadas del arpa de Milladoiro.

Sólo la pude contemplar una vez enfadada. Y el trino se convirtió en océano batiendo contra las rocas, en el cuarto movimiento de la Coral de Ludwig Van, en el crepitar de una hoguera en la plenitud de una noche de invierno.

Miriam era mujer, porque se vistió el traje que mejor le sentaba. Y paseaba por la vida con la gracia de quien lo hace por el gran salón de un palacio. Con la elegancia de saberse diosa.

Miriam brillaba como un diamante pasado por la lupa, como la cicatriz que rompe el cielo con el paso de un temporal.

Era la caricia de una madre y la risa de un bebé.

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Yo era moreno y simplón. No era para pegarme con un calcetín sudado, pero casi.

Tenía los ojos de miel y legaña, pero me servían para observar el mundo. Entonces apareció ella, y el mundo dejó de existir.

Mi rostro era difícil, mi escultor se pasó de largo con el cincel en algunas zonas. En otras se quedó corto.

Y en el resto, improvisó.

Pero nadie me tiraba mondas por la calle. Gracias, tolerancia.

Mi sonrisa era torcida como otras partes de mi fisonomía, y la calzaba por la derecha. Yo no tenía la culpa, los pliegues de mi rostro conformaban mi alegría en una suerte de mueca grotesca.

Yo era callado. Aprovechaba los catarros para emitir la voz de hombre (no la de pito). En esos días no paraba de hablar.

Luego, silencio.

Yo lo sabía, si hablaba me salía un cacareo, como un príncipe que no deja de ser sapo.

Yo era hombre. Un hombre raro: no me gustaba el fútbol ni hablaba mal de las mujeres; pagaba mis multas y no me iba de putas. Todo esto puede parecer positivo, y ciertamente, para ser estiércol removido con un palo, no está mal.

Pero Miriam sólo se podría fijar en mí si observaba la taza después de ejercer. Aunque siempre se encontraba un ramillete.

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La conocí como era, me conoció como fui, como soy. Un colibrí contemplando a un gusano.


Cuando desperté, Miriam murió.