sábado, 29 de octubre de 2016

Escocía - II

Nací en los inicios de un equinoccio, dicen. Yo creo que nací en primavera, el día de San Filemón. Y me pusieron una prenda hermosa de cuadros escoceses que me abrigó durante años, y que me daba la impresión de que iba perdiendo hilitos porque cada vez yo tenía más frío. Años después supe que era porque yo crecía y la prenda no. Creo que ese día, con diez primaveras, me percaté de lo astuto que soy. Y me percaté de que la pérdida de hilitos no tenía por qué estar directamente relacionada con el creciente olor de mi prenda.

Nunca supe, ni me atreví a preguntar, si debajo de la falda se llevaba calzoncillo o braga. O no se llevaba nada. Reconozco que los diez primeros años no llevé nada. Era un gustazo agacharse y hacer las necesidades. Yo me agachaba para comer, para dormir, para beber y para respirar. Y ahora que lo pienso… también para defecar, que no es que sea necesario, pero te deja como nuevo y te quita el mal aliento, porque pienso que, si no ejerciésemos ese placer, por algún sitio tendría que haber pérdidas. Y no, ¡eso sí que no! Seré escocés, pero pulcro como un Clydesdale.

Un día en la campiña me encontré una prenda con tres agujeros. Uno grande y dos pequeños. Introduje mis piernas en ella y mi intuición me dijo que aquella prenda de encaje (vamos, a mí me encajaba de puta madre) era un gayumbo. Supe enseguida cómo se ponía, y utilicé para ello mi razonamiento lógico, porque no traía libreto de instrucciones, como el montaje de mi choza (en que las instrucciones rezan: la paja arriba, la piedra abajo). Mi astucia dedujo algo que a todos vosotros os parecerá de lo más normal del mundo: lo amarillo por delante y lo marrón por detrás. Así lo hice cuando me la encontré. Así hasta hoy. Lo curioso del tema es que, a diferencia de otras prendas, la mía es de buena calidad, ya que, en vez de perder color, lo gana.

¿Los pros desde que me encontrase esta prenda? Nunca más he sentido el agudo dolor, casi ácido, de clavarme el imperdible oxidado de la falda en mis partes. Por cierto, el nombre de imperdible no sé de dónde viene. Cada seis lo extraviaba. Era otra mentira. Una más.  Además, dejé de tener ese irritante dolor producido por el contacto que ejercía el badajo tocando las campanillas. Siempre recordaré ese sonido que me martirizaba sobre todo cuando corría detrás de las ovejas y que no era ni tilín-tilín ni tolón-tolón. Era un chac-chac tridoloroso.

Además, desapareció ese frío de pelotas que me entraba por la entrepierna y llenaba de escalofríos mi minúsculo pero férreo escroto rosa.

Sin embargo, tenía en contra el no poder tocar la gaita con la agilidad con que lo hacía en otros tiempos. Entonces tomé la decisión de tocar el órgano del reverendo McLaren, al que llamábamos todos padre. Años más tarde nos dimos cuenta de que, efectivamente, era el padre de medio pueblo y caímos en la cuenta de por qué tantas mujeres eran tan virtuosas con el órgano de McLaren. Y por qué sus maridos siempre estaban sonrientes y colorados.

Quien más se parecía al padre McLaren era aquel chico menudo que no paraba de correr desde que salía el sol hasta que se ponía. Era el hijo de la limpiadora del Palacio de la Ópera del pueblo. Como no teníamos Palacio de la Ópera en el pueblo, la pobre mujer estaba siempre en el paro y le ayudábamos como podíamos a subsistir. De hecho, cada vez que yo me la cruzaba, le decía sin cortarme y con toda mi solidaridad:

—¡Mucho ánimo! —y le sonreía.

Ella, que estaba en los huesos, me daba las gracias. Bueno, a mí y a todo el pueblo. Por cierto, ¿quién ha dicho que no se puede vivir del aire? Estoy seguro de que ella no podría vivir sin él. Por eso la alentaba.

Años más tarde, la buena mujer se echó un novio al que le encantaban las mujeres delgaditas: el campechano McDonalds, con su pequeña tienda de carne triturada que le llenaba de orgullo y satisfacción. Creo que finalmente abrió algún que otro negocio por aquí y por allá. Por desgracia, la relación de esta pareja duró poquito. Ella triplicó su volumen y él se buscó a la nueva limpiadora del Palacio de la Ópera.

Creo que a McDonalds no le fue mal del todo, aunque el que más brilló entre todos los habitantes del pueblo por su inteligencia fue el quinto hijo de McShhh, un hombre muy silencioso y ensimismado. El pobre no era muy original con el nombre de sus hijos. Que McPrimerosh, que McSegundosh y así hasta McIntosh, su hijo más brillante, gran comedor de manzanas.




viernes, 28 de octubre de 2016

Escocía - I

Uno de mis enormes defectos es no querer preguntar mis dudas. Alguien dijo que es bueno preguntar siempre, que no existen las preguntas estúpidas. Pero claro, esas cosas las dicen los eruditos y dudo que todos los que se han reído de mí a lo largo de mi vida conozcan esas sentencias tan universales y tan citadas entre la intelectualidad imperante en el reino de blogger y otros territorios adyacentes.

En mi aldea de los Highlands (Villaarriba en español), mi familia era pobre. Mi padre era un gran hombre pelirrojo y miserable, pero valiente como pocos. Reunió a los miembros de su clan, los McCarra de toda la vida, y acabaron con los temidos O’Halá, mientras estos oraban a sus dioses para que saliera el sol, porque se estaban quedando blancos y sin pecas.

De esta manera, consiguieron dar fin a una lucha secular, y finalizar con lo que denominaban castas. Aquel día, mi padre se cortó la coleta y empezó a ganar mucho dinero. Alguien dijo que había pasado a formar parte de la casta, pero se trataba de una mente turbia de la familia de los O’Paco. Nadie le prestó atención.

Con todo aquel dinero, popó se dedicó a forjar amistad con Juanito el Caminante (os lo digo en español, en inglés es Johnnie Walker) y con la cebada y con la juerga, y nosotros once, sus vástagos, fuimos muriendo uno a uno. Perdón, yo estoy vivo… es curioso tener que pedir perdón por vivir.

En fin.

Cuando Patrick la cascó, fue la gota que colmó el vaso. En el caso de mi padre no era un vaso, era la vigésima jarra (o, como diría un periodista moderno, la veinteava). Pero fue positivo que Patrick muriese por dos razones: la primera, porque mi padre decidió buscarse las castañas para alimentarnos. Y la segunda, porque Patrick era un mamón.

Lo malo de que mi padre tuviese que buscarse las castañas es que en cincuenta kilómetros a la redonda no había un triste castaño, así que el ilustre McCarra nos abandonó.

No lloréis. Volvió. Y trajo consigo un trozo de la cola de Nessie, que era un monstruo (vaya… al menos se rumoreaba que era muy feo…) de un lago cuyo nombre ahora mismo no recuerdo. Aquel día fue excepcional, llevábamos tres meses comiendo hierba y momó nos hizo carne al McCarrón, que era una receta familiar que compartiré con vosotros a grandes rasgos: carne y pasta agujereada.

No pretendo extenderme más con la introducción. Todo esto os lo he explicado porque quiero que conozcáis mis miedos ante una persona como mi padre. Era tal su genio que antes de preguntar nada me mordía la lengua, de ahí mis enormes problemas con el fonema “R”.

No sé qué idea habréis extraído de tan singular persona. Pero espero que no cambie mucho cuando os diga que llevaba falda.

Sí, una falda escocesa. Que sí, que ya sé que hay más de uno que puede decir que es un kilt, porque lo aprendió en un programa de la tele, vale, pues aceptamos pulpo (que estamos hasta el culo de hierba). En casa lo llamábamos falda, ¿vale? Bueno… también lo llamábamos pantalón, como los ingleses, que lo llamaban trouser.


Pero en cristiano.




jueves, 20 de octubre de 2016

Vicente

Vicente era un chaval de corta estatura y muy dicharachero. Lo conocí en el cole, y se rumoreaba que había repetido curso al menos dos veces. No es tanto, yo lo hice tres… pero en aquella época Vicente estaba en parvulitos, que eran como los párvulos pero en modo niño pequeño.

A mí me resultaba gracioso, y lo admiraba porque no se arredraba ante nadie. Si venía el típico abusón, él le plantaba cara, fruncía su ceño y soltaba la metralleta en forma de palabras. He visto a más de uno arquear las cejas de la sorpresa. Yo, sin embargo, era un niño normal en el sentido en que no destacaba en nada en positivo o negativo. La vida finalmente me ha hecho destacar en cosas que regalaría. Pero si me venía un tipo más fuerte que yo, sabía que mi lugar estaba sentado en una taza. También eso cambió. Pero hablemos de Vicente.

Vicente creció retorcido como un árbol embestido por el viento del litoral. Su espalda se iba doblando cuanto más se desarrollaba. La última vez que lo vi, hace un par de semanas, me dijo que llevaba veinticinco operaciones. Quizá más, no lo recuerdo bien. O no lo recuerda él. Sé que ha estado en distintas provincias y con los “mejores” fontaneros de cuerpo, de ésos que tienen mala caligrafía.

Pero no adelantemos acontecimientos.

Vicente repitió un curso más, y quedó por detrás del mío. En el colegio se lo permitieron, no sé si por sus circunstancias particulares o porque era de una familia de mucho dinero y era un colegio de mucho dinero. La palabra mágica hace milagros.

Los niños de su clase fueron creciendo y a su vez crecía su prepotencia. Y Vicente seguía defendiéndose con la palabra. Pero llegaban las collejas y los insultos. Él se me quejaba, porque compartíamos la misma parada de bus, pero lo único que yo le podía prometer era que ante mí nadie le haría nada. Yo en secreto lo seguía admirando, con esa extraña fascinación que te marca cuando eres un niño y sientes que algo le has tenido que ver a una persona para que te haya impactado. Quizá es que mientras mi sitio estaba en una taza, yo quería ser como él.

Tuve que dejar ese colegio cuando la vida pasó del amarillo baldosa al marrón cieno y tardé tres o cuatro años en volver a ver a Vicente.

Fue en la entrada de una discoteca, o quizá en la salida, porque la puerta era la misma. Él observaba a sus compañeros de clase ligándose a las chicas. Estaban todos en grupo, entre risas. Vicente se hallaba apoyado en un coche, con un cubata en la mano y fumando un cigarrillo. Seguramente con dolores, creo que han hecho de él un hombre de metal.

Me vio, sonrió, y se acercó a mí cojeando con sus andares característicos. Noté que su cerebro ya no razonaba demasiado. Y no era el alcohol.

—Eh, ¡cuánto tiempo!, ¿cómo te va, Jorgiño? —en aquella época yo me llamaba Jorge.

—¡Coño, Vicente! —exclamé como se hacía en aquella época. Sí, sé que es un saludo machista, pero aún me salen a veces cuando me sorprendo. Esto es, una vez cada dos años, más o menos.

Aquel día lo tuve que defender. Dejémoslo ahí. Pertenecía a mi infancia y eso ya era un grado. Otro, no menos importante, es que era el único de aquel colegio de mamarrachos que mantenía el saludo con un pobre.

Desde aquel día hasta hoy me lo puedo tropezar unas tres o cuatro veces al año, cuando bajo al centro de mi ciudad, que es por donde pasea. Algún día nos hemos tomado un café (siempre invito yo, y me encanta hacerlo). Me jode sentarme con él a charlar y que esté ausente. No se sabe relacionar porque a base de palos lo han dejado solo. Siempre está solo.

Sí. Siempre está solo. Acompañado de la soledad más punzante, la no elegida.

Solo.

Y lo está aunque estén de moda la solidaridad y la tolerancia. Pero no me voy a calentar.

Cuando lo veo a lo lejos, sólo lo distingo por su cojera. Cuando lo tengo cerca, por el aliento a alcohol. Su rostro sigue siendo el mismo de aquel niño que no creció, que sólo se encorvó hasta que lo enderezaron con hierros en la espina. En su mirada está escrito el dolor.

Sé lo que me va a decir cuando se acerca a mí:

—¿Me das tres cigarros?

A mí no me pide uno, como al resto de la gente. Conmigo se abre hasta esa cantidad. Eso para mí es importante, aunque parezca una tontería.

Lo respeto.

Veo una dignidad que otros no han sabido o no han querido adivinar, porque lo más fácil es ver a un tipo cojo, un personaje extraño que hacía mucha gracia cuando sufría sordamente.

Veo en Vicente un sufrimiento de cuero duro, una indolencia a fuerza de costumbre. Una vida de mierda. Y vuelvo a ver que en su ceño está escrito el dolor físico. 

Y en su mirada, el que más duele.







(Te lo debo, N, aunque nunca lo leas)

miércoles, 19 de octubre de 2016

Libertad

Un día iba yo tan tranquilo por la calle, escuchando a los Cicatriz que escupían al alcalde, al ministro y a la brigada de estupefacientes, cuando de repente me encontré con una chica preciosa.

—¡Hola!

—¡Hola!, ¿quién eres?

—Me llamo Andrés, pero todo el mundo me dice Guillermo. ¿Y tú?

—Yo soy la libertad.

—Jostió.

—Sí.

—¿Y qué significas?

—Que puedo hacer toooooooooodo lo que quiera.

—¿Con todas esas os?

—Bueno, me has pillado, he puesto una de más. Pero soy libre.

—Te quiero conocer, me molas.

—Bien, conozcámonos. ¿Eres libre?

—Sólo en lo que de mí depende.

—¿Qué significa eso para ti?

—Me obligan a tener un DNI, empadronarme, y en sus tiempos tuve que hacer la mili, sacarme el carnet de conducir, vacunarme, afiliarme a la seguridad social, trabajar con un banco... Hubo un trabajo en el que, aunque la ley excuse de afiliarse a un sindicato, me obligaron so pena de quedarme sin él.

—¿Y a eso lo llamas libertad?

—Sí.

—Qué extraños sois los humanos.

—Bueno, yo soy humano clase b. Los de la clase A se libran de la mayoría de las cosas. Tienen dinero y eso.

—Eso no es libertad.

—Ya te he especificado que sólo puedo ser libre en aquello que de mí depende.

—¿Esto es…?

—Tomo mis decisiones.

—Todo el mundo dice que las toma.

—Todo el mundo es bueno.

—“Tuché”.

—No, yo gallego.

—¿Eres bueno?

—No.

—Te empiezo a creer. Cuando tomas decisiones, ¿tu libertad coarta la de los demás?

—Es el único límite que me pongo. No lo traspaso nunca.

—Entiendo.

—¿Sí?

—Tengo libertad para entenderlo.

—También la tienes para no entenderlo.

—Ejem… vale… ahí me has pillado de nuevo.

—Entonces… ¿he pillado la libertad?

—No flipes.

—¿Me dejas que te salude otro día?

—Sí, claro, eres libre de hacerlo.

—Sí :-). ¿Te puedo saludar todos los días?

—No te pases, quiero ser libre de ir a mi bola sin que me saluden a diario.

—Ahá… voy entendiendo… dime por último (sólo si quieres, claro) ¿cómo te defines?

—Pues lo dicho, que puedo hacer tooooooooodo lo que quiera.

—Ahora no te sobra ninguna o. Pero al grano: he sacado dos conclusiones. La primera y más importante: desde el momento en que te ciñes a una definición dejas de ser libre, máxime cuando tu definición puede estar en boca de cualquiera. La segunda se me ha olvidado.

—Bueno, pues chao.

—Sí, ciao.


Seguí mi camino escuchando a los Cica. Hoy en día no serían libres para expresar sus cantos. Yo soy libre de escucharlos porque tengo todas sus canciones. No obstante, la libertad depende de la época, la interpretación que de ella se haga, la definición subjetiva, las circunstancias y lo que se nos antoje que sea a cada uno en particular. Demasiadas cadenas para una libertad. Sobre todo si cada uno define la suya.


Y acota las de los demás.





domingo, 16 de octubre de 2016

Entrada en varios tiempos - II

En la anterior entrada os hablaba de un pueblo de mi tierra cuyo nombre no quise dar, porque no tengo nada en particular contra él. Es un pueblo costero propio de un concepto general de la destrucción de mi tierra. Hay algunos algo más bonitos y otros algo menos, pero repito: esto es lo general en el norte y en el sur, en el este y en el oeste de este territorio que me toca atacar y por lo tanto defender.

Cuando he colgado la anterior entrada, las opiniones que han aparecido son las que más o menos me esperaba, han sido positivas porque lo que he mostrado son imágenes seleccionadas, que es lo que hacen los vendedores de humo que seleccionan la parte más hermosa cuando quieren engañar a alguien. Vayamos a darnos un paseo por la realidad.

Este pueblo en concreto tiene fama de bonito. De verdad. Creedme que lo fue, ya que debido a su orografía conformaba una península a los lados de la cual hay, por el este un puerto y por el oeste una playa. Es muy parecido a la segunda ciudad de mi tierra, Coruña, sólo que en una escala muy reducida.

Yayone, ven conmigo, te voy a mostrar el pueblo, serás tú la que me digas si, una vez visitado, te ha merecido la pena.

Carmen, subamos al mirador y luego te mostraré la playa.

Noelplebeyo, hay un bar, vamos, te invitaré a lo que quieras. No te pongas ciego que quiero que veas esto.

María, de noche huele más a océano, claro, y además se ve todo con menos nitidez, y se escucha el mar. ¿Quién ha dicho que los gallegos no estamos rodeados de una naturaleza que seguirá ahí aunque la maltratemos?

Alejandra, te digo lo mismo que a Yayone. Ven conmigo.

¿Me dais la mano una por una? Noelplebeyo, tú y yo podemos charlar mientras paseamos, simplemente, me es grata una conversación cuando existe y tiene sustancia. No me des la mano, por favor.

Mirad la costa, ¿no es preciosa? Los aparejos de pesca, las gaviotas y los bonitos acantilados. ¿A quién no le gusta el mar?






¿Veis las vallas de seguridad del dique? Os podéis imaginar el tamaño de las personas contemplando esas vallas. En los grandes temporales, aunque no os lo creáis, las olas superan con mucho la altura del dique. Es espectacular la fuerza de la naturaleza, sobre todo porque nos pone en nuestro sitio.




El puerto es lo más bonito del pueblo para mi gusto (que es tan distinto al de mis paisanos). Está descuidado, claro, pero en verano los chavales se tiran a un mar que está limpio por la regeneración constante del agua. Y los pesqueros, ahí apacibles, dan la impresión de que sólo figuran para ser retratados en una foto.

Subamos hacia el mirador, os gustará contemplar el mar. Vale, no me miréis con esa cara, por este lado está este trozo de pueblo...


Y por este otro, éste...


Sí, lo sé, un poco desordenado, cada edificio es de su padre y de su madre, muchos de ellos no están acabados, cada uno tiene distintas alturas y sus laterales consisten en cemento. Bueno, esto es Galicia, yo no me la invento. Pero hay mucha gente de aquí que me llama cosas.

Sigamos subiendo al mirador, no miréis más que al mar... ¡es tan bonito el océano Atlántico!


¡Que miréis al mar, cojones!


Así me gusta, :-). ¿A dónde miráis ahora con el gesto torcido?


Sí, bueno, podría ser bonito el acantilado del mirador si no tuviera miles de desperdicios, es cierto...

¿Que estáis cansados? Que no se diga que aquí no estamos preparados, mirad, ahí tenéis un banco, en el propio mirador, al lado del contenedor de basura, delante de esas casas hermosas y de esa uralita y tras esa maceta regada y cuidada con lindas flores multicolores.


Paseemos un poco por el cogollo del pueblo. ¿Por qué esas caras?, ¿quién os ha vendido qué? A mí no me miréis así, yo siempre describo lo que percibo, lo sabéis, me habéis leído en la mierda ésa que llamo blog. Cierto que leéis a otras personas orgullosas de su tierra. No es menos cierto que yo ya os lo avisé. Llevo años realizando excursiones, y describiéndolo. Tengo documentos gráficos y denuncias de sitios que muchas personas de aquí ensalzan por el simple hecho de que este sitio tiene el título de que esas mismas personas son de aquí. Y no es menos cierto que puedes pasarlo de puta madre en una buena terraza de una cafetería cara, o llegar al puerto en yate. Y quedarte con tu buen momento. Pero una cosa no quita la otra.

Venga, no me deis el rollo. ¡A pasear!

Creo que a las personas en general les gustan los callejones estrechos. Supongo que estaréis encantados. Sí, cierto que no hay una uniformidad ni en alturas, ni en materiales. Cierto que no hay canalones y que los cables están por el aire. Cierto que ni se gastan la pasta en pintura, cierto que no hay árboles por ningún lado. Tranquilos, luego veremos los siete árboles del paseo marítimo.







(Cambiemos de tema). ¡Mirad, mirad las islas!, ¡y el mar!






¿No os gusta?, ¿cómo??????, ¿coincidimos????? Vale, vale, a mí también me gusta el mar...




Sigamos con el paseo, nos estamos acercando a la playa, hemos dado la vuelta a la península. Desde aquí podéis ver los nuevos edificios y la grúa que levanta otro.


Precioso, ¿a que sí?

Digo el mar...


Lo bueno que tenemos en nuestras playas, es que hay zonas de sol y de sombra. En la mayoría de ellas tenemos árboles que nos dan la vida en verano. En este pueblo, nos va bien con la sombra de los edificios, no tenemos los problemas del sur de España donde la gente madruga para reservar con su sombrilla.


Recorramos el paseo marítimo.



¿Veis esa casa antigua con galería ahí al fondo, en la siguiente imagen? Antes todas las casas eran así. En muchos otros sitios conservan lo suyo, básicamente porque es SUYO. Aquí se derriba para construir lo que estáis viendo.


Por si echabais de menos alguna zona verde o árbol, aquí tenéis siete, no os quejéis. Por una razón que desconozco, en la mayoría de ciudades y  pueblos de Galicia no permiten que los árboles crezcan. En muchos lugares utilizan la poda del desmochado, dejando a los árboles con un único muñón. Los habitantes de este pueblo no parecen demasiado orgullosos, si os fijáis en la bandera que ondea ante el mar. Pero sólo son apariencias, ya que si les preguntáis por su pueblo dirán que es el más bonito del mundo.


Yo no comprendo aquel edificio al final de la playa, en la cima de la península, ¿vosotros, sí? Vale... en realidad no comprendo ninguno :-(


Han construido también zonas nuevas, para parecerse a una ciudad (a un barrio de una ciudad). ¿Alguien ha aprendido algo?, ¿algo ha cambiado?, ¿algo cambiará? Mirad la calle: sin un triste árbol, con los cables por el aire y con un lateral del edificio desnudo (eso es muy gallego), ofreciendo esa imagen al océano.



¿Seguimos paseando? Desde estos pequeños acantilados se ve el pueblo.


Joder, ¡que no miréis abajo!


Sí, sí, ya nos vamos al coche, tranquilos. Os llevaré a una aldea que poca gente conoce. Creo que os gustará. Nunca le hablo a nadie de estos sitios, los destrozarían como han hecho con As Catedráis y con tantos otros sitios.

Sí, aquellos árboles que se ven en el monte son eucaliptos.


Lo siento... mi intención sólo era enseñaros lo que yo percibo, que es muy distinto a lo que perciben mis paisanos.




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He visitado cientos de pueblos de mi tierra, tengo documentos de todo tipo, y salvo dos fotografías extraídas de internet, el resto son mías. Son la otra cara, la que no vende. La que rompe con el tópico, la que inventa epítetos. La que no te dice que para llegar a este pueblo en particular, hace pocos años se podía recorrer una carretera entre bosques. Desbrozaron los montes e hicieron una vía rápida para llegar a un sitio de 5.000 habitantes que no la necesita, con esa puta manía de asfaltar la naturaleza que tenemos los gallegos. Entonces se levantaron gasolineras y algún polígono industrial, porque en mi tierra apenas hay industria pero polígonos los tienes a patadas. 

Tengo cierta fama, entre la gente que conozco, de mirar la parte mala de las cosas. Yo siempre digo que la buena no me afecta en negativo. Mi opinión respecto a este pueblo es que su parte buena es el mar, el paisaje en general, las islas con su faro, los acantilados. Vamos, lo que retrata la gente. Es cierto que puedes llegar al pueblo, hacer fotos y tomar algo en una cafetería. ¿Es entonces presentable? Para mí, no. Y lo demuestro. A partir de ahí que cada cual extraiga sus conclusiones. Yo he viajado bastante y sé distinguir no ya lo bonito (que es subjetivo), sino lo cuidado.

Cuando veo lo que os acabo de mostrar, estoy contemplando no sólo gris, no solo improvisación, sino la desidia más absoluta, la dejadez en todo su apogeo. Y aunque la razón me diga que no es así, yo siempre me pregunto: ¿si quisieran hacerlo peor, lo habrían conseguido?

Esta entrada será borrada como tantas otras. Me leéis pocas personas, como tiene que ser, y eso me da libertad. Si me leyesen muchas yo no podría escribirla, me expondría a que el alcalde del pueblo me denunciase en representación de todos los vecinos. Y yo me pregunto a quién habría que denunciar realmente. 

Podéis venir cuando queráis, no necesitáis mi permiso. Podéis ir a As Catedráis, a Fisterra, a Vijo, a Curuña. No digáis que no os lo advertí.

En fin, siempre nos quedará Santiajo.



viernes, 14 de octubre de 2016

Entrada en varios tiempos

Os voy a mostrar un pueblo de mi tierra. Si alguien lo conoce, por favor, que no lo nombre.


La primera es una imagen de principios del siglo pasado:


A continuación otra imagen del mismo pueblo. Pongamos que de los años setenta.



Unas imágenes más recientes: el puerto, de noche.




Vayamos a la playa hoy en día con la imagen espectacular de las islas frente a ella.




¿Os gusta?



miércoles, 12 de octubre de 2016

Cita a ciegas - V Final

Tuve que volver de la entrevista a la mesa echando humo. Alguien me recriminó que fumase en un establecimiento público, y solté un bufido. Pero tenía razón ese tipo que, tras decírmelo, escupió al suelo. :-(

—¿Qué?, ¿ya no quedan caballeros?

—¿Ein?

—No has separado las sillas para que me siente.

Llegó una camarera pequeñita.

—Perdón, CABALLERO, ¿quiere una copa de vino?

—¡Je! No, gracias, no bebo alcohol. Pero me puedes llamar de tú.

—Vale, Detú. ¿Dama?

—Lleno hasta arriba, jojojo.

—Sí que te gusta beber.

—El alcohol cura. ¿Te gustan los toros?

—¡Me encantan!

—¡Oh, a mí también!

—Lástima que los torturen.

— :-(  GRRR  ¿Y verbenas?

—Sí, todos los días me las veo, y cuando hago ejercicio se me hinchan un montón. También cuando me cabreo, pero sólo las del cuello, creo.

—Yo no me las puedo ver. Pero soy deportista, ¿eh? No te creas.

—Te tomo la palabra: no te creo. ¿Qué deporte haces?

—A veces cojo la bicicleta y me voy hasta la peluquería. Como mínimo un par de veces por semana.

—¿A cuánto está tu trabajo de tu casa?

—Eso es lo de menos.

—¿A qué le llamas “lo de menos”?

—A unos doscientos metros, pero voy y vuelvo, ¿eh?

—De todas maneras, yo sí te he visto algunas venas.

—Venga ya, jajaja. ¿Dónde?

—Pues verás, tienes una carrera en la media, más o menos de la longitud que hay entre tu casa y tu trabajo. Ahí tienes unas buenas tuberías…

—¡La rehostia!, ¡se me ha corrido la media, cagüen!

—Eres muy fina.

—Soy VOLUPTUOSA, hostia, que ya me estás tocando los cojones.

—Ugh, lo que faltaba, ahora resulta que mea de pie. Disculpa, voy al baño.

Me erguí, esto es, me puse de pie, pues de cualquier otra manera no me podría erguir, y enfilé el camino del servicio, entre cámaras que me perseguían.

A la vuelta, Yasmín ya estaba sentada en las dos sillas y la vi moviéndose como hacen esas chicas que se están arreglando, coquetas. Se ajustó lo que mi prejuicio me hizo pensar que era un tanga (la rehostia) y se atusó el pelo.

No. ¡No era el pelo!

En el momento de sentarme vi cómo extraía su dedo meñique de un orificio lateral con un trocito de cera y, de asco, comencé a toser y a estornudar. No lo hice en inglés porque ninguna serie americana había puesto de moda su famoso “atishó”, sino que fue en perfecto gallego: “atchín” (os juro que en gallego normativo se estornuda así; es más, desde que lo sé, le añado una ene y le quito la ridícula ese con la que estornudé tantos años).

Noté que me subía un tropezón con la arcada. Al llegar a la campanilla hizo “tolón”, se coló entre los dientes y lo mastiqué, amargo como estaba. Tenía un ligero sabor al primer plato, es decir, a barro cocido.

Yasmín no me tragaba (tampoco le dejé que me diese un mordisco, claro), pero su gran humanidad se acercó a ver qué me pasaba, y a mi olfato llegó un perfume tan empalagoso que la mezcla de almíbar, frutas del bosque y azúcar caramelizado podrían compararse con una cazuela de percebes. Total, que me sofoqué más y me dio un vahído por primera vez en mi vida. Ahora mismo tengo los pelos de gallináceo recordándolo.

Por unos segundos no sé qué ocurrió, aunque luego Carlos me contó que Yasmín apartó a todos a codazos de allí para que entrase aire en mis pulmones y se me puso a hacer el boca a boca (es esa maniobra que emplean las personas que te hablan de una novela desconocida y que acaba leyendo tanta gente —y que además se contagia la gripe y en muchos casos acaba en cochinadas—). Al parecer, su exnovio, el Samu, había sido socorrista en las piscinas municipales de un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme.

Cuando me desperté, Carlos estaba desesperado, que oh Dios mío, que oh Dios mío. Yasmín se había ido aplaudida por los comensales y los comenazúcares allí presentes. Más bien aplaudieron que se fuera. No hubo entrevista posterior, así que no sé de qué manera lo van a editar para retransmitirlo.

Me dieron varios tipos de licores y noté que el aliento de Yasmín se iba poco a poco diluyendo de mi boca, de mis pulmones, de mi sangre y de mi pelo erizado. Carlos se acercó hacia mí:

—Hemos pensado en darte una nueva oportunidad para encontrar el amor de tu vida. La realización me pide que te insista para que no nos denuncies.

—Carliños, ¿dónde está ahora tu ironía?

—Espera. —Se metió la mano en el bolsillo y me la mostró abierta y vacía—. Aquí.

—Dos puntos, chico. Te mereces mi sonrisa. Toma: :-)

—¿No nos denunciarás?

—No, pero me recuerdas a Rossi, el de Mentes Criminales. No te recordaba con perilla.

—Vale, gracias. ¿Volverás?

—Burp.