viernes, 25 de noviembre de 2016

La otra verdad sobre el bosque animado

Si queréis entender esta entrada (no si me visitáis y quedáis bien), tenéis que ver el vídeo que aparece en el siguiente enlace, y que dura menos de dos minutos:


Podría haceros la jugada de otra entrada, en la que os enseñé unas fotos idílicas y luego os mostré la cruda realidad. Bien, aquí voy a hacer lo mismo. Fijaos lo que nos venden y lo que es real. Si habéis visto el vídeo, habréis comprobado cómo os relataban en seda un paisaje idílico donde seleccionan las imágenes y las acompañan de la música de mi tierra (de lo poco que nos queda, pero ya excluida de la mayoría de eventos culturales y tradicionales en los que por desgracia se escucha el reggaetón).

La famosa fraga de Cecebre es un área que hace bastantes años consistía en un bosque bastante extenso y donde se desarrollaba la novela de Wenceslao Fdez. Flórez “El bosque animado”. Hace unos años, José Luis Cuerda rodó una película sobre esta novela y, ante la imposibilidad de utilizar los exteriores naturales de una zona ya deteriorada como el propio Cecebre, tuvo que buscar algún rincón de Galicia, lo más cercano posible, no invadido por los eucaliptos, después de haber recorrido 2.000 kilómetros por tierras gallegas. Aquí mismo veréis la noticia, del año 1987 en la que, además (para los que me llamáis exagerado y catastrofista) explican que las últimas escenas se rodaron en ¡Extremadura!


Desde entonces han pasado treinta años. Siempre se me escapaba el por qué las personas de aquí, cuando les preguntan qué sitios bonitos hay en Galicia te hablan de Finisterre, de las fragas del Eume, de las de Cecebre, de As Catedráis y de diez sitios más, siempre los mismos.  Y ya he llegado a la conclusión del por qué: 1) necesitamos / necesitan algún sitio donde aferrarse; 2) ¡se las creen!; y 3) o no han visitado esos sitios o han ido y no se han percatado porque no tienen claras las líneas de la ética y de la estética.

¿Qué ha pasado durante estos últimos treinta años en el bosque de Cecebre?

Por un lado, lo linda una gasolinera; por otro, terrenos y cultivos; por otro, una autopista y varias urbanizaciones. Como siempre hay una excusa para maltratar lo nuestro, aceptemos que es parte de la “evolución” o de los “adelantos”. No entra en esa excusa el hecho de que hace un lustro talasen decenas de carballos centenarios. Pero vale. ¿Vale?

Alguien que se conoce bien la zona y que ha paseado por ella cabreándose, llamémosle Sibemol, desmontará el vídeo y todas las mentiras que se dicen en él.

Comencemos:

“San Salvador de Cecebre es una parroquia de Galicia rugosa, frondosa y amena". Entre todas las mentiras se comenta alguna verdad. Es verdad que es una parroquia de Galicia. Su rugosidad entra en el terreno de la metáfora, tanto como su amenidad. Podría ser más ameno, por ejemplo, un parque de cualquier ciudad.

"Para representar gráficamente su suelo, bastaría entrecruzar los dedos de ambas manos, que así se entrecruzan sus montes, todos verdes y de pendientes suaves". Alguien como yo, que ha estado por allí unas cuantas veces, sabemos que bajo el follaje del otoño hay un sinnúmero de vertidos y basuras. He extraído cientos de kilos de basura. Plásticos y latas que se deshacían entre mis dedos entrecruzados debido a la erosión de tantos años. Bombillas, botellas de lejía, ruedas y todo lo que os podáis imaginar y algunos de ellos con algunos colores que todavía no tienen nombre.

"La fraga (bosque) es un ser hecho de muchos seres. No hay que hacer otra cosa que mirar y escuchar. Entonces se comprende que existe otra alma allí. Infinitas almas. Que está animado el bosque entero". No me parece demasiado especial, porque en el terreno de un colega, a quince minutos de mi ciudad hay ratones, ardillas, petirrojos, ranas, lagartos, lagartijas, culebras, alguna víbora, le ha entrado un zorro, le visitan gatos, perros, patos, hay mosquitos, arañas, caracoles, babosas, hormigas, salamandras y cuando voy yo, capullos. Y un largo etcétera. De hecho, al sitio que tratamos, la fraga de Cecebre, han entrado inmigrantes que están acabando con la fauna autóctona. Me refiero, entre otros a los plumachos, eucaliptos, tortugas y avispas velutinas.

"El río, como un ser humano, tiene rostro y entrañas y sería locura enjuiciar éstas por la apariencia de aquél". Es cierto que el río tiene rostro. Cuando mi imagen se refleja pienso que el río se parece a mí. Respecto a sus entrañas, las conozco bien, porque no sólo he extraído de él algunos ladrillos enteros, sino otros troceados que costaba un poquito más. También había en sus entrañas uralita, cables y plásticos y todo lo que he nombrado en el anterior párrafo. Así que mejor no juzgar al río por mi careto, sino por su excremento. El río también tiene ramas y troncos, y su falta de limpieza provoca que cada año haya decenas de inundaciones en los terrenos particulares adyacentes.

"Desfilan sus aguas entre una doble guardia de abedules, de álamos, de mimbreras que en el invierno están firmes como soldados". Efectivamente, el río tiene agua. También árboles en sus márgenes. No os penséis que hablamos de miles de abedules y álamos, son apenas unas decenas. Y sí, están firmes en invierno y también en verano. Son árboles.

"Se siente resoplar desde muy lejos la máquina que más que arrastrar unos cuantos vagones viejos, viene empujada por ellos en el largo camino en cuesta. Pero es la única ocasión que tiene la máquina de un corto en aquellos parajes para presumir de potencia y estremecer los árboles y las casas con el torbellino de su marcha". Vale, que pasa el tren anticuado por ese trocito de tierra. Las cunetas de la vía del tren y de las carreteras están llenas de basuras. Eso no lo dicen porque nos venden lo que habéis visto en las imágenes. Cuando hablan de casas, se refieren también a chalets y urbanizaciones de adosados, cada una de su padre y de su madre.

"El gato “morriña” (entiendo que será una gata, pero qué más da a estas alturas si ya hay vía libre para decir cualquier cosa) aburrido de la comodidad del pazo donde vive, se fuga para encontrarse con una hermandad de gatos que reniegan de su domesticidad y se proclaman bestias salvajes y cazadoras. Y para demostrar su naturaleza planean un golpe sorprendente". Me he puesto a temblar hasta que he visto que tiene un collar.

Aquella mañana la campana de la iglesia envió sus sonidos al bosque (llegaron acompañados por los de la autopista). Los sones dulcificados atravesaban la fraga ligeros y seguros para llegar inexorablemente a donde debían llegar.

Me jode mucho que engañen así a la gente. Iré desmontando, como he hecho hasta ahora, todos esos sitios que se presuponen hermosos pero que importan una puta mierda (nunca mejor dicho), y que sólo venden por un nombre.

De momento, todos podemos viajar por Google Earth y saber un poco “por encima” qué nos podemos encontrar. Os dejo este enlace para que podáis ver el extensísimo Bosque Animado, tan importante para los gallegos como… todo lo demás.







Si alguien se preocupase por el bosque animado, denunciaría su estado actual, no haría esta gilipollez.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Teshhoro

He frivolizado mucho en el blog con temas de forma que me importan lo justo. Me consta que hay personas que se han sentido aludidas con algunos temas que he tocado, igual que yo me he sentido aludido con otros temas que se han tocado en otros espacios. Es normal, porque todos tenemos nuestros secretos inconfesables, nuestros traumas, nuestros complejos y nuestros puntos débiles.

Curiosamente, y lo agradezco, algunos comentarios discordantes que he recibido han sido sobre temas banales respecto al físico. Que yo pueda enumerar lo que considero virtudes para mi mujer diez, no significa que el resto sean inferiores a nueve con noventa y nueve, aunque las habrá. Y me sigo refiriendo al físico. He hablado de kilos, de tintes, de plásticos, de tatuajes, de pelos, de holguras y de aprietos. He pasado de hablar de edades porque ni quitan ni ponen salvo lo que quita y lo que pone la naturaleza. Pero la naturaleza es una cosa y la persona es otra. Hay mujeres de sesenta mucho más cuidadas que sus nietas de veinte. Igual que hay personas de setenta más cazurras que sus nietos de diez.

Pero no he cometido ningún delito por expresar mis gustos, igual que no lo cometen las mujeres a las que les gustan los morenos, los altos, los tíos con traje que se parecen al de la novela erótica o los que tienen los ojos azules, los cañeros o los dóciles. Es su gusto. Que yo me asemeje o no a ésos es algo en lo que yo no puedo participar, porque yo tengo el traje de piel que me ha regalado la genética, y que ha logrado conquistar a  lo largo de mi vida algunos territorios y otros no. Esta última frase no es una cosificación de la mujer, es una metáfora que puede emplear igualmente una mujer con un hombre.


                                     




Esto en lo que se refiere al físico, que es lo que siempre suele chocar más. Lo químico, lo verdaderamente “de piel”, lo mental es algo que a priori nos une y nos separa más con el resto de personas del mismo sexo o del contrario. Importan mucho los gustos, la desenvoltura gestual, las aficiones, las inquietudes y la manera de ser respecto a la vida. A mayor número de coincidencias, mayor atracción, se supone, aunque haya personas que utilicen esa sincronía con el argumento facilón de “somos demasiado iguales” para dar boleto a una posible pareja porque les gusta menos que un calcetín.

Todo este rollo ha sido un preámbulo para confesaros lo más bonito que me he encontrado en una mujer, y que nada tiene que ver con lo físico o lo psíquico, sino con la esencia antes de corromperse, es la inocencia.

Cuando hablo de inocencia, no me refiero a la ausencia de culpabilidad, sino a la ingenuidad o a la candidez, eso que cada vez les hurtan a los jóvenes a una edad más tierna. Tampoco me refiero al virgo físico, que no deja de ser una característica más de la fisonomía de ese ser tan hermoso sin el cual no tendría sentido ni cauce la vida.

Hay muchas vertientes de inocencia. Haber sobrepasado los cuarenta no excluye la posibilidad de encontrarla de nuevo, me he topado con ella en conversaciones y maneras de ver la vida. La he conocido en mi piel y en piel ajena y os aseguro que vale más que el perfume del mar en un frasco.


Es tan hermosa que ni un tatuaje, ni un tinte, ni un kilogramo la pueden tapar. Gracias a ella he aprendido más de mí. Y hay muchas maneras de quebrarla, la que utilizaron conmigo, follándome hasta las entrañas y la que empleé yo, con amor y respeto. Eso no me hace bueno, no lo soy más que malo, pero ¿sabéis? Me hace especial con esas personas sin cuya inocencia no habría extraído eso que un día bauticé como magia.




domingo, 20 de noviembre de 2016

Sara

Cuando Sara Carbonero comenzó a ser conocida en los medios audiovisuales, mucha gente cargó contra ella. Que se equivocaba, decían, que importaba más su imagen que su profesionalidad. A mí, sin embargo, me parecía que hacía bien su trabajo, era seria y además todos nos equivocamos, incluso sus colegas de profesión que también la criticaban. Pues eso, tenía detractores, anteriormente llamados campesinos o labradores, pero con la llegada de la modernidad y del tractor, cambió su denominación.

Bueno, esto último no es cierto, porque un detractor, según la RAEL, es:

1.Adversario, que se opone a una opinión descalificándola.

2.Maldiciente, que desacredita o difama.

A mí la palabra “detractor” me parece muy hermosa, porque empieza con la letra D de dedo y termina con la R de rueda. Y, ¿cómo siendo tan hermosa puede hablar de descalificaciones y maldiciones, de descréditos y difamaciones?

¡Hay que cambiarla!

Pero ya sabéis que soy conservador, así que no lo haría, porque me gusta utilizar las metáforas sólo en ciertos contextos y porque no me gusta la gente que habla entre humo, para poder clavártela con cualquiera de las interpretaciones que puedas hacer de sus palabras.

¿A qué viene todo esto? Ya lo sabéis. A que Sara Carbonero pide a la RAEL cambiar la definición de madre por ser ”muy bonita y sin embargo parecer aséptica y fría”.

Vamos a ver, nuevos periolistos y modernos… ¿qué es una definición?

1.Acción y efecto de definir.

2.Proposición que expone con claridad y exactitud los caracteres genéricos y diferenciales de algo material o inmaterial.

Yo en principio pensé que la cosa tiraba por el tema tan en auge del feminismo. Eso de comparar a una mujer con un animal. Entonces miré la definición de padre, y me encontré ésta:

1.Varón o animal macho que ha engendrado a otro ser de su misma especie.

Descartada la opción del feminismo mal entendido, sólo me quedaba la siguiente proposición:

“La madre de Sara Carbonero es/ha sido una persona excepcional que la ha llenado de cariño, amor y valores y la ha cuidado y protegido como mandan los cánones de la naturaleza y la humanidad”.

Ojo, esto no implica que su madre no haya sido “una mujer o animal hembra que ha parido a otro de su misma especie”.

Ahora hablemos de la madre de esa chica de León que le pegaba palizas a su hija mientras permitía que cuatro hombres la violasen durante años. O de ésas que abandonan a su hijos en contenedores de basura. O de las decenas de miles que permiten ese sobrepeso de sus hijos que les provocará enfermedades. O de tantas otras. Según Sara Carbonero, eso es bonito porque son madres. Cágate, lorito. Pues chica, a mí no me lo parece. Me cuadra más la definición actual.

Eso es como la definición de periodista:

1.Persona legalmente autorizada para ejercer el periodismo.

¿Ves, Sara? Ahí encajas perfectamente. Si tuviésemos que irnos por las formas y decir, por ejemplo: “persona preparada, con una licenciatura y que transmite aséptica y objetivamente un hecho a través de su herramienta que es principalmente el lenguaje”, ya no serías periodista.

No sigáis cambiando los significados, nos confundís. Ya habéis hecho demasiado daño dándole la vuelta a la “tolerancia” a la “solidaridad” y a la “democracia”. Ya habéis castrado demasiado el lenguaje.

Es como si un matemático me dice: un periodista es lo mismo que medio periodista. Me lo tiene que demostrar con mil fórmulas y desde luego no me vale una que exprese lo buena que es su madre.


Hoy me siento un poco campesino contigo, todo sea dicho. Campesino moderno. De esos de tractores.




jueves, 17 de noviembre de 2016

Cambiando - III

¡Plas!

Detrás de las cortinas, la señora me metió un hostiazo. Se debió de oír en el estudio porque todos se quedaron callados. Como había otras cortinas detrás, y ya sabemos que las cortinas insonorizan, la señora, ajena a mi lagrimón, hizo de nuevo:

¡Plas!

Ahí me desperté como de un sueño. No dolió, de hecho, lo agradecí.

—Tío, ¿me quieres putear?

—Yo… yo…

—¿Tú, tú, qué?

—Yo… no sé cago aquí.

—¡Ni se te ocurra!

—¿El qué?

—¡Anda, veinte!

Y, obedeciendo, caminé veinte pasos.

—¡Que vengas, joder!

La seguí, acojonado, no estaba acostumbrado a esos aullidos.

 —Ponte esto. Voy a llamar a los de maquillaje.

—¿Un chándal?, ¿para qué? A mí no me maquilla ni Dios, ¿eh?

—Mira, tío, ahora tienes las dos mejillas con la misma marca. No te me pongas chulo, que soy feminazi y te enderezo la nariz de un sopapo.

—Vale, vale…

Me puse el chándal y vino una maquilladora a dibujarme unas bolsas negras bajo los ojos. Luego se acercó un cámara y un fotógrafo, que por alguna razón también tiene que ser un cámara, ¿no? No creo que haga las fotos con la mano.

—Ésta será tu foto "del antes".

—¡Pero si nunca uso chándal!

—¡A callar!, ¡los cámaras, que vengan!, ¡vamos, hagamos todo el paripé!

Ahí comenzó un perípolo que es como un periplo, pero en pijo. Recorrimos algunas tiendas de Madrid, pero yo me negué a entrar, y cuando grababan nuestras conversaciones, ella suavizaba el tono. Cuando había un descanso, simplemente se separaba de mí, gruñía y hablaba sola. Pero cuando grababan:

—Dime, cariño, ¿qué problemas has tenido en tu vida que han hecho de ti un ser… un ser… ¿asín?

—Mi vida realmente ha sido un camino de rosas. (Que no, que paso de contártelo, tía, o lo lees entre líneas o te jodes).

—A ver, tenemos que hacer el “pograma”, invéntate algo, cojones.

—Verás, tengo varios traumas infantiles.

—Ah, ¿sí? Cuéntamelo todo, cielo. ¿Han abusado de ti los curas?, ¿sufrías bulling, piercing, marketing?

—Un día se me cayó un diente…

—Oh, Diosssss, ¿qué te pasó, querido?

—Supongo que sería la mala alimentación…

—¿Pasaste hambre?

—No, comí mucho chocolate de la nevera. Estaba más duro.

—Grrrr.

—Entonces vino el ratón Pérez y… y… ¡me mordió! Desde entonces no soporto ese apellido, no soy capaz de leer a Pérez Reverte, ni a Benito Pérez Galdós, estuve en contra de la Pereztroika y no consigo que nada me dé pereza.

—¿Algún trauma más?

—¿En serio que quieres oírlo?

—Eres gallego por los cuatro costados, ¿eh? Me contestas con una pregunta.

—Bah, eso también lo hace un tío de Badajoz que conozco.

—Me estás empezando a cansar.

—Pues ya has durado, ya…

—Venga, cuéntame otra cosa, hay que rellenar este espacio.

—Los Reyes Magos.

—¿Los Reyes Magos?

—No, Los Reyes Magos.

—¿Qué pasa con los Reyes Magos?

—Uno me mira mal. El negro.

—¿Baltasar?

—No le he preguntado el nombre.

—¡Pero es Vox Populi!

—Ídem, ídem.

—¿Ídem?

—No, ídem. Yo también sé griego.

—Pero eso es latín…

—Ah, ¿sín? ;-)

—Toma —dijo la señora, ofreciéndome una piedra del suelo—. Tu premio. Has ganado.

—¿He ganado?

—No, has ganado.

—Je, todo se pega.

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Por fin me hallaba ante la cinta transportadora. Delante de mí, un cortinón. Dentro del estudio hablaban y grababan, yo no me enteraba de mucho. A mi lado, la realizadora de mi cambio.

—¿Te has echado perfume?

—¿Para qué, si las teles no huelen?

—Da igual, así te sentirás mejor. Digo yo, vamos, que eres más raro que yo.

—Pues ya es decir. Y hasta ahí, ¿eh? Yo no te he insultado. Venga, ya me echo un poco del antierótico.

—¿Qué es eso?

—Joder, mi perfume, se lo compré al Borjamari, el gitano de mi barrio.

—¡Serás racista!

—¿Por comprarle un perfume a un gitano?

—A la mierda, voy padentro.

—¡O como se diga!

Entonces ya empecé a escuchar. Más o menos era lo que me esperaba, los tres hablando de colores como si fueran frutas. Y pescados. Y personas. Y bebidas.

—Pues sí, le he hecho un combinado a base de amarillo melocotón, con un toque de salmón y rebozado con rojo arándano. Por otra parte le he añadido un toque de verde kiwi y otro de verde marujita. El toque serio lo da el café con leche y el blanco roto. Como complemento le he puesto algo en la nariz para dejársela simétrica.

—¿Un piercing?

—Una sorpresa. Creo que éste, contra todo pronóstico, ha sido el cambio más fácil que he realizado y creo que me he ceñido mucho a la persona en cuestión. ¿Qué digo creo…? ¡Es perfecto! Encaja totalmente con su personalidad. Por otra parte, aunque no me lo ha puesto fácil, he logrado que mis maquilladoras le den el toque perfecto. Y éste es... ¡su perfecto cambio!




miércoles, 16 de noviembre de 2016

Cambiando - II

Lo creáis o no, mi cerebro no regía, era un autómata que obedecía. No sé si estaba pálido o gamboso, pero apostaría por el amarillo chino, que es más blanco que el japonés.

En eso, se escuchó un sonido extraño y la chica delgadita pulsó el botón rojo con cara de enfadada. Eso venía a significar que no tendría trato con ella, y viajé a Guatepeor.

—Sube, por favor—me dijo la del pelo eléctrico—.

Yo subí el primer escalón y ejercí de ese gallego que nos quieren meter a la fuerza. En ese momento no sabía si subir o bajar.

—Háblanos de ti.

—Nací en Galicia, en el seno de una familia…

—¡No hace falta que empieces desde tan atrás!

—Mi primera comunión fue en el mes de julio del año…

—¡Que nooooooooo! —me chilló la señora, pegando un bote desde su sillón—. ¿Qué coño haces aquí?

—¡Corteeeeeeeen!

Se repitió la grabación en diez segundos y yo todavía estaba asustado. Creo que me hice un poco de popó.

La del pelo electrizado de pronto untó miel en su voz.

—Cariño, ¿por qué has venido a este “pograma”?

—Querrá decir programa.

—¡Corteeeeeen!

Después de al menos quince cortes y la mirada de odio de la profesional, se llegó a un consenso para continuar con la grabación. Se llegó al acuerdo entre la producción y Ójcar, claro. Yo seguía mudo como un plato de sopa. Sé que la comparación es muy mala, pero ahora mismo no se me ocurre otra y, al fin y al cabo, ¿quién ha oído hablar a un plato de sopa? Es más… ¿hay platos de sopa? Yo sólo conozco los de porcelana, cristal y materiales más sólidos.

—Grrrcariño, ¿por qué has venido a este “pograma”? Grrr.

—Grrrr, porque me ha traído éste —dije señalando a… ¡ya no estaba el muy cabrón!

—No, cielo, no, abre tu corazón, ábrete al mundo, expresa tu tristeza…

¡Anda la tía!, o sea, que no le cuento mis penas a nadie, se las voy a contar a una tipa que acabo de desconocer.

—Verá, señora…

—Señorita, por favor.

—Verá, señorita, es que me gustaría que le hiciesen un cambio a mi padre —dije, señalando a un hombre con cara de bonachón (los que tienen cara de bonachones poseen una faz redonda, bigote ancho y gafas de pasta —no me refiero a dinero—). El señor intentó ocultar su rostro debajo de su abrigo, pero no le cupo, y su calva se puso roja como un semáforo (cuando se pone rojo, claro, si está en verde, mal lo llevamos). Al cabo de un minuto, se desató.

—¡Yo no soy tu padre, malnacido!, ¡ya se lo dije a tu madre mil veces!

—Cierto, cierto, dispense, señor, es que no sabía a quién señalar, pero… ¿conoce vd. a mi madre? —Iba a decir usted, pero me salió con dos letras y sonó un poco raro, tipo escupitajo pero sin saliva.

El hombre, que se había hecho la zancadilla a sí mismo sin querer, todo hay que decirlo, empezó a rogar a los productores que cortasen esa confesión tácita. Al parecer, ni sus vecinos sabían de sus andanzas.

El regidor le dijo claramente:

—A ver, señor… ¿sabe usted para qué canal es este producto? Pues bien, entonces tendrá la absoluta certeza de que no se cortará.

El pobre hombre salió de allí con el rabo entre las piernas. Con el rabo del regidor, desgraciadamente. Y todo por mi culpa. Yo ya no sabía dónde meterme, así que elegí el escote de la diseñadora delgadita.

—¿Qué miras? —me dijo su compañero. Eso me jodió, porque ella no me decía nada, me lo permitía y hasta parecía orgullosa de sus minúsculos pechitos encantadores.

Le iba a responder que “cosas mías”, pero me di cuenta en el acto de que, desgraciadamente, no eran mías ni lo serían nunca. No penséis, sin embargo, que cerré la boca, no. Ya la tenía cerrada.

Como me ocurre siempre que pretendo pasar desapercibido, todos los ojos se fijaban ahora en mí.

—Vamos a ver, amor —me dijo la señora del pelo raro, con almíbar en su tono—. Percibo algo en ti, algo de desazón, y una coraza gruesa que tenemos que desintegrar—. Dame la mano y déjate llevar, cariño. Vamossss.

No es que yo tuviera la mano suelta, soy heterosexual, la verdad es que realmente todo mi cuerpo estaba suelto como el producto de una gastroenteritis. Je, ahí sí que lo he clavado, ¿eh? El caso es que me agarró la mano y tiró con una fuerza muda que dudo mucho que se aprecie en las imágenes cuando retransmitan la grabación y no queráis ya ni comentarme.




martes, 15 de noviembre de 2016

Cambiando - I

Ya os he dicho muchas veces que no tengo amigos. Pero sí conocidos. Un conocido de Madrid me llevó a la televisión, a un programa de un canal con una rima excelente. Yo conocía el programa por haber estado esperando las noticias de ese mismo canal, cada día al mediodía. Se trata de “Cámbiame”, un formato en el que te dan ropa nueva, te hacen un estudio psicológico de CCC y te peinan si tienes pelo. Si no tienes, ya no te pillan.

El tema es que nos sentaron en unas sillas cutres a unas veinte personas, que hacíamos de público. Y, a partir de ahí (os voy a evitar mis comentarios sobre las anécdotas de las grabaciones y todas esas cosas técnicas), empiezan a desfilar personas raras que dicen que necesitan un cambio en su vida y que, en vez de proponérselo seriamente, donan sus cuerpos para el experimento, por si algo sale bien y relanzas a unos supuestos gurús de la moda.

En fin, acompañé a mi colega Óscar (bueno, en Madrid le llaman Ójcar) y en un momento dado me dijo que esperase, como si yo le diese las confianzas del imperativo. Como no me apetecía discutir, sólo cutir, le hice caso omiso al caso omiso, y allí me quedé :-(

Había una cinta transportadora a la que se subían los feos. Primero pasó una chica de dudoso gusto para el público (digo dudoso porque el público se dividió: todo el mundo le llamaba guapa y yo cerré el pico para no llamarla teleñeco). La pobre había tenido un ataque de caspa que no la dejaba dormir.

Frente a ella había tres modistos y una presentadora rellenita y callada, porque ahora les tocaba hablar a ellos. Los tres modistos eran un chico gay con cara de buen tipo, una señora mayor y despelujada y una muñequita preciosa de piel muy blanca y gestos un poco exagerados. A ver, tampoco es que fuera preciosa, pero encajaba en mis gustos casi a la perfección.

Después de putear un poco a la candidata al cambio, le dijeron que se comprase otro champú.

Al cabo de un rato apareció un tío bastante mal vestido que estuvo a punto de ser fichado, pero… era calvo. Su vida había sido un cúmulo de desgracias, pero no paraba de sonreír.

La siguiente candidata era una pija con rastas que estaba muy buena. Llevaba un perro y una flauta. Hicieron colegueo con ella y llevaron a su perro a darse un baño. También limpiaron la flauta. Ella, sin embargo, no pasó la criba, le dijeron que era preciosa (la verdad es que lo era), y que, como mucho, si quería, se podía afeitar las piernas y las axilas. Creo que se referían a los sobacos.

El siguiente en pasar era un tío con aspecto de ejecutivo, impecable y con maletín incluido. ¡Era el Ojcar! Ya, sé que pensáis que estoy lleno de prejuicios y que yo jamás me mezclaría con esa gente, pero por un lado yo también me junto con mala gente y por otro, valoro a la persona más que a su aspecto. Lo juro.

Total, que Ójcar comenzó a largar.

—Como veis, soy un pincel, cuando salga de aquí se me tirarán al cuello las azafatas, pero eso es lo de siempre. Vengo aquí no por mí, sino por mi compañero Sibemol —dijo, señalándome.

—¿Sibequé?

—Ése de ahí, el de aspecto de indigente.

—¿Inteligente?

—IN-DI-GEN-TE.

—¡Oye! —le cortó la chica delgadita—, ¡el chico no está nada mal!, ¡y viste casual!, ¡vale que con un punto cañero, pero no le va mal!

Yo no daba crédito a todo lo que estaba escuchando. Estaba congelado como cuando mi amor platónico me tiró una monda de plátano.

—¡No!, ¡lo casual es que se vista! —respondió Ójcar, ése que se suponía que era mi amigo. En fin, ya he dicho que no tengo amigos. ¿Ahora lo pilláis?

—Anda, continúa…

—Bueno.

—A ver, chico, no que andes, que para eso ya está la cinta transportadora. ¡Me refiero a que sigas hablando!

—Ah, disculpe, señorita, es que a veces se me pega ese acento gallego que tiene mi amigo y su manera de pensar de dos camas, la una sobre la otra.

—¿Literal?

—En efecto.

—Prosigue, menos rollos que mi compañero ya le ha dado al botón rojo y no te vas a comer nada con él.

—Mejor. Bien, prosigo. La vida le ha debido de tratar tan mal a mi amigo Sibemol que ya veis el aspecto que tiene. Lo mejor que le ha pasado es que le ha dejado su novia de seis años y ahora no es capaz de sonreír. Tiene un gran drama en su interior que, no me cabe duda, vosotros seréis capaz de extirpar, como hago yo con el dinero del contribuyente, je.

—¿Funcionario?

—De la Agencia Tributaria.

—Glub… aceptamos su sugerencia. Sibe… ¿mol? Levántate, por favor.




domingo, 13 de noviembre de 2016

La Espe

Sonó un golpe en la puerta. Me costó incorporarme para abrir. Habían insistido en los últimos días. Cada día, un golpe. No sería nada bueno, no sería nada nuevo. Tanteé en la oscuridad y me aproximé a la puerta.

Prefería las tinieblas, se habían convertido en mis amigas más entrañables, pues mis entrañas se acostumbraron a la oscuridad.

Cuando destapé la puerta me encontré con la esperanza y, asustado, empujé levemente la madera, con mis menguadas fuerzas. La esperanza es traidora, ¿lo sabíais? Y fuerte hasta en su más leve hilo. Su luz logró penetrar hasta prestar color y lustre a mi estancia.

¿Lustre? Primero un mueble polvoriento, luego otro, y así hasta enfocar sin miramientos al más apolillado, el corazón.

En un segundo llegó un pequeño soplo, apenas un aliento, abrió del todo la puerta y penetró la luz con toda su potencia.

Llo…
…llo yoré, confuso como estaba.

Y mis lágrimas no contenían la sal de la vida, sino la quinina contra esa enfermedad llamada amor.

Esperanza pasó. Sí. Pasó de largo. Se posó en los muebles, sólo para certificarme que existían. Que sus poros y sus polillas eran perceptibles apenas con un rayo.

Esperanza se fue sin saludar, cerró la puerta de un golpe.


Y el frío se adueñó de nuevo de la estancia, mientras la pata más apolillada del corazón, cedió.



sábado, 12 de noviembre de 2016

El gran soufflé

Soufflé

Preparación que consiste básicamente en una mezcla de salsa blanca, yemas de huevo y diversos ingredientes a la que se incorporan claras de huevo a punto de nieve y que se cuece a horno medio hasta que la masa triplica su volumen inicial; debe servirse en el mismo momento en que se retira del horno.

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El gran soufflé

El gran soufflé es el de las elecciones estadounidenses o, como diría un periodista, americanas (para los periodistas, Bolivia, Perú o México son sitios de hispanos, nada que ver con América).

Los periodistas intentaron atontar a todo el planeta con sus noticias sesgadas y ya daban un ganador y un perdedor. Ya lograron hacer de Obama un superhéroe de humo, como lo es el Papa en el Vaticano, porque vende mucho más un tío que no cumple sus promesas, con un perfil político bajísimo, capaz de ganar un Premio Nobel de capa caída desde hace años y que desencantaba a su país, aunque lleven años vendiéndonos lo contrario. ¿Cuál es la consecuencia? Yo qué sé. Pero a mí me acojona. No por lo que digan los periodistas y analistas políticos de gran pompa, que no me los creo, sino por lo que dice él mismo.

El problema de Estados Unidos es también el de España y el de Galicia. ¿A quién votas, si no votas a éstos? Tenían a la pija de la continuidad, esa continuadora de una dinastía con apellidos como lo fueron los Bush o lo es Felipe VI (aunque éste con mucho menos poder), y tenían al típico americano blanco y que venden como ignorante, pero que les regala lo que quieren oír. ¿A quién me recuerda? No, tranquilos, no hablo de Pablo Iglesias, sino de Hitler o Mussolini. Pablo Iglesias no es tan malo como nos lo pintan los de un lado, ni tan bueno como nos lo pintan desde el contrario.

Y es que, en este cúmulo de noticias llegadas desde hace dos años desde los Estados Unidos, todo el mundo se decantaba por lo que contaban los profesionales de la mentira. Pero… ¿cuál era esa realidad que tapaban o que esbozaban en un cuadradito minúsculo y esquinado de sus periódicos? 

Estados Unidos sufre una enorme pobreza en algunas zonas de su geografía.


Estados Unidos tiene un enorme problema con la inmigración.

A Estados Unidos se lo está comiendo China.

Obama incumplió sus promesas de mayor calado y mantuvo las guerras en las que su país ya andaba metido (todo esto con el Premio Nobel de la Pis y su enorme sonrisa, su calma y su humo). Eso sí, al parecer bailaba muy bien y su mujer creó escuela en moda y desparpajo. Todo demasiado correcto mientras mucha gente lo pasaba mal. Y es que Estados Unidos no es Hollywood, ni New York, sino un país con bolsas inmensas de incultura y atraso, y también pobreza. No nos olvidemos de que doce millones de estadounidenses piensan que les gobiernan lagartos alienígenas. Pero qué le vamos a hacer si llevan toda la vida vendiéndonos esa cultura cutre que tienen. 

Que ya sabemos que Harvard y que Yale y que científicos y que fuerzas armadas. Que ya sabemos que películas y que deportes. Pero… ¿y lo demás? Abusos raciales por ambas partes (bueno, ambas son dos, y hay más de dos razas), armas en las calles, bandas y delincuencia, drogas, dramas. Ni Cuba es un mulatito, ni España una folklórica y toros, ni Estados Unidos la mejor de las democracias. Eso está bien para Hollywood.

En el autoproclamado país de la democracia, sale elegido un tipo y la gente se manifiesta en la calle y monta alboroto oponiéndose a dicha elección. ¿No queríais democracia? Ahí la tenéis, tan corrompida como en Europa. ¿Sólo es democracia si ganáis? Los mismos buenos y los mismos malos de siempre. Y, ¿sabéis lo que más acojona? Pues algo de lo que he hablado en más de una ocasión: los silenciosos. Ésos que no son famosos, que no gritan histéricos a favor de lo políticamente correcto o del que se presupone ganador. Esos que callan hasta que alguien los encarrila. Ésos son silenciosos, calladitos, pero son millones. Y ésa es su fuerza. Porque una cosa es lo que te obligan a expresar y otra lo que expresas en secreto, cuando nadie te ve. El voto.

Pero resulta que ganó el ignorante y el chabacano, y desde esa premisa se habla entonces de sus votantes como ignorantes y chabacanos. ¿Por qué no se habla de su voluntad de cambiar algo con lo que no están conformes? Porque no vende. ¿Por qué no se hizo algo por ellos cuando no era demasiado tarde? Al final, se acaba imponiendo la naturaleza. SIEMPRE. EN TODO. Si no fuese así, estaríamos todos muertos. Ahora hay que esperar, acojonados (yo, al menos) para ver cuántas vueltas da a la tuerca el nuevo inquilino de la Casa Blanca, porque de él depende el funcionamiento de todo el planeta.

Ahora se sabe que muchísimos mexicanos votaron a favor de Trump, muchos más de los que se esperaba. Y eso, que se escribía en una mínima reseña de un periódico, ¿por qué ha pasado? Se habla de que, si entran más hispanos, los que hay ya asentados se verían perjudicados. De esta manera, muchos inmigrantes votaron contra la inmigración. Lo siento por todas las víctimas que quedarán por el camino, de corazón, pero puedo llegar a entenderlo igual que entiendo que primero los de mi casa y luego los demás. Ya sé que otros no, que prefieren los de casa ajena (de palabra, que es muy fácil ser “bueno”; habría que ver el color de su voto).

Por otra parte, se nos ha vendido que la clase intelectual ha votado a Clinton (salvo Susan Sarandon que es más coherente y ha dicho que ella no vota con la vagina, que votaría a alguien más a la izquierda que la Clinton que, dicho sea de paso, si “eso” es de izquierdas, yo soy Celia Cruz).

También ha habido gente famosa que ha jurado que se iría del país si ganaba Trump. Espero que sean coherentes, no porque se vayan de su país, que me la sopla, sino por el simple hecho de que exista más coherencia. Pero lo dudo. Quizá ahora tomen el camino de quedarse para sentirse luchadores y blablablá. O de sempre.

Hay una cosa que me llama mucho la atención. La mujer de Trump. Una señora impresionante con la que ya se están metiendo porque posó desnuda y porque la pobre, vale que habla cinco idiomas, pero no pasó de primero de carrera. Es queeeee. Ya le están poniendo el listón de su antecesora como si aquélla hubiese hecho más que lucir palmito y vestir esos trajes baratitos que se ponen las señoras de la izquierda americana. Perdón, estadounidense.

Bueno, estoy esperando, como tantas otras veces, a que los PERIOLISTOS pidan excusas. Ellos no han sabido hacer su trabajo. Como analistas son una basura, porque una cosa es el deseo y otra la realidad, eso deberían enseñarlo ya en primero de carrera. Y los analistas políticos que se vayan a analizar ellos mismos. Dicen que hay buenos profesionales. Dicen tantas cosas…

Deberíamos aprender, pero no lo haremos, una vez más. El quid, lo más importante, lo fundamental, es prestar un poco más de atención a esa mayoría callada que, al menos en España, no ha encontrado a quién los guíe. A lo mejor ahora mismo ese guía se está tomando un yogur y se acostará a las ocho, aunque mañana no haya cole. A lo mejor está reunido en la clandestinidad con otros afines. Yo sólo sé que Europa tiene ahora más posibilidades de un cambio sustancial y traumático. El primer aviso fue el Brexit, pero se está empezando a vislumbrar aquel espíritu del nacionalismo del siglo XIX. Sé que soy tremendista, vale, lo asumo, pero ¿no será acaso ésta una respuesta ante el fracaso de la globalización?

En fin, que da igual, ahora ya no dependemos de nosotros. Yo soy una mierda para Galicia, Galicia es una mierda para España; España es una mierda para Europa. Y quien manda…


…manda.