sábado, 31 de diciembre de 2016

Por pedir que no sea

Ya dejé claro el año pasado que desear cosas hermosas para el año siguiente no deja de ser deseo. Y que esperarlas es una quimera. Pero no tiene por qué ser así en lo que depende de nosotros mismos. Nuestras metas tienen más posibilidades de salir adelante si ponemos empeño y trabajo. Si no lo hacemos, pasará lo de siempre, que lo achacaremos a la mala suerte.

Yo paso de pedir paz, porque no soy futbolista ni hablo gratis, intento pagar el peaje de la coherencia (y es caro, sube al año más que la inflación y no siempre se consigue). No soy como uno muy famoso que salía en un anuncio contra el racismo y hace un par de meses le estaba llamando negro de mierda al del otro equipo. Es fácil desear, ser bueno. Y es más fácil ser vacío, no hay más que colgarse etiquetas aprobadas por la masa.

La paz parte de uno mismo. Yo deseo la paz a quien considero buena gente (un noventa y cinco por ciento está en la tercera edad, pues se criaron con otros valores). También se la deseo a la gente que es sólo gente pero que me deja en paz.

A los malos les deseo lo malo, no soy de poner la otra mejilla como están haciendo los europeos. El problema es cuando dejen de ponerla, la historia está llena de ejemplos.

Ojalá a toda la gente que se lo merezca le vaya bien. Ése es mi deseo. Lo acompaño de otro: ojalá a toda la gente que se lo merezca le vaya mal.


Pero si me pidiesen un deseo que DESEO de verdad, y que es tan inconsistente como todos los demás, yo elegiría la coherencia. Que cada uno de nosotros actúe en función de cómo piensa, que sea egoísta en eso, que piense por sí mismo y en sí mismo, que se sacuda siglas y trajes, que se olvide de derechas y de izquierdas y que, si puede ayudar y quiere hacerlo, lo haga, no hace falta que lo grite a los cuatro vientos, porque su mensaje durará unos segundos, será una etiqueta tan barata como lo ha sido hasta ahora. Que analice por sí mismo, que razone, que sepa, que viva. Que mastique, pues lo que nos dan masticado tiene la saliva de otros.

Feliz año si te lo mereces.




Resultado de imagen de brindis


lunes, 26 de diciembre de 2016

De dioses

Como ya he comentado en numerosas ocasiones, hoy en día los periodistas se creen más importantes que la noticia. Y, sin embargo, cada vez le meten más patadas al diccionario y a la gramática. Ya no hablemos de las noticias, porque sabemos que están sesgadas, politizadas, corta-pegadas y sujetas a uno de los dos colores.

Los periodistas que no llegan a dioses, se quedan en semidioses, y el secreto de su éxito y audiencia, como el de los presentadores de televisión, es que tienen la capacidad de ser queridos u odiados por los espectadores.

Da igual que no se sepan expresar con corrección, que hagan pausas para pensar, que esas mismas pausas no se las permitan a sus entrevistados, o que sean tan altivos que distribuyan el orden del mundo a su manera. Ellos pueden insultar, pero se sienten agredidos si alguien los insulta. Poseen una prepotencia tan insultante que, aunque no utilizasen esos términos que emplean, ya con su perorata están faltando el respeto a mucha gente.


Uno de los casos más obscenos es el del famosísimo Carlos Herrera, el tipo que fuerza una octava más grave en su voz porque alguien le ha debido decir que así es más hombre. Podéis ver cómo pierde los papeles en muchas entrevistas en Youtube. 






Y cómo se revuelca en el fango (supongo que desde su celestial figura él pensará que ha BAJADO hasta el fango) insultando desde su púlpito a algunos que no piensan como él (cosa que parecía reservada a los mortales como yo). A él no le importa, está por encima del bien y del mal y todos a su alrededor no dejan de comerle el cipote, mientras él, engolado, intenta un Tom Waits que se queda en un EEEHHMMMM tras otro.

Como todos los periodistas, este tipo pertenece a uno de los dos únicos polos de la política imperante, así que cualquier noticia tiene que pasar sí o sí por el tamiz de lo poco original.

De esta manera, cuando murió Fidel Castro, este tipo arremetió contra Silvio Rodríguez, y entre los epítetos que le dedicó uno que me sorprendió mucho fue el de “aburrido”. Lo repitió en varias ocasiones: aburrido, aburrido, aburrido. Y me aburrió.

Luego, escuché por enésima vez a Silvio Rodríguez y volví a sentir su poesía y su magia. 




jueves, 22 de diciembre de 2016

Bonito cuento de navidad con final feliz

Le dolía mucho la barriga, tanto, tanto, que aullaba. En realidad, no sabía si aquellas tripas que huían de su cuerpo eran una barriga. No sabía nada, ni lo entendía. Eso en el fondo era bueno, así no se daba cuenta de que sus patas traseras apuntaban a distintas direcciones retorcidas de una manera imposible. Se concentraba sólo en el dolor de tripa y en aullar. Algunas personas se apearon de un coche y se dirigieron hacia él, y tuvo la impresión de que se le movía el rabo. Pero pasaron de largo y se dirigieron a un vehículo que ardía. Dio un último aullido y tuvo la suerte de morir.

Era junio.

En los últimos seis meses había estado a gusto con su familia. Él los quería, admitía que el más pequeño de la casa le tirase del rabo y alguna vez de sus partes, y le dolía cuando le enganchaba los pelos de los bigotes. En una ocasión hasta había sangrado. Los quería mucho, aunque el que parecía llevar las riendas del hogar le daba a veces una patada y él no sabía por qué. Se apartaba y le lamía la pernera del pantalón hasta que recibía la patada definitiva y se iba a su rincón a comer unas cosas secas y pequeñas que tenían un sabor que cansaba. Su instinto le pedía otro tipo de comida, y a veces se entretenía lamiendo el suelo porque había unas partículas de restos que se le caían a los que parecían comer mejor.

A veces pasaba sed. Iba hacia el utensilio donde había agua y estaba vacío. Entonces oía unos gritos más agudos de la otra persona adulta y al cabo de un tiempo conseguía beber. Intentaba lamer aquella mano que acercaba una botella a su utensilio, pero nunca le daba tiempo, porque la mano huía con velocidad.

Una vez al día, alguien rodeaba su pescuezo con una correa y lo bajaba a la calle dándole tirones. Cuando le entraban las ganas de expulsar su vida, los tirones eran mayores, había gruñidos y malos tratos, pero él no lo podía evitar, aquello salía de su cuerpo sin intención.

No obstante, este cuento tiene un final feliz, porque termina en un hermoso día de las navidades, cuando sonaban villancicos, había luces multicolores, las familias paseaban por un centro comercial y sonreían, y un niño le decía a sus papás:

—¡Oh, qué perrito más bonito!, ¡lo quiero, lo quiero!


Y aquel animal parecía sonreír en su jaula, levantándose sobre sus patitas traseras y enseñando la barriguita.






martes, 20 de diciembre de 2016

Otra navidad

Hace años, la navidad era magia para mí. Me pasaba minutos contemplando los reflejos de las bolas de colores del árbol y a los pastorcillos del nacimiento (que era como se le llamaba en mi tierra a lo que en España decían belén). También miraba a los reyes magos que viajaban bastante quietos encima de sus dromedarios. Mi preferido era el negro, y de los reyes, Melchor.

En mi nacimiento había una verdosa imitación del musgo, una línea de papel de aluminio que hacía de río, un puente, unas cuantas ovejas y algunas figuritas interesantes. El árbol de navidad era artificial y aunque sabéis que me encanta lo natural, no soy capaz de matar un árbol para la satisfacción de unos días. El árbol duró años, y cada vez era más pequeño.

Recuerdo, siendo yo todavía minúsculo, paseando con mis padres y hermanos por la calle, que algunas tiendas se engalanaban de navidad con unas luces que abrigaban, amarillas, anaranjadas y rojas, su escaparate. A su vez, las calles del centro de la ciudad encendían sus montajes navideños con luces de colores de bombilla ancha. Todo me parecía muy especial, no sé si por mi edad o porque eran unos días muy marcados, puesto que hasta hace pocos años las navidades comenzaban el 22 de diciembre, día de la lotería.

En aquellos días hacía frío en diciembre, y se pasaba algo más de tiempo en casa, con la familia. Todos los días echaban una película en el único canal de televisión y la verdad es que quien la elegía lo hacía con cariño. Creo que las mejores películas que vi fueron en navidad. En una tele en blanco y negro, porque no éramos ricos.

Como esta entrada pretende ser un bonito recuerdo escrito a toda prisa, no lo ensuciaré comparándolo con esta asquerosa navidad materialista y repugnante a la que estamos expuestos hoy en día. Quizá haya que esperar unos años para saber qué recuerdos guardan los niños de ahora sobre la navidad ésta que dura tres meses y que ya da pereza desde principios de octubre.


Yo os voy a colgar el villancico que más me gustaba de aquella navidad en blanco y negro. Mis padres habían comprado el disco cuando nació mi hermano mayor y lo estuvimos escuchando navidad tras navidad hasta que para nosotros dejó de tener brillo, luces y buenas sensaciones.

Felices fiestas a quienes os las merezcáis (a quienes no, no). Es un deseo, no dos palabras vacías. Estos días recibiréis tantas palabras vacías y adornadas, tantos regalos por cumplido y tantos eslóganes, que a mí no me apetece insultaros desde aquí. Espero que no se os revuelvan las tripas tanto como a mí con las consignas repetidas, y con esas ansias de paz que al parecer tiene todo el mundo (políticos, futboleros, toreros, funcionarios, taxistas, sindicalistas, jueces, periodistas o gente que os dice que os quiere y que os ama).

Todos sabemos quien nos quiere y quien nos ama, y esas personas no necesitan de una fecha ni de palabras, porque sólo necesitan SER.

Y cuando dejan de ser... ya no son.




viernes, 16 de diciembre de 2016

De conserva - II

La chinita me quiso llevar al restaurante de un familiar, pero para cerdo agridulce ya estoy yo y para un rollito de primavera había que esperar unos meses.

Fuimos al bar "Manolo", ya sabéis que en todos los sitios hay uno. Yo no soy un hombre de aquí te pillo aquí te mato. Necesito antes una conversación, al menos una. Me dio la impresión de que ella quería algo más que un simple diálogo cuando de repente miró al camarero y le dijo:

—¡Otlo cholizo!

A los postres se sinceró conmigo.

—Estaba buenísimo el cholizo.

Y yo me henchí.

De flan.

Estaba que te cagas.

Doy fe.

Y se siguió sincerando conmigo.

—Tú oilme. Quielo plobal otlo cholizo.

—¿Otroooo?

Abrí los ojos como platos y creo que ella se quedó sorprendida de los límites a los que puede llegar un occidental, pues no sólo nosotros nos fijamos en los ojos…

—¡El tuyo, clalo!

—¿A qué te refieres?

—Quielo que me hagas tuya.

De pronto sentí cómo se doblaba mi centímetro y se convertía en dos. No en medio, no seáis malpensados, hablo de la primera acepción de la RAEL, no de la cuarta. Mi sueño se había hecho realidad.

—¡Vámonos! —le dije casi sin pensar. Agarré su minúscula mano y la arrastré a la calle. Nos metimos en la parada de metro Ópera, donde alguien cantaba. Ah, no, era reggaetón.

Subimos al metro, estaba lleno de españoles. De hecho, había dos. También había unos treinta latinos de la zona de los alrededores de Etruria, cinco o seis marroquíes y un compatriota de mi chinita observando el plano del metro.

—Jodel, qué complicadas sel las letlas occidentarres.

Sí, platicaba la ele.

—Le pediré a tu primo un condón, que no llevo encima —le anuncié a mi amarilla—. Perdona, ¿tienes un condón? —le dije al oriental.

—¿Ein?

—¡Coño, os sorprendéis en español! ¿Tú tenel pleselvativo?

—Sí, xxs.

—¡Cojonudo!

—No, sel solo pala la pichina.

—Que vale, que vale, que bien, que como un guante. ¡Yupi! Digooo, ejem... ¡bien!

Llegamos a mi hotel. Aunque el preservativo me quedaba flojo, logré ajustarlo y cuando lo conseguí saqué de la jaula a esa fiera que habita en mí.

Le di la vuelta a la china, la puse a cuatro patas, le hice el pino-puente, la colgué de la lámpara, la estampé contra la pared, le enseñé el verdadero francés, la cubana (esto no lo logramos, ¡bien!), el griego y el catalán en la intimidad (era cerrando fuerte el puño y hablando con la a), el gallego que no subía ni bajaba y siempre se quedaba dentro (o fuera, nunca se sabía), la guerra franco-prusiana, la cabalgata de las valquirias y todo el anillo del nibelungo, el dépor-celta, el imperio del sol, el yin y el yang, las sombras de Grey, las chinescas y la del carballo con cada uno de sus lóbulos, le froté lugares hasta borrarlos y me entretuve en cochinadas tan obscenas como un misionero.

Ella quería más y se repetía. Esto era debido al cholizo. A mí me pasaba lo mismo, de hecho, mientras ejercíamos el amor en el más extenso de sus conceptos, yo escribía esta entrada y me repetía en mis descripciones sobre la belleza oriental, sobre todo cuando hacíamos la postura del escritor, en la que yo me sentaba en una silla y ella se arrodillaba bajo una mesa. También hicimos la postura de la escritora, y cuando le dije que me explicase aquellos símbolos ella sólo gemía.

Finalmente, cuando vi que empezaba a estar cansada, le enseñé la pronunciación colecta de la erre con mi lengua entre sus piños.

Cuando ya no pudo más, se tumbó en la cama boca arriba, me apartó con un por favor y me dijo:

—Con que conseRRvadoRR, ¿eh?

Y yo me puse rosa como mis compis colgantes.




lunes, 5 de diciembre de 2016

Inciso (Nueva cagada de Telecinco)

Ya os he comentado que normalmente veo las noticias de Telecirco. Cada día les pillo una media de entre diez y veinte fallos. Algunas veces más, algunas veces menos. Pero es que hay fallos y fallos.

Como normalmente repiten las noticias del mediodía por la noche, si estoy en casita me fijaré en la GRAN CAGADA de hoy.

Supongo que poca gente se habrá dado cuenta de ella, igual que nadie se percató del descuido de Cándido Méndez (sindicalista y por lo tanto muy sospechoso desde mi punto de vista) en el programa “tengo una pregunta para vd.”, hablando de su sueldo hace pocos años. Pero bueno, ése es un fallo que puede pasar inadvertido a las personas que no tienen mi profesión y es normal.

Hoy Telecinco ha comentado una noticia según la cual, España ha tenido unos ingresos de ¡69 millones de euros!, gracias al gasto de los turistas. Acompañaban a la noticia ciertos comentarios de un reportero mayor de diez años y que se presupone con una carrera a las espaldas, entrevistas e imágenes de personas que decían que cuando llegan a España se van de compras, beben mucho, ven los espectáculos, comen bien y se alojan en hoteles, entre otras muchas cosas. Vamos, que lo pasan teta.

Y claro, hay unos enormes ingresos de 69 millones de euros.

Y 69 millones por aquí, y 69 millones por allá, y todo el rato con 69 millones que me rascaban hasta hacerme herida.

Hace un par de semanas, publicaron una noticia en el mismo medio en la que decían que había escalado el turismo y ya se acercaban a 64 millones de visitas que recibían los españoles durante 2016.

Con mi agilidad mental, he hecho una división simple en mi cabeza ¡y me ha salido un resultado espectacular! Resulta que cada turista se ha gastado… tacháaaaan

¡¡1,078 euros!!, es decir, para los menos entendidos, que se ha gastado cada turista, independientemente de sus días de estancia, fiestas, compras y demás, ¡un euro y pico!

Vale, vale, sí, ya está el Sibemol sacándole punta a un fallo que puede tener cualquiera.

No, no, no me conoces si piensas eso (y aunque no lo pienses). Un fallo lo tiene cualquiera, yo puedo cometer alguno menos que los informativos de Telecinco, pero los tengo también. Pero vayamos al fondo: supongo que David Cantero será periodista, supongo que el que puso el subtítulo a la noticia es periodista y supongo que el reportero de calle también lo es. Y entonces, queridos, ¿para qué cojones vale el puto título de las narices? (y perdonad por eso de las narices). ¿Nadie coteja nada o qué? ¿Son sólo una voz, una postura, una cara bonita?


Ése es el nivel al que tanto me refiero cuando hablo de estos impresentables tan llenos de poder.

De conserva - I

Me han llamado a un plató de televisión para grabar un programa basura que ya os comentaré algún día, y he vuelto a ir a Madrid. Esta vez no esperé a recibir los dictámenes de la productora, el billete de avión y el hotel, sino que fui dos días antes para conocer un poco más esa ciudad donde los reyes magos se visten con cortinas de ducha y donde los africanos y “latinos” te paran cada diez metros en el centro para ofrecerte entradas a sitios que consideraba de cierto nivel, pero que, a juzgar por los reclamos, parecían ofrecerme el dichoso reggaetón.

Vale que por mucho que intento ocultarlo sigo teniendo cara de gilipollas y ésa es mi tarjeta de presentación ante la vida. ¿Por qué digo esto? Por dos razones: 1. Es la verdad, y 2. Porque se me acercan igual que cuando hace años se me acercaban dos testículos de Jehová con una Biblia con la intención de que las palabras amables de dos desconocidos me hiciesen cambiar de religión. El tema es que yo me creía católico porque estaba bautizado. He de reconocer que, en cierto modo, cuando se acercaban los de Jehová conseguían su propósito, esto es, me cambiaban de religión. En un plisplás pasaba de católico a protestante. Casi insultante, diría, si diese voz a mis pensamientos. O si existiese dicha religión.

Y no. Yo soy católico, apostólico y romano. En realidad no soy romano, nací en Civittavecchia, o al menos allí paró el crucero. Tampoco soy apostólico, no me fío más que de una persona a la vez y normalmente me fío de mí, salvo excepciones. Además, paso de lavarle los pies a un tío y mucho menos si tiene barba. Lo de católico… la verdad es que no creo ni en mi padre.

Lo que sí soy es conservador. Me tiran más el otoño y el invierno que la primavera y el verano, porque son más frescos. Me gusta más una mujer bien conservada que una pasada. Y me gusta más Anguita que Iglesias. Sí, lo soy, lo reconozco.

Así se lo hice saber a la chinita que conocí en Madrid por casualidad… por la calle Alcalá, mientras paseaba y se me metió una piedrecilla en el zapato. Bueno, llevaba botas, a decir verdad, porque con un único zapato cojearía. Cuando me saqué la piedrecilla, le dije.

—Oye, soy conservador.

—Pues me voy contigo, mi amol.

Que sí, que era china, no cubana. Una cubana es… otra cosa.

Os he hablado mucho de las chinas. Me encantan. Lo especial de ésta no es que fuera pequeñita y tuviese los ojos… ¿cómo lo diría para que me entendieseis? ¿Ajaponesados?, ¿acoreanados?, ¿avietnamizados? Tampoco era especial que tuviese el pelo oscuro y lacio o ese toque de color de la piel de la luna llena cuando comienza su camino ascendente. Ni que arqueara un poquito sus diminutas y finas piernas o que oliese a limón. No. Lo especial de ella es que se fijó en mí. De los seiscientos millones de chinas era la única con el equilibrio perfecto en su miopía para fijarse en mí. He de decir que me miraba con atención, ¿eh?, me apuntaba cerrando los ojos un montón. Vale, reconozco que con ellos abiertos no existía gran diferencia. Pero le gusté.

Cuando le gusto a alguien fumo un cigarro, así que no se puede decir que me vaya a morir del fumeteo. Fumo Ducados, y si me lee algún joven se pensará que hablo de tabaco rubio, pero ésa es una mariconada de ahora. Yo soy de tabaco tan negro como los cojones de un grillo. Ya sabéis, me refiero a esos cigarros blancos. ¿¿¿…???





Mientras paseaba con la chinita por el centro, se acercó un tipo de aspecto africano, no diré el color porque levantaría sospechas infundadas sobre mí, así que sólo aclararé, como nos permiten hacer hoy en día, su procedencia. Era de la parte del sur del Sahara, como diría un periodista español: un subsajariano, y como diría un pedante: un subsaariano. En este párrafo comeré judías, porque me han educado en que la hache es muda (algo que nunca llegaré a entender).

—¿Me das un cigarro? —me preguntó.

—Negro.

—No, francés —me dijo mientras me soltaba una hostia políticamente correcta. Yo pasé de darle explicaciones y aclararle que me refería al tabaco, sobre todo porque me lo impedían un diente y una muela que se me habían soltado de las encías. Digoooo, de la hostia. No lo denuncié porque me habrían detenido a mí por racista. Tampoco le devolví la hostia porque entonces iría directo a la cárcel. Yo.

Por su acento deduje que, efectivamente, sería francés. Pero no, no, no. Un francés es… otra cosa.

Me tragué las piezas dentales con cierto gusto, porque el molar tenía un paluego de carne prensada con ese toque ácido-amargo tan característico y que tanto gusto me dio cuando, utilizando mi lengua, lo arranqué de la pieza en sí.

A unos diez pasos nos abordó un tipo que nos ofreció un yogur.

—Ahí viene un gliego —me dijo la chinita.

—¿Por qué lo dices?

—Pol el yogul.




Yo miré la marca del yogur. Era Chamburcy. Y le dije a mi chinita:

—No, no, un griego es… otra cosa.

Diez pasos después se aproximó un catalán.

—¿Tenéis un chit clet si us plau?


Se lo di.  Aunque no era si es plau, era Cheiw, pero pareció no importarle la marca.