viernes, 10 de febrero de 2017

Combate


Aunque la imagen que tenéis de mí bien puede asemejarse a la de un imbécil, yo me quiero referir simplemente a la física.

Y es que, aunque ahora sea un pelicano (no confundir con el ave de la papada, porque no lleva tilde —digo la palabra, no el ave, que siempre llevará plumas como el vasco Boris Izaguirre que, como mínimo, tiene una y bien grande—)


Como decía, antes no era el pelicano escultural y jovencito que parezco ahora. Hace un par de años había descuidado mi peso, tenía el pelo claro, como los ojos, y me había salido un hoyuelo de la hermosura en la barbilla (vale, no va a ser en la dentadura, porque si no, no sería de la hermosura).

Mi nombre era Alejandro y tenía tatuajes por todo el cuerpo (en realidad no eran tatuajes, eran calcomanías que venían en los pastelitos de Pantera Rosa, Bucanero y Tigretón que me comía). Yo los usaba a modo de tatuajes para asustar. También tenía mirada de tigre, pero a veces los tigres también se hacen caquita. Sobre todo, si comen pastelitos.

Había en mi deporte tíos con aspecto de hombres que no necesitaban tatuajes. Y sobre uno de éstos es sobre quien os voy a hablar. Fue mi último contrincante. Digo último, porque no he vuelto a boxear más. De hecho, hay algunas noches en las que me despierto asustado recordando los prolegómenos de aquel combate.

Yo había bebido alcohol la noche anterior y, aunque no sea estrictamente necesario antes de un combate, tampoco me había peinado. ¿Por qué había bebido? Para olvidar mis futuras penas :-(

Creo que una de mis ventajas en aquel combate fue que logré perder cinco kilos unos minutos antes de salir al ring (ese cuadrilátero con sonido telefónico; aceptadlo más como chiste nervioso que como chiste malo, por favor). En cualquier caso, de eso puede dar buena fe el señor Roca, al que siempre antes de un combate le daba de comer en abundancia.

Mi contrincante (yo ahora lo llamo Aniceto, con eso de las confianzas, pero no recuerdo su nombre real) bajó al ring antes que yo. Yo lo vi por la pantalla dándose golpes a sí mismo (bien, creo que eso le pasó factura después, menos mal). Parecía un robot, una máquina de matar con músculos de acero, uno encima del otro. Su cuello tenía las proporciones de las columnas del Partenón y cuando lo movía chirriaba igual que las puertas de mi casa (por cierto, tengo que engrasar las bisagras).

Yo me dirigí hacia el ring con cara de concentrado y ciertamente triste. Levanté el brazo para saludar a un colega que en ese mismo instante hizo como que no me conocía de nada. Y seguí mi camino hacia el matadero.

Mi matarife se volvió a golpear la cabeza y el pecho y no sé cómo no se rompió las manos. Luego, me dirigió una mirada que no podría describir porque soy boxeador, pero lo intentaré: en cuatro letras diría “odio”, en temperatura, “hielo” y en ganas, “ganas” (repito, soy boxeador).

Yo miré hacia el cielo y pensé en andaluz, que a veces me ayuda: “virgensita, virgensita”. Un ángel que se posó en mi hombro me dijo que aquello no era andaluz, sino hispanoamericano, pero no estaba yo para pensar en idiomas.

Luego, intenté disimular dirigiéndome hacia el público y alguien levantó una bandera blanca como queriéndome decir que me la regalaba. Yo hice caso omiso. Un hombre es un hombre, aunque se depile (o eso dicen).

Os lo creáis o no, lo que más me intimidó no fue la cara de aquel gorila blanco, sino la que se le quedó a mi entrenador, eso que en España y sobre todo los periodistas llaman coach. Yo, que era ruso, le llamaba Vladimir.

Moví un poco los músculos del cuello, para darles elasticidad, sabía que la necesitaría una vez empezaran a golpearme. Mi oponente intentó los mismo, pero no le dejó su trapecio.

Sonó el gong…

Lo que allí ocurrió os lo dejo ver en el vídeo que nos grabaron. Podréis comprobar lo triste que terminé.

:-(







Pd- Nunca admitieron en la cafetería el billete que me dieron por el combate.