martes, 7 de marzo de 2017

Descripción

Paseaba tan tranquilo por la calle y lo volví a ver. No era un perro bonito si lo consideramos dentro de los cánones de la sociedad actual porque tenía pelo y ahora está de moda odiar los pelos, pero, sin ser un gran danés, era un chihuahua muy gracioso. Siempre me fijaba en él.

Lo acompañaba una chica muy fea, porque aunque yo nunca la había mirado a la cara, hay ciertas señales naturales que ayudan a un tipo como yo a saber que la chica no era bonita. La más básica, que me fijaba antes en el perro que en ella. Pero es algo que no dirijo, como cuando veo un culo y se me mueve el cuello o se me afina el ojo.

A ver… no es que la chica fuese fea, tenía unas verrugas muy interesantes debajo de un ojo y en la punta de la nariz. Quizá a alguien le pareciese incluso curioso algún chorretón de maquillaje que le resbalaba por el rostro seguramente debido al sudor (nadie tiene la culpa de sudar) y ese peinado a lo Robert Smith quizá más descuidado que fumigado con laca. Cierto es que, para mi gusto, no le quedaba bien el pantalón de chándal, probablemente porque era acampanado y estaba un poco sucio. Pero sólo se trataba de ropa.

Estoy seguro de que no era fea, ninguna mujer lo es (salvo las que sí lo son, claro), sólo que le costaba entrar por mi ojo, supongo que debido a su volumen.

Como todos los días coincidíamos en la misma acera, acabamos por saludarnos, yo le decía “hola” y ella me respondía “grrr”. El caso es que yo creo que nos llegamos a respetar e incluso algún día me saludó sin hache, porque al fin y al cabo los feos nos comprendemos entre nosotros.

Todo podría ser así de tranquilo si le pasase a otra persona. Un feo saluda a una fea porque se conocen de tanto coincidir en una acera. Pero el caso es que me sucedió a mí, y eso nunca puede acabar bien.

Un día, observando al mismo perro, vi que lo acompañaba otra chica. Subí lentamente mi mirada por la correa (correa es un utensilio con que llevan preso a un animal al que dicen que quieren) hasta llegar a la persona, y me percaté de que no se trataba de otra chica, sino de la de siempre, pero arreglada.

Abrí mi sonrisa con esfuerzo y le dije:

-¡Qué guapa!

Ella me miró con cara de odio y, después de soltarme un hostiazo en la cara (dolió, aunque por mi honor no cambié de expresión), empezó a gritar fuera de sí.

-¡Machista!, ¡cromañón!

-¿Qué pasa, qué pasa? -preguntó un pitufo (policía municipal)

-Este tiparraco me acaba de piropear, ¡es un machista!

-No, pero si yo no... yo...

-¿Quiere denunciarlo? Le recomiendo que lo haga.

-¡Pues claro!

-¡Pero si sólo era una descripción, que no era un piropo! -me quejé.

-Los hombres sois todos iguales -dijo fuera de sí el pitufo.

-¡Pero si tú eres hombre! -le respondí, fijándome en sus pechos. Una gota de sudor resbaló por mi frente. Era una mujer.

La policía municipal llamó a un coche patrulla mientras en la calle empecé a oír gritos de varias personas que se acercaban:

"Machista, machista, ¿no tienes madre?, ¿hermana?, ¿abuela?"

-¡Sí, claro que tengo!, ¡las adoro!, ¡y a todas las mujeres!

Pero no se me oía debido al escándalo. De repente, me rodearon unas doscientas personas y empezaron a asomar pancartas, banderas gays, republicanas, antinucleares y sindicalistas. Comenzaron a sonar las sirenas y llegaron los antidisturbios. Que por qué era la manifa, que quién era el causante. Dos policías me metieron en un vehículo poniéndome la mano en la cabeza como si fuera Rodrigo Rato, y mientras me introducían noté cómo un huevo roto impregnaba mi cara y los policías me gritaban e insultaban mientras me daban porrazos.

Ya en comisaría comenzó el interrogatorio. Una hostia aquí, otra allá (allá es un eufemismo de cojones).

-¿Qué ha hecho usted?, ¿por qué ha generado tal escándalo?, ¿tiene novia?, ¿estuvo el mes pasado en Siria?, ¿está a favor de Trump?, ¿qué opina sobre los alimentos transgénicos?

-No, pero, pero...

Plas. 

Plasplás.

Plasplasplás.

No pudieron sacarme ni una palabra. No es que sea duro, sino que me desmayé. No es que me desmayara por las hostias, la verdad, la chica del perro había sido más dura con la suya; simplemente me atraganté con mis lágrimas y ahí terminó todo el infierno. 

Como la policía no podía retenerme más horas en los calabozos, finalmente salí. En la calle estaba la policía municipal con cara de señor. Me miró con un gesto de asco indescriptible y me dijo:

-Mentiroso de mierda. 

-¿Ein?

-Llamarle guapa a aquello... era más fea que Picio.

Y es que hoy en día es más importante lo que se dice que lo que se piensa.







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