domingo, 26 de febrero de 2017

La guitarra

Hubo una vez una guitarra que tenía seis cuerdas. Todas las guitarras tienen seis cuerdas, podéis pensar.

No, hay algunas que tienen siete, ocho, doce... pero ésta era una guitarra normal. Bueno, no era normal, no era como las demás. Su vida no dependía de sí como no puede depender de sí la vida de casi nadie, o de casi nada.

Cuando fue creada, podría parecer normal. Sin embargo, era especial.

Con el paso del tiempo, cinco de sus cuerdas se habían aflojado hasta tal punto que, extendidas sobre el mástil, se rozaban entre sí sin emitir sonido alguno, desganadas, laxas de vida. La sexta, sin embargo, permanecía tensa hasta creerse que si alguien llegase a tocarla, emitiría un sonido demasiado femenino para ser un bordón. Se lamentaría con agudos, estaba segura. Pero nadie se interesaba por aquel instrumento.

Las cuerdas no tienen ojos (dicen), pero la cuerda tensa sabía de la apatía del resto, y aquella situación tensaba todavía más a aquel nervio formado de hilachas.

Muchos músicos piensan que sus instrumentos poseen alma, pero nadie hasta el momento ha sabido encontrarla más allá de sus notas.

El crujido de la sexta cuerda, no obstante, fue desalmado. Y estrepitoso. Tanto, que se oyó en todo el hogar.

Un ser con brazos y piernas se acercó hasta esa altura. ¿Qué pasaba?, ¿habría entrado algún roedor de visita?

Abrió la puerta del trastero y la luz entró precediéndole, creando imágenes de objetos apilados. En primera fila se hallaba la guitarra, con su cuerpo de mujer, cubierta de polvo.

¡Mi guitarra…!, exclamó el ser, mientras sentía que un escalofrío helaba su columna.

Allí estaba ella, pretendidamente olvidada desde que las cuerdas más frágiles de ese ser con brazos y piernas se habían roto unos años atrás, cuando su musa huyó.

Después de unos instantes de perplejidad, se agachó ante el instrumento y lo acarició, ensuciándose. 

Lo asió y lo trasladó a otra estancia.

Allí lo limpió con esmero resbalando con tacto por su pecho y su cadera y dando lustre a su mapa.

Pasó un trapo húmedo por las cinco cuerdas flojas y apretó las clavijas. Luego, cambió la sexta, aquélla que le había avisado. Marcó un arpegio y, tras él, fueron escapándose notas que creía olvidadas, con armonía y fluidez. Sus dedos se despertaron y le dieron vida al instrumento, que parecía manifestar alegría.

Cuando cesó de tocar, el instrumento siguió sonando y las cuerdas de su cerebro, ésas a las que los humanos situaban en el sistema nervioso, bailotearon hasta abrirle una sonrisa.


Muchos músicos piensan que sus instrumentos poseen alma, ¿acaso alguien lo puede negar? 





viernes, 17 de febrero de 2017

Cofre

A veces me tropiezo con un cofre viejo. Sé lo que esconde bajo su candado. Guarda otro cofre, con dos candados. Dentro de éste existe otro, con tres candados.

Cuando me tropiezo con él, lo introduzco en una caja fuerte con una combinación de mil cifras, y cierro recordando las primeras doscientas. Las demás cifras, vuelan. Quedaría bien escribir que lo hacen mecidas por una brisa suave, pero no se ajustaría a la realidad. Necesitan un huracán que arrastre toda la miseria. Perdón, toda la memoria.

Yo, ayudo con mi soplo.

Gota de océano.

Mis cofres y mis cajas tienen fisuras, lo sé. No se perciben a simple vista, sólo sé que sus imágenes, sonidos, olores, frases, tactos, vidas, escalofríos y muertes, se cuelan tratando de poblar mi pensamiento.

Si me veis un día por la calle, serio, sabréis de esas fisuras.

Si sucede cada día... entonces...
...entonces sabréis dónde guardo la caja fuerte.

Y podéis subastar lo que pesa.

Cada día me encuentro con cofres escondidos en otras cajas fuertes, en otros seres. No sólo contienen pensamiento, algunas también contienen agua. Lo deduzco porque la observo resbalando.

Callada.






miércoles, 15 de febrero de 2017

¿Qué es ser romántico?

Nunca fui romántico. O se es o no se es. Y esa cualidad se perdió en alguna fase de mi creación, en algún gen todavía desconocido o quizá llamado AXR51ST (anda que como acierte…). Según la manera de ver el romanticismo hoy en día, yo no lo soy.

He compartido paisajes imborrables, momentos irrepetibles, he sorprendido a mis parejas hasta hacerles abrir la boca, he caminado sobre las nubes y resguardado bajo ellas a mis personas importantes quedándome sin mi cuero para que no pasasen frío, he dedicado años enteros a pensar al segundo en la misma persona y he establecido metas conjuntas que sólo las circunstancias lograron romper. He apostado mi vida por amor.

Pero soy un ladrillo.

Guauiño.

Creo que en toda mi vida he asistido a cinco o seis bodas, a todas ellas con mis dientes peleados, esto es, a regañadientes. Sin regalos porque nunca me ha sobrado el dinero o porque tenía otras prioridades más urgentes o más importantes para mí que una puta boda. El único motivo de asistir a un enlace ha sido que aquellos que se casaban me hicieron saber que mi asistencia les parecía importante, mucho más que un regalo del que ya estaban avisados que no llegaría.

Con todo, he sumado esfuerzos y automotivaciones y aleajactaesteteé. Con mi traje, mi corbata, mis zapatitos italianos de cordones y las gafas de sol que me añaden un aspecto mafioso de la zona irlandesa más que de la italiana puesto que no soy gordo.

En todas las bodas a las que asistí, hubo una enorme dosis de mala educación por parte de los anfitriones. Aunque se considere normal, a mí no me lo parece el hecho de estar esperando dos horas a que los recién casados se hagan unas fotos “románticas” en castillos descuidados de los que extraen la parte menos sucia para que los románticos se den un beso romántico cuando se lo ordene un fotógrafo que acaban de conocer. Que poneos allí aprovechando la puesta de sol, que tú te agachas, que tú te inclinas, que todos esperan, que que esperen notejode.

Luego llega el romántico brindis que sólo sirve para que los colegas te hagan fotos románticas de un brindis de plástico, de una escena obligada y considerada romántica. Luego el vals romántico, cuando un vals musicalmente no tiene NADA de romántico. Pero venga, a bailar, que toca. Todos con sonrisas, que se besen, qué bien bailan, qué mal bailan, que se besen los padrinos, que en la boca y qué risas.

Lo ODIO.

Luego a partir la tarta con la espada que, aunque no hemos empezado a comer, hay que hacer la foto cuando la corbata todavía permanece en el cuello y no en la frente. Este romanticismo es todo tan natural…

Entonces llega la romántica luna de miel, a encerrarse en un hotel del Caribe que es muy romántico y “hay que” disfrutar del romanticismo. Es todo tan romántico.

Dos de las parejas tan enamoradas y románticas a cuyas bodas asistí, duraron menos de un año. Es una pena, con lo enamoradísimos que estaban. De las demás, igual me equivoco, pero creo que sólo queda una en pie, y no se puede decir que irradien amor. Si miro a la generación de mis padres, sólo he conocido a una pareja cuya complicidad ha sido excepcional. La mayoría del resto han tenido sus tiras y aflojas, nunca han sido felices, pero les mantiene esa meta en común que fueron hijos y ahora son nietos.

Si me doy una vuelta por la vida o incluso por blogger, no dejo de ver muñecos rotos. Quizá alguna niña que cree en un príncipe azul porque le falta algo de cocción, o quizá a una persona que no ha necesitado que un gilipollas le pidiese matrimonio hincando la rodilla ante la mirada de otros gilipollas que consideran ese gesto romántico porque Hollywood lo ha establecido así.

Ser romántico, desde mi punto de vista, no es llamarle “cielo” a tu amor, porque se te puede escapar cuando estés con tu amante, fingiendo que el sexo es amor; le puedes llamar “bicho” y ser mucho más romántico. Tampoco lo es estar a punto para la foto que en un estudio te llenarán de flores o un vídeo que adornarán con las noches de blanco satén. Ser romántico no es una palabra, una foto o lo que te piden los clichés, es una actitud

Ser romántico tampoco es lo que escuché a un garrulo el otro día en la tele: “soy romántico, si tengo que regalar una flor, la regalo”. Menos mal que para ser romántico Hollywood no te ha dicho que te tienes que meter la flor por el culo.


Gilipollas.




Yo creo que ser romántico es que valgas tú, no que valga una puesta de sol, no que valga yo.  

Mi romanticismo eres tú, no lo accesorio. Pero da igual, siempre me equivoco.

martes, 14 de febrero de 2017

El día de los gilipollas

—Hola, amor

—Hola, cielo

—Toma, un regalo, amor

—Oh, oh

—Sí

—Yo también tengo uno para ti, cielo

—Pues no sé a qué esperas, amor

—Yo tampoco, cielo

—Pues venga, amor, abre tu regalo y dame el mío.

—Oh, qué tono imperativo, cielo, me estás poniendo burra.

—Luego vamos a eso, amor, siempre pensando en lo mismo. Ábrelo.

—¡Oh, una rosa! Y… viene aquí metida… voy a olerla, cielo.

—Tú mateixa, amor. Es nuestro símbolo de amor, y perdona por la redundancia.

—¡No güele! ¡Es… de plástico!

—Ya estás tú buscando defectos, amor.

—No, no, si yo no.             Cielo.

—¿No me das tu regalo, amor?

—Toma, cielo.

—A veeeer que hay en esta cajita…      (,amor, que me se olvidaba)

—:-)

—¡Oh!

—No, no, cielo, es sin hache. Es una O.

—Estoooo… gracias, amor.

—¿Te gusta?

—Grsí. Y una pregunta… ¿para qué quiero una O? ¿Amor?

—Para que no te tenga que llamar siempre Albert. A partir de ahora te llamaré Alberto, cielo.

—¡Nnnnnnnnnnnnnnn…!

—¿Nnnnnnnnnnnnnn? Utiliza la O, cielo, que para eso te la he regalad.

—Vale, y tú utiliza la flor de plastic, amor, ponla en un florer y échale una aspirin.

—¿Para qué, cielo?

—Para que no le duela la cabeza, no te jode, amor.

—No, no me jode, me jodes tú, así que ponte tú arriba, cielo.


—Sí, amor.





viernes, 10 de febrero de 2017

Combate


Aunque la imagen que tenéis de mí bien puede asemejarse a la de un imbécil, yo me quiero referir simplemente a la física.

Y es que, aunque ahora sea un pelicano (no confundir con el ave de la papada, porque no lleva tilde —digo la palabra, no el ave, que siempre llevará plumas como el vasco Boris Izaguirre que, como mínimo, tiene una y bien grande—)


Como decía, antes no era el pelicano escultural y jovencito que parezco ahora. Hace un par de años había descuidado mi peso, tenía el pelo claro, como los ojos, y me había salido un hoyuelo de la hermosura en la barbilla (vale, no va a ser en la dentadura, porque si no, no sería de la hermosura).

Mi nombre era Alejandro y tenía tatuajes por todo el cuerpo (en realidad no eran tatuajes, eran calcomanías que venían en los pastelitos de Pantera Rosa, Bucanero y Tigretón que me comía). Yo los usaba a modo de tatuajes para asustar. También tenía mirada de tigre, pero a veces los tigres también se hacen caquita. Sobre todo, si comen pastelitos.

Había en mi deporte tíos con aspecto de hombres que no necesitaban tatuajes. Y sobre uno de éstos es sobre quien os voy a hablar. Fue mi último contrincante. Digo último, porque no he vuelto a boxear más. De hecho, hay algunas noches en las que me despierto asustado recordando los prolegómenos de aquel combate.

Yo había bebido alcohol la noche anterior y, aunque no sea estrictamente necesario antes de un combate, tampoco me había peinado. ¿Por qué había bebido? Para olvidar mis futuras penas :-(

Creo que una de mis ventajas en aquel combate fue que logré perder cinco kilos unos minutos antes de salir al ring (ese cuadrilátero con sonido telefónico; aceptadlo más como chiste nervioso que como chiste malo, por favor). En cualquier caso, de eso puede dar buena fe el señor Roca, al que siempre antes de un combate le daba de comer en abundancia.

Mi contrincante (yo ahora lo llamo Aniceto, con eso de las confianzas, pero no recuerdo su nombre real) bajó al ring antes que yo. Yo lo vi por la pantalla dándose golpes a sí mismo (bien, creo que eso le pasó factura después, menos mal). Parecía un robot, una máquina de matar con músculos de acero, uno encima del otro. Su cuello tenía las proporciones de las columnas del Partenón y cuando lo movía chirriaba igual que las puertas de mi casa (por cierto, tengo que engrasar las bisagras).

Yo me dirigí hacia el ring con cara de concentrado y ciertamente triste. Levanté el brazo para saludar a un colega que en ese mismo instante hizo como que no me conocía de nada. Y seguí mi camino hacia el matadero.

Mi matarife se volvió a golpear la cabeza y el pecho y no sé cómo no se rompió las manos. Luego, me dirigió una mirada que no podría describir porque soy boxeador, pero lo intentaré: en cuatro letras diría “odio”, en temperatura, “hielo” y en ganas, “ganas” (repito, soy boxeador).

Yo miré hacia el cielo y pensé en andaluz, que a veces me ayuda: “virgensita, virgensita”. Un ángel que se posó en mi hombro me dijo que aquello no era andaluz, sino hispanoamericano, pero no estaba yo para pensar en idiomas.

Luego, intenté disimular dirigiéndome hacia el público y alguien levantó una bandera blanca como queriéndome decir que me la regalaba. Yo hice caso omiso. Un hombre es un hombre, aunque se depile (o eso dicen).

Os lo creáis o no, lo que más me intimidó no fue la cara de aquel gorila blanco, sino la que se le quedó a mi entrenador, eso que en España y sobre todo los periodistas llaman coach. Yo, que era ruso, le llamaba Vladimir.

Moví un poco los músculos del cuello, para darles elasticidad, sabía que la necesitaría una vez empezaran a golpearme. Mi oponente intentó los mismo, pero no le dejó su trapecio.

Sonó el gong…

Lo que allí ocurrió os lo dejo ver en el vídeo que nos grabaron. Podréis comprobar lo triste que terminé.

:-(







Pd- Nunca admitieron en la cafetería el billete que me dieron por el combate.

jueves, 9 de febrero de 2017

A fuego

A fuego (Extremoduro)

A fuego lento no se calientan mis huesos.
Y bajé al infierno a ver donde se cuecen tus besos.
Cansado de buscar un trocito de cielo
Lleno de pelos.

Y a deshora sale un sol alumbrando una esquina
Y alegrándome el día.

¿Dónde están los besos que te debo?
En una cajita.

Que nunca llevo el corazón encima,
Por si me lo quitan.

Me salgo de mi casa, me estrello contra la acera.
No puedo recordar qué clase de mundo hay fuera.
Salté por la ventana buscando una liana.
Árbol va y Tarzán al suelo.

Y harto de buscarte siempre a oscuras,
Y de volverme en puro hielo,
Tiré toda mi vida a la basura,
y ni las ratas se la comieron

Nadie me persigue pero yo acelero.
Llaman a mi puerta y ya a nadie espero.


Pero ¿dónde están los besos que te debo?
En una cajita.

Que nunca llevo el corazón encima
Por si me lo quitan.


Y ¿dónde están los besos que me debes?
En cualquier esquina.

Cansado de vivir en tu boquita,
Siempre a la deriva.

Y llega en tu braguita el amor de visita.
Y en mis pantalones entre los cojones.
Voy a tatuarme azul una casita,
Para que allí vivan nuestros corazones.

Y a deshora sale el sol alumbrando una esquina
Y alegrándome el día.

¿Dónde están los besos que te debo?
En una cajita.

Que nunca llevo el corazón encima
Por si me lo quitan.


Y ¿dónde están los besos que me debes?
En cualquier esquina.

Cansado de vivir en tu boquita,
Siempre a la deriva.

Cuando ya no puedo más, saco para respirar,
Un ratito el corazón, que lo tengo en carne viva.
Sólo un poco de calor hace que me vuelva a la vida,
Y lo pongo a secar al sol escondido en un renglón.
-------------------------

¿Dónde están los besos que te debo?
¿Dónde están los besos que me debes?





lunes, 6 de febrero de 2017

Recuerdo

¿Recuerdas?

Me diste la vuelta hacia fuera y mis entrañas se desenfundaron para ti y me quitaron el abrigo de la carne con el único objetivo de que te entretuvieses con ellas, con su calor y su latido.

¿Recuerdas?

Fue divertido mientras duró. Yo creí desenfundar de ti algo más que una mentira, pero sólo me quedé con tu carne, la más cara del mercado, que llegó a valer dos vidas.

¿Recuerdas?

Yo lo recuerdo cada día y cuando no puedo, lo hace mi sueño, esa habitación en la que habita una sombra fantasmal.

Ya puestos a desentrañarme, he escogido unos tendones (los más hermosos) y los he tensado con tu recuerdo, para tocarte en sinfonía. Los inserto en la madera y desgarro el MI más agudo. Y a su vez el más pesado por abarcar la carga de unas lágrimas que se negaron a regarte, que sólo valieron para disolverte en mis ojos, deformada.

Luego, me arranco unos nervios, unas venas y otros cables. Y fabrico un tendal sobre el vacío, ¿existe otro camino? Allí expongo al aire los jirones de mi piel.

Que se pudran.

O que se sequen y se conviertan en pergamino donde sólo podrías escribir tú si todavía te quedase tinta.

¿Recuerdas?

Sabías a corteza, a aliento, a horizonte.

Hoy sólo sabes a fecha.

Y a recuerdo.


Y recuerdo.




jueves, 2 de febrero de 2017

¿Democracia?



Hola

Pues hola.

Eres muy guapo.

¿Eres gay?

No, soy europeo.

Bueno, todos tenemos defectos.

¿Tú de dónde eres?

Americano.

¿De Bolivia?

No, de los de verdaz.

¿Paraguayo?

¿Para qué?

Nada, déjalo, ¿de dónde eres, entonces?

Yo de los iusei.

¿Ein?

De los Estados Unidos de América.

Ajá.

De la madre de las democracias, ya lo sabrás por nuestras películas.

¡Entonces eres griego!

No, no, de las democracias modernas.

Vale, que sois demócratas como nosotros.

No, hahaha, qué va, qué va, vosotros estáis muy anticuados.

¿Yeso?

No, escayola

Digo que en qué te basas para decir que sois más demócratas que los europedos.

Pues ya lo ves en las películas, ¿no?

Entonces sois democráticos.

Sí, y demócratas, y hay algunos que incluso son republicanos.

¿Están en contra de vuestro rey?

No tenemos de eso, la monarquía pertenece a algunos sitios anticuados de la vieja Europa

Mira, ahí te doy la razón. Pero entonces, las repúblicas demócratas europeas están tan avanzadas como vosotros, ¿no?

Casi. No te pases.

Nosotros, en algunos países, votamos cada cuatro años.

Nosotros también.

Y por eso ya nos consideramos demócratas.

Nosotros LO SOMOS.

Cuando alguien sale elegido, los que no lo hemos votado, nos tenemos que aguantar, porque así son las reglas del juego.

Nosotros………    (silencio)

Lo malo es que cuando sale alguien elegido, nunca cumple lo que ha prometido, y aún así creemos en la democracia.

Pues nosotros…….. (silencio)

Ya, tampoco cumplen           :-(


Sí…    algunos cumplen       :-(