martes, 21 de marzo de 2017

Albert

No es que no me guste tu nombre, eso sólo suma, tío, pero es que me toca los huevos que me vengas con el mismo plan que todos tus contrincantes. Olvidarte de mi tierra, porque así lo habéis decidido los españoles no sé en qué siglo. Es curiosa tu oposición a que se ejecute el AVE en mi tierra. Fíjate, ahí estamos de acuerdo, no es necesario el AVE aquí, es mejor un tren made in China sin las medidas de seguridad que tenéis en tu Cataluña. Luego, si hay otro Angrois, todo quedará en papeleos y en echar las culpas a unos y a otros mientras más de ochenta familias lloran a sus muertos.

Pero efectivamente, hay necesidades mucho más urgentes en mi tierra que el AVE. No te voy a decir que vivo en una tierra con una tasa de envejecimiento de las más altas del mundo porque te la suda. No te voy a decir que desde España nos habéis quitado o limitado todos nuestros recursos naturales y os habéis llevado entre otros a Unión Penosa, que produce aquí y me roba desde Barcelona. Me voy a centrar en las comunicaciones. En eso de que tú en tu Cataluña tengas ferrocarriles, metro, trenes de cercanías y AVE, mientras aquí no haya prácticamente nada.

Ya, ya sé que eres más de lo mismo. Tus compatriotas catalanes, los de Barcelona (la otra capital de España, los más españoles de España, los niños bonitos, superando a los andaluces) ya se quejaron en el parlamento porque aquí se construyera un tren de alta velocidad. Y sé cómo se lamen (os laméis) los cipotes con los de Madrid y todos ganáis con esa guerra en la que los provincianos nos llevamos los daños colaterales (y os la suda), y el mercadeo sigue su curso, porque las víctimas de moda son los sirios y los sudamericanos.

Habéis hecho bien vuestro trabajo. La población de Galicia vota a los españoles, está dividida, pero nunca tira para casa. También la de Asturias y Cantabria. Y la de Extremadura y las dos Castillas, y otros. ¿Quién podría unir la población de estos territorios despreciados para hacer fuerza contra los que hacéis y deshacéis sin miramientos?

Resulta que ahora te da por apoyar un corredor del Mediterráneo, como si en vuestras regiones no tuvieseis todas las ventajas que se os dio con la entrada en la UE, a costa de quitarnos al resto. Como buen catalán (y español, tú lo dices sin complejos), todo para ti. Luego no vengas con que eres distinto. Hueles igual.

Después están los vascos y los navarros, con el pavoneo típico de “yo soy el mejor”. No te jode, con su Hacienda Foral, así yo también soy rico. Son los que llegan aquí y poco se distinguen de los catalanes y madrileños: que si esto está mal, que si sois unos atrasados, que esto y que lo otro. Bah.

¿Sabes qué? Sí, somos unos atrasados en medios, en cultura y en muchos otros baremos. ¿Y sabes por qué, Albertit? Porque nos habéis hundido. Y lo digo sin complejos ni lloriqueos, simplemente como descripción, como algo verdaderamente objetivo. Porque os preocupa una mierda la gente si no se traduce en votos. Así que no me vendas el cuento. Me la sudas tú, tu partido y su ámbito geográfico. Me importa sólo mi tierra, y me encuentro solo, porque a mis paisanos les importa tu tierra. Y las putas siglas. Por eso es lo mismo un PP que un PSOE que un Podemos, que un Ciudadanos. Sois escoria.

Y lo que más me jode es que dependemos de España, porque es la que paga las pensiones (las más bajas, para quien dice que todos los españoles son iguales). Y ésa es la consecuencia de tener 101 pensionistas por cada 100 cotizantes. Porque la gente de aquí se tiene que marchar a tu tierra (España, Cataluña) por falta de trabajo. Miserables.

Sabes perfectamente lo que va a pasar en tu Cataluña, que es la que te importa de verdad, como a mí mi tierra. A corto y medio plazo no se independizará, es todo un cuento. Quizá a largo plazo lo consiga, pero tiene que llover bastante. Mientras tanto, seréis muuucho más ricos de lo que sois, porque tenéis muchos millones de votantes y se os concederá lo que pedís. 

Y nosotros, en cambio, seremos más pobres. Y te la suda.



Ven aquí a captar votantes, si te lo permite tu agenda (creo que hasta ahora no has venido nunca). Eso sí, por si lo aceptas, no hagas lo que hizo Rosa Díez antes de hundirse: no insultes a otro político llamándole “gallego”.




martes, 7 de marzo de 2017

Descripción

Paseaba tan tranquilo por la calle y lo volví a ver. No era un perro bonito si lo consideramos dentro de los cánones de la sociedad actual porque tenía pelo y ahora está de moda odiar los pelos, pero, sin ser un gran danés, era un chihuahua muy gracioso. Siempre me fijaba en él.

Lo acompañaba una chica muy fea, porque aunque yo nunca la había mirado a la cara, hay ciertas señales naturales que ayudan a un tipo como yo a saber que la chica no era bonita. La más básica, que me fijaba antes en el perro que en ella. Pero es algo que no dirijo, como cuando veo un culo y se me mueve el cuello o se me afina el ojo.

A ver… no es que la chica fuese fea, tenía unas verrugas muy interesantes debajo de un ojo y en la punta de la nariz. Quizá a alguien le pareciese incluso curioso algún chorretón de maquillaje que le resbalaba por el rostro seguramente debido al sudor (nadie tiene la culpa de sudar) y ese peinado a lo Robert Smith quizá más descuidado que fumigado con laca. Cierto es que, para mi gusto, no le quedaba bien el pantalón de chándal, probablemente porque era acampanado y estaba un poco sucio. Pero sólo se trataba de ropa.

Estoy seguro de que no era fea, ninguna mujer lo es (salvo las que sí lo son, claro), sólo que le costaba entrar por mi ojo, supongo que debido a su volumen.

Como todos los días coincidíamos en la misma acera, acabamos por saludarnos, yo le decía “hola” y ella me respondía “grrr”. El caso es que yo creo que nos llegamos a respetar e incluso algún día me saludó sin hache, porque al fin y al cabo los feos nos comprendemos entre nosotros.

Todo podría ser así de tranquilo si le pasase a otra persona. Un feo saluda a una fea porque se conocen de tanto coincidir en una acera. Pero el caso es que me sucedió a mí, y eso nunca puede acabar bien.

Un día, observando al mismo perro, vi que lo acompañaba otra chica. Subí lentamente mi mirada por la correa (correa es un utensilio con que llevan preso a un animal al que dicen que quieren) hasta llegar a la persona, y me percaté de que no se trataba de otra chica, sino de la de siempre, pero arreglada.

Abrí mi sonrisa con esfuerzo y le dije:

-¡Qué guapa!

Ella me miró con cara de odio y, después de soltarme un hostiazo en la cara (dolió, aunque por mi honor no cambié de expresión), empezó a gritar fuera de sí.

-¡Machista!, ¡cromañón!

-¿Qué pasa, qué pasa? -preguntó un pitufo (policía municipal)

-Este tiparraco me acaba de piropear, ¡es un machista!

-No, pero si yo no... yo...

-¿Quiere denunciarlo? Le recomiendo que lo haga.

-¡Pues claro!

-¡Pero si sólo era una descripción, que no era un piropo! -me quejé.

-Los hombres sois todos iguales -dijo fuera de sí el pitufo.

-¡Pero si tú eres hombre! -le respondí, fijándome en sus pechos. Una gota de sudor resbaló por mi frente. Era una mujer.

La policía municipal llamó a un coche patrulla mientras en la calle empecé a oír gritos de varias personas que se acercaban:

"Machista, machista, ¿no tienes madre?, ¿hermana?, ¿abuela?"

-¡Sí, claro que tengo!, ¡las adoro!, ¡y a todas las mujeres!

Pero no se me oía debido al escándalo. De repente, me rodearon unas doscientas personas y empezaron a asomar pancartas, banderas gays, republicanas, antinucleares y sindicalistas. Comenzaron a sonar las sirenas y llegaron los antidisturbios. Que por qué era la manifa, que quién era el causante. Dos policías me metieron en un vehículo poniéndome la mano en la cabeza como si fuera Rodrigo Rato, y mientras me introducían noté cómo un huevo roto impregnaba mi cara y los policías me gritaban e insultaban mientras me daban porrazos.

Ya en comisaría comenzó el interrogatorio. Una hostia aquí, otra allá (allá es un eufemismo de cojones).

-¿Qué ha hecho usted?, ¿por qué ha generado tal escándalo?, ¿tiene novia?, ¿estuvo el mes pasado en Siria?, ¿está a favor de Trump?, ¿qué opina sobre los alimentos transgénicos?

-No, pero, pero...

Plas. 

Plasplás.

Plasplasplás.

No pudieron sacarme ni una palabra. No es que sea duro, sino que me desmayé. No es que me desmayara por las hostias, la verdad, la chica del perro había sido más dura con la suya; simplemente me atraganté con mis lágrimas y ahí terminó todo el infierno. 

Como la policía no podía retenerme más horas en los calabozos, finalmente salí. En la calle estaba la policía municipal con cara de señor. Me miró con un gesto de asco indescriptible y me dijo:

-Mentiroso de mierda. 

-¿Ein?

-Llamarle guapa a aquello... era más fea que Picio.

Y es que hoy en día es más importante lo que se dice que lo que se piensa.







jueves, 2 de marzo de 2017

Aprendiendo ingles

Mi nombre siempre ha causado controversia. Creo que a la gente le resulta difícil pronunciarlo, Sbmó, joder, no es tan difícil, sólo tiene una vocal, como Antonio, que tiene tres.

Por esa misma razón (la dificultad incomprensible), he permitido que cada uno me llame desde siempre lo que le dé la gana. No obstante, a la gente por lo general ese nombre le parece demasiado largo y lo apocopan llamándome “desde siempre”, “desde” o “de”.

También me llaman imbécil, gilipollas, pringao, aunque esto último sólo lo hacen los que tienen un ojo a la virulé cuando se van o se los llevan.

Muchas personas, no sé por qué razón, también me llaman Óscar, ¿tengo cara de Óscar? No sé, para mí la cara de Óscar es redonda y yo no tengo la cara redonda. Quizá es que hubo un Óscar muy famoso que se parecía a mí.  O a lo mejor es que cuando somos pequeños y conocemos a un niño de nuestra edad o incluso mayor o incluso menor, o incluso un adulto o un viejo, o incluso, vete tú a saber… ¡una niña! y conocemos su nombre, ese mismo nombre es el que a partir de entonces nos sirve como referencia para imaginarnos cómo serán otras personas que se llaman igual. Por ejemplo, yo pienso que todos los que se llaman David son rubios, menos Bisbal, que tiene rizos.

Luego están los ingleses o anglófonos en general. O, mejor dicho, las anglófonas. Por alguna extraña razón ellas no me llaman Óscar u Ójcar, como me llaman en Madrid cuando voy. No. Las anglófonas me llaman todas “Omaigod”. Joder, que no hay manera, que incluso en los momentos más íntimos yo estoy “Sbmó”, “Sbmó”, y ellas, dale que te pego, llamándome “Omaigod”, primero suavemente, pero terminando por chillarme hasta que me aparto mosqueado. Joder, repito. Y acabo (por decirlo de alguna manera, porque nunca acabo) con lo que yo llamo el dolor inglés, que me pilla desde el músculo oblicuo del abdomen hasta el sur rosado por toda la zona de las ingles. De ahí su nombre.

Cuando se van las anglófonas, siempre acudo al amor propio, pero ése es ya otro tema.

Me gustaría aprender inglés, la verdad, para intentar comprender un poco mejor a estos hijos de la Gran Bretaña. Yo sólo tengo un nivel medio o, al menos, eso pone en mi currículum. Al principio sólo sabía decir “pencil”, pero luego aprendí también “chair” y “table” y ya me puse a escribir y a estudiar para emular a todo un presidente como es Mariano Rajoy. Es curioso que un tipo como él sepa tanto inglés, pero siga sin aprender el español: “He estao en el debate sobre el estao de la nación, ha sido iMejorable y se ha hablao de la aNistía, es el alcalde el que quiere que sean los vecinos el alcalde, de verdaz”.

El caso es que me he tomado muy en serio las clases audiovisuales de inglés. Recuerdo el primer día en que me encontré con mi profesora (ésa no me llamaba “Omaigod”, sino “Dalejoder”) y que le pregunté si aquélla era el aula, y ella, sonriendo, me respondió:

—If, if, between, between.


Y luego llegaron los vídeos. Mmmm, qué maravilla. Os dejo tú (que sijjifica dos), para que vosotros aprendáis tanto como yo.

Os quiero.


Y lo sabéis.