lunes, 9 de noviembre de 2020

El soldado que siguió más allá del Río Ganges

 Hace casi diez años conocí a Rorschach a través de Blogger. Me impactó su manera de escribir, con su poesía o su prosa brutal y unas metáforas que no estaba acostumbrado a leer. Había muchas reseñas hacia Bukowski tanto por su parte como por parte de un indeterminado número de personas que le comentaban. Yo no soy un gran lector de los ilustres escritores cuya terminación de apellido (ski) son un plus a su arte. Lo poco que he leído de Bukowski (y lo siento, Rorschach) no me ha gustado, allá cada uno con sus gustos.

Pero siempre me carcomía la envidia cuando leía algo de este tipo (y me refiero ahora a Mario -Rorschach-), supongo que es lo que pasa cuando uno conoce perfectamente sus límites y sabe que sólo se le podría intentar acercar utilizando una absurda copia, y no estoy dispuesto a cambiar ni a vender mi integridad sea de la calidad que sea.

“Hermosa Decadencia” es el blog ahora descuidado de Rorschach, y es que este chaval ha dado el salto a una obra mayor. Recuerdo que alguna vez le pregunté si había escrito algo más extenso y le animaba a hacerlo. Total, han pasado los años y su novela ha salido al mercado.

La única condición que me puse para hacerme con un ejemplar es que fuese físico, soy demasiado clásico con mis gustos y mis ritos, me gusta palpar el papel y pasar las páginas, aunque tenga su parte negativa: las paredes de mi biblioteca no tienen ya pared.

El caso es que el día en que publicó en su blog la salida al mercado de su novela, lo primero que hice fue comprarla. Llegó a mi despacho dos días más tarde y me la tragué como esos libros que me gustan que nunca quiero que se acaben.

Lo que le pido a una novela es una trama, unos personajes que encajen, un lenguaje cómodo. Más allá de todo esto que cumplen todas las novelas que me gustan, hay algo que sobresale: la originalidad, lo que hace de ella una novela auténtica. Y este último factor se cumple con creces.

La exposición del argumento es larga, nos presenta a un personaje durante varios capítulos. Esto no significa que nos sature, más adelante nos damos cuenta de que todo ello es fundamental. Llegado un punto, la novela se desata y nos muestra a varios personajes que no desvelaré (spoiler dirían algunos) que te enganchan hasta el final. Entre las muchas cosas que me han gustado está la falta de corrección política, no ha disfrazado los diálogos ni los pensamientos, y eso es muy de agradecer en estos días. En la trama psicológica que se desarrolla, no pierdes el hilo en ningún momento, lo que muestra que se ha pensado en el lector mucho más allá que en la exposición de conocimientos. Eso le da soltura y un ritmo que a priori no esperaba. 

No le debo nada a Mario, no nos conocemos más que por intercambiarnos algún comentario y algún correo. Por otro lado, no soy un pelota, bien podría pasar de hacer una reseña y más en estos tiempos difíciles para mí. Quizá precisamente por eso con esta lectura me he evadido, porque al final, salvo que algo nos interese para su estudio, cuando nos metemos en una historia es para vivirla. A algunos les interesa meterse en mundos de fantasía (a mí en ocasiones también), éste no es el caso, porque retrata un mundo descarnado y real con una historia ficticia. Los personajes son de carne y hueso, con sus maneras de pensar actuales y esa decadencia disfrazada de postureo donde tan difícil es encontrar el amor verdadero.

Mario, mi más sincera enhorabuena. Sé (sí, lo sé) el trabajo que conlleva lo que has hecho. La maestría ya es otra cosa, de verdad que me ha impresionado la originalidad, la forma, la historia.

No lo evaluaré como he hecho con otros libros que he leído, creo que no sería justo. Sólo sé que te recomendaré como lo estoy haciendo ahora, y no soy de recomendar. De lo mejor que he leído en los últimos tiempos, sin duda.

 

 




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viernes, 30 de octubre de 2020

El visitante inesperado

 Llegó hoy, cargado de augurios abstractos y se sentó a ver pasar el tiempo. Se acomodó en un sofá y contagió la atmósfera de ansiedad, pesadilla y niebla.

A cualquier vivienda le puede tocar, y se intuye que la mía estaba en el bombo, pero me pilló desprevenido. Entonces me di cuenta de que llevo años jugando. Y es injusto que haya personas que no se dediquen al juego y que, sin saberlo, también estaban en el bombo.

Os voy a dejar durante unos meses. Mi vida va a cambiar de manera absoluta. Pensé que podría ir publicando algunas entradas que tengo en el horno, y quizá lo haga, pero ahora mismo creo que seré incapaz de ello. Intentaré que estos meses tiendan a ser lo más habituales de una vida plana desde marzo y no sé si lo conseguiré. No sé lo que me espera. Tengo miedo.

Esta entrada tiene la misma niebla que emborrona mi vista, pero no necesita más luz para comprenderse.

Me lo he pasado bien durante estos meses con vosotros, con mis comentarios en vuestros blogs, con mis respuestas en el mío, analizando qué hay y qué puede haber detrás de cada uno de vosotros. Os agradezco la conexión.

Hasta la vuelta.





domingo, 25 de octubre de 2020

Cansión linda y reguetonera

 

Hoy os presento una canción de las mejores que he escuchado en mi vida. Hace unos días se la recomendaba a Conxita a través de los comentarios y he decidido que todos vosotros tenéis también derecho a escucharla.

Siempre he pensado que lo más hermoso de una canción es la sensación que te produce cuando la escuchas, cuando te hace sentir, identificarte con ella, llorar, reír, recordar...

Cuando además la canción en sí está integrada por melodía y un ritmo que la acompaña, con los ingredientes adecuados y una variedad de sorpresas para sacarte de la monotonía, entonces el tema en cuestión gana enteros.

La siguiente canción es una excepción dentro de la música más odiada que conozco: el reguetón. Es complicada a la hora de seguirla, de imitarla, de intentarla, sé que jamás podré alcanzar tal obra, por muchas veces que nazca, por muchos ocho años que vuelva a cumplir.

 Esta canción empieza con un ooooouoooo precioso, y luego entra en la fase de construcción musical, una ingeniería trabajosa donde los tonos nunca van donde se les espera. A su vez, se hace ciertamente complicado insertar la letra sobre la música, lo que conlleva una dificultad aún mayor.

La canción, con un gran despliegue gráfico, se acompaña de un hermoso joven con una partener todavía más hermosa (y lo sabe) que se desplaza con los ágiles, delicados y elegantes movimientos de una gacela.

El mensaje sublime nos traslada al fin mágico de las películas de Hollywood: el matrimonio, de ahí el príncipe azul y su dama, increíblemente interpretados por los propios jóvenes autores de la canción, en un derroche de creatividad fuera de toda discusión.

El autor, en su dominio de los idiomas utiliza anglicismos precisos en el momento oportuno, y crea unas rimas asonantes y llenas de infinitivos mucho más allá del lenguaje expresado por el más común de los mortales.

Os recomiendo escuchar la canción y ver el vídeo hasta el final y quiero compartirlo con vosotros porque está lleno de sorpresas y porque, aunque a veces penséis que soy demasiado serio, con una pizca de bordería y más frío que un iceberg, en el fondo os tengo un gran cariño.

Creo que, a estas alturas, ya me puedo considerar ecléctico en cuanto a la música, amante de la serendipia, la procrastinación y la resiliencia, lo cual no es en absoluto baladí.

Amén. Digo… amen. Ámenla con el corasón. Pero sobre todo: viva el reguetón, que me ha abierto los ojos. Vale, al menos uno.








domingo, 18 de octubre de 2020

El asqueroso Premio Planeta

 Echando un vistazo a los ganadores y finalistas del Premio Planeta a lo largo de su historia, he llegado a la conclusión, ya hace años, de que es una auténtica basura nauseabunda llena de amiguitos que pertenecen al círculo de sinvergüenzas (esto separado y en singular) de grupos mediáticos comprados y que se encargan, desde hace años, de suplantar la educación española (llena ya de políticos de tres al cuarto, funcionarios con la única vocación de ser funcionarios, independientemente de su función).

Esto es, en ese Estado fallido llamado España, la educación corresponde en gran parte al Grupo Planeta, con editoriales, libros de texto, medios de comunicación afines y un gran poder económico y mediático.

Mirando la lista de los ganadores hasta mediados de los noventa, hay honorables escritores, algunos que me gustan más o menos e incluso nada. Están, entre los más conocidos, Ana María Matute, Ignacio Aldecoa, Torcuato Luca de Tena, Ramón J. Sender, José María Gironella, Jorge Semprún, Manuel Vázquez Montalbán, Francisco Umbral, Terenci Moix, Pedro Casals, Antonio Gala, Fernando Sánchez Dragó, Mario Vargas Llosa, Fernando Savater, Camilo José Cela…

En el año 2007, el premiado fue Juan José Millás y el finalista Boris Izaguirre. Eso me hizo sospechar y ya en aquel momento investigué un poquito (vale, a eso no se le puede llamar investigar). Yo escuchaba la Ser por las tardes, en el trabajo, lo dirigía Gemma Nierga y en el programa colaboraban Juan José Millás y Boris Izaguirre, pero todo podría ser una casualidad. Casualidad también podía ser que entre el jurado de aquel año se hallase otra colaboradora del mismo programa, doña Rosa Regás. Pero yo no creo en las casualidades. Quiero creer que más allá de Boris Izaguirre existe la cultura.

De cualquier manera, el premio ya venía prometiendo un enorme tufo cuando lo había ganado Lucía Etxebarria, alguna ministra, alguna otra colaboradora de Telecirco y demás. Sé que algunos de vosotros consideráis esta entrada como una obviedad. Otros, sin embargo, seguro que no os habéis parado a comprobar estos datos. Lo que no es de recibo es que, con la calidad que existe de literatos en este sitio, quede de finalista una tal Sandra Barneda y ahí está el quid de la entrada: que los ilustres comunicadores, periodistas, tertulianos, presentadores de programas basura erigidos en defensores de grandes causas políticamente correctas estén en la vanguardia de la cultura de este sitio. No por ellos, ricos infelices, que si tuvieran vergüenza renegarían de dicho premio (como hizo en su momento Delibes y como otros escritores denunciaron ser ganadores a dedo y también renegaron), sino por el nivel cercano al charco de la cochambrosa cultureta española.

A ver si nos quitamos de encima tanto like y tanta mierda, que estamos acabando con todo, miembros y miembras de Blogger. Conozco en nuestro mundillo a gente que le da mil vueltas a la finalista del Premio Planeta de este año, que escribe hola con h y que sabe utilizar los imperativos sin la r.

Puta vergüenza.

 

 



 

PD- El semidios Jorge Javier Vázquez, además de ser presentador de telebasura, es escritor, actor de teatro y no sé cuántas cosas más. Ojo al nivel. Llegará a Premio Planeta. Al tiempo.

miércoles, 14 de octubre de 2020

Vístete

Recubre tu esqueleto de líquidos y derrámalos en vasos, venas y arterias. Ajusta las válvulas. Liga tus tendones y coloca ordenadamente tus cartílagos.

Móntate como en un juego y vive.

No te olvides de los órganos, sujétalos con costilla y músculo, y guarece el corazón, lo necesitarás en cada bombeo, cuando te aceleres con mi presencia.

Coloca en el pecho tus pulmones jadeantes, como hermanos, uno al lado del otro. Y el resto de vísceras también. Yo presionaré los botones de nuevo para que goces y bebas una vez más cada sensación de vida, gota a gota.

Y cubre por fin todo lo que te he robado, hoja seca. Enfúndate en la piel más hermosa que existe: el abrigo de mujer. Apriétala bien fuerte, envásate al vacío. Curva levemente tu figura e hincha tu pecho sólo lo justo.

Ofréceme montañas, cuevas, lunas y fragancias. Regálame el más bello paisaje que existe en la Tierra.

Finalmente, instala el cerebro, eclípsame y conviérteme en nada. Lo haces como ninguna.




sábado, 3 de octubre de 2020

Cri, cri, cri, cri

Como ando escaso de tiempo y la gente que me comentó en su día ya no está en este mundo extraño de Blogger, rescato una entrada de 2013. Para que no parezca que esto languidece.


Hacía sol. Chus observaba el juego de los niños, sentada en medio del parque.


Avanzó hacia ellos.

Cri, cri, cri, cri.

Una de las niñas estaba sola como ella misma. Nadie jugaba con la niña, y ésta parecía querer juntar sus ojos, como para fijarse simplemente en su nariz y no querer contemplar lo que se perdía.

Simplemente estaba ciega.

Chus se dirigió a ella.

Cri, cri, cri, cri.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Chus. La niña sonrió tímida.

—Martita —respondió con una voz aguda y dulce como un fino instrumento de viento.

—¿Quieres que demos un paseo? —ofreció la mujer.

—Sí —respondió Martita sin dudar, alegrando su rostro y abriendo los ojos ilusionada—, sí.

—Agárrate entonces a mi hombro; como comprobarás no soy alta, así que iremos una al lado de la otra y charlaremos.

Martita tanteó el hombro de Chus y se aferró a él, y dieron un paseo, con el consentimiento de la madre de la pequeña.

Cri, cri, cri, cri.

Chus la llevó a la fuente, le habló de los árboles y le relató cuentos cortos que iluminaban la faz de la niña. A lo lejos, más allá de los gritos de jolgorio de los infantes, se podía escuchar el mar. Entonces emergieron de sus aguas los cuentos de sirenas, de barcos y de botellas, a través de una voz que se quebraba en aguas rotas por acantilados. La imaginación de Martita se transformó en sonrisa, y se sintió feliz con su nueva y tierna amiga. 

Regresaron al punto de partida.

Cri, cri, cri, cri.

Se despidieron con un gran beso.

Chus contempló el mar desde ese punto. El parque se estaba quedando a esas horas sin niños, tan solitario de entusiasmo como ella. Recordó a sus queridísimos amigos del alma, que en otros tiempos le habían llenado de palabras, de promesas, de amistades y de hermanamientos que se quedaron en mientos.

Luego rememoró el alcohol y las risas. Luego el volante, y luego el chirrido de frenos que precedió al accidente. Días más tarde había abierto los ojos en el hospital, rodeada de amigos. Tras el alta médica, sus amistades salieron con ella a lo sumo tres veces en un año mientras las fechas  se fueron espaciando. Sin embargo, ellos, cada vez que la veían por la calle, la saludaban con una sonrisa y dos besos y le deseaban suerte.

Luego recordó a su madre empujando la silla todas las tardes, hasta que ella misma tuvo el valor y la fuerza de mover las ruedas.

Se acordó, sobre todo, de su querida Ana, su mejor amiga, la amiga de los débiles, que defendía a capa y espada la integración de los discapacitados y de otros colectivos hasta dejarse las cuerdas vocales en sus discusiones en los bares. ¿Qué sería de ella? Vivía en la manzana de al lado, pero no la había vuelto a ver desde hacía meses.

El sol se ponía, pintando de naranja los metales de su vehículo.

Cri, cri, cri, cri.

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Martita llegó a casa. Su madre la duchó y le dio la cena. Ese día estaba contenta, su cabeza se había llenado de escenas y aventuras. Se imaginaba a la mujer que le daba la mano a lo largo de una playa, recorriendo la orilla y dejando que el agua mojara sus pies, mientras ella se agachaba para tocar la arena y buscar al grillo que las acompañaba. Ése que cantaba cri, cri, cri, cri sin parar.






viernes, 25 de septiembre de 2020

Un poco de rock

Me gusta la música, pero hay grupos que muchos de vosotros no consideraríais música (esto lo digo en general, tratándoos a vosotros como si fuerais muchos). Soy un friki de la música clásica, lo soy también de la música de mi tierra. Me gusta algo de pop, algo de jazz, me vuelven loco los grupos británicos, los cantautores y poetas pioneros que se acompañan de un instrumento.

Me gustan los elementos de las canciones, las melodías, las sensaciones, los cambios de ritmo en la misma canción, las estructuras o el cariño con que asoma un triángulo en la novena de Ludwig Van. Escuchar música es precisamente eso, fijarse en cada uno de los elementos que componen una obra. Escuchar dos toques de flauta en el momento preciso del Come on Jayne, subir y bajar con escalas simples, repetir la misma frase cuando toca, o descompasarse con intención. En otros casos, olvidarse de las notas y cambiarlas por sensaciones, analizar el mundo con banda sonora, mecerse entre arpegios y cunas de tonos y semitonos expresados en tiempos fusos o redondos, cada uno con su medida.

En su lado opuesto, reniego de los gorgoritos, de los ritmos latinos, rumbosos y verbeneros, de las letras estúpidas e incluso de las buenas letras cantadas sin sentimiento. La música es magia cuando te levanta el espíritu desde el fondo de ti, cuando te conmueve, te llena, cuando te moja los ojos o te obliga a gritar.

Bah, yo qué sé, cada uno sentirá la música a su manera y la mayoría a la manera de otros.

Lo que sí he pensado a lo largo de años de concierto es que no hay personas más fieles que los rockeros con su música. Eso lo he pensado, sí. El tiempo, como con tantas otras cosas, me ha quitado la razón, porque si fuésemos tan fieles no permitiríamos que los que vienen detrás se conformen con caca.

Todo esto para colgar un vídeo de rock, de un rock simple pero que llega, que empapa y que extrae, donde no hay edades, sólo rock. Y no del que más me gusta. Pero me encanta y lo echo de menos.