martes, 19 de abril de 2022

Una cutre historia de tres canciones

 

Hace unos años se terminó una relación que me dio vida. Me dejaron plantado sin explicaciones porque hay gente que te usa y te tira y esto se va a dar siempre como se ha dado hasta ahora.

Me acuerdo de aquella chica muchas veces porque mientras aquello duró tuve su cien por cien en todos los sentidos. Fijaos si era importante que en los momentos más íntimos dejaba que pusiera la música que le gustaba (una música horrible para mi gusto), hecha para agradar a las modas del momento, no era algo real salido del corazón o de la creatividad, sino un producto demandado, con calzador, al estilo de las series de Netflix.

Volví a tener contacto con la chica, y le dije que había una canción en especial que me recordaba a ella, y que hasta me llegó a gustar porque me traía buenos recuerdos.




Mis problemas de memoria me impidieron recordar el título y el grupo, pues quería enviarle la canción a ver si ella tenía los mismos recuerdos (yo sabía que no). ¿Cómo pretendía acordarme de una canción si nunca me acuerdo de los cumpleaños?

Uno es el que es, criado con rock cutre salido de entrañas, más real de lo que se espera y se demanda, con letras sin currar y títulos que llevan a engaño. Decidí pues mandarle mis sentimientos en forma de canción. Y le envié ésta:





Y es que, por definición, no soy romántico, sólo soy yo, y es difícil ser así. La frase "sé tú" que se emplea tanto en la motivación en los largometrajes y concursos televisivos, conmigo no funciona.

Creo que esta chica se quedó sólo con el título: “tus bragas”, y no escuchó el contenido. Precisamente ese contenido dejaba claro que sin ella me había quedado sin contenido. Y ella desapareció para siempre porque cualquier excusa es buena :-)

Ha pasado ya mucho tiempo, más del que debería haber pasado si lo que en su día fue tuvo la relevancia que parecía indicar. Pero no. Ahora sé que no, que fui una muesca más. Negativa, eso siempre, sin pulir ni lijar.

Y es una pena, porque hoy mismo le podría haber dedicado esta canción:




Es una canción de las que se quieren oír, enfocada a lo ideal, puesto que si no se pudiera vivir no se viviría. Puedo vivir sin ella, igual que Coque Malla, pero queda bonito, y me gusta. Y, en cierto modo, lo importante es que, pudiendo vivir se vive peor. Y eso es lo que le da importancia a ella. La misma que yo no tengo. 


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Como mi querida Raqueliña me ha corregido y me ha indicado que esta canción iba dirigida a una hija y como mi romanticismo innato lo enfocaba de otra manera, he decidido colgar otra canción más acorde con ese romanticismo tan arraigado en mí como cientos de miles de rodillas que toman contacto con el suelo cuando explicitan un amor salido de las pantallas hollywoodienses.







lunes, 11 de abril de 2022

Fragmentos de un cuaderno manchado de vodka

 

Hace un par de semanas recibí un libro que me habían prometido. Autor: Mario Rodríguez Díaz. Remitente: el mismo. Todo un lujo.

Ya os he hecho una reseña de él  El soldado que siguió más allá del Río Ganges . Algunos de los que me leen se interesaron y no sé si finalmente dieron el paso y se hicieron con dicha novela, lo que sé es que desde su lectura, hace casi un año y medio, no me he vuelto a encontrar con nada mejor. Como todo, para gustos.

Este libro contiene relatos cortos y poesía de la que él llama decadente. Yo la llamo de otra manera: rompedora. Si he decidido hacer una reseña, tal y como le comenté a él mismo cuando le pedí permiso para publicar este fragmento, no es porque me lo haya regalado, es más bien porque entiendo que dentro de este mundo en el que han hecho de la cutrez una forma habitual de vida es casi necesario, para quien tiene algunas inquietudes, abrirse caminos diferentes y disfrutar. Volvemos al Mario que dice las cosas como las piensa, sin andar con gilipolleces correctas, esculpiendo el vocabulario para poner en su sitio justo cada palabra.

No sé reseñar mejor. O sí, pero ahora no me sale, y además ni tengo tiempo ni quiero extenderme. La mejor reseña la hacen sus propias palabras. Pero lo dicho, para gustos no hay colores que se dice por ahí.

 

“Mantener cierta fe en la humanidad es enfrentarse a ella de uno en uno (…)”

 

Fuegos artificiales en el infierno: ha vuelto el mejor poeta de la ciudad. La muerte esconde los cuchillos, cierra las ventanas y se abrocha con nerviosismo el cinturón de castidad: sabe que voy a intentar escribir un poema y que tal vez tenga éxito.

Me limpio la humildad con el trapo sucio de la épica, disparo otoños a bocajarro, arrojo relojes parados para derretir vuestro miedo y, cuando ya tengo vuestra atención, comienzo a contaros secretos: el amor es un juego violento de alas de arcilla. La literatura es una puta que finge orgasmos y que siempre nos anima a apostar al caballo equivocado. El poema es el juguete roto del loco, afilado como un cuchillo sin mango y estrecho como una urna funeraria. El amor nunca es inocente, aunque nos medique con su sabor a flor de niebla y sea el lugar donde el tiempo pierde el equilibrio. Cuando el espectáculo de mis palabras termina, el público aplaude y luego, antes de que las luces se apaguen, abandona la sala olvidándolas completamente. Por eso me interesan esos pocos lectores que no se han resignado a matar a su héroe interior, que siguen buscando quimeras y poemas de amor. Puede que sean víctimas de jaulas de mimbre con nombre de guerra y grapas en el corazón, pero al final encontrarán su vocación y ya no habrá marcha atrás.

Hace tiempo yo también era un pájaro sin nido, ni interés por volar, pero encontré mi musa, y durante una época eterna fuimos felices reservando la suite nupcial del manicomio, jugando a inventar palabras y canciones en los columpios oxidados de los parques, arreglando mi puzle de piezas rotas con el destello de su sonrisa. Pero una noche aciaga perdió su piel de plata y cuando llamamos al futuro nadie nos contestó. Y así fue como, caducada las esperanza, sus labios se volvieron azules y los vecinos empezaron a quejarse de las goteras de sangre. Y entonces el chatarrero de metáforas recogió todas las palabras ausentes, y el viento deshilachó el obsceno garabato que aún escondían las sábanas.

Pero no deseo un final triste, quiero convertir la noche en un pozo de resurrección donde crezcan las flores de mi intelecto. Adelante, querido lector, sígueme, sal de la cadena. Sé que estás cansado, que ha sido otro día agotador, pero esfuérzate por hacer algo que merezca la pena, aunque sea pequeño, como ver un documental, leer durante una hora, escribir un par de páginas en tu diario, tener una conversación interesante, salir a la calle a hacer fotos, cualquier cosa. Lucha por el segundo siguiente, no permitas que sea otro día perdido, no les dejes ganar ni hagas la vida que te exigen: coge mi mano y aullemos juntos un pequeño paraíso.




Otros libros del autor: https://www.amazon.es/~/e/B097DQFP96


domingo, 27 de marzo de 2022

Diagnóstico

Estaba yo pensando en cuestiones trascendentales, como si la fruta es un ser vivo, si la minería pertenecía al sector primario o secundario, por qué mucha gente huele sus calcetines cuando se los quita o cómo es posible tener a un retrasado mental como presidente, cuando de pronto advertí que no creía en Dios.

Nadie fue capaz de responderme a las dos primeras preguntas con claridad. La mitad me respondía una cosa y la otra su contraria, por lo que tuve que acudir a Google para que me dijera lo mismo que la gente, porque al final el mundo virtual es exactamente igual que el real, con las mismas carencias, pero con la ventaja de que sólo se muestra lo que uno quiere, en muchos casos antes de una cita.




Lo tercero era más sencillo, hice la prueba, me quité un calcetín sudado y lo olisqueé, y la verdad es que ese olor a queso del país, que es como llamamos al queso típico de mi tierra, me hizo levantarme a por unas anchoas para acompañar esa sensación tan espectacular.

Para lo último no obtuve respuesta, vale, sí, que soy ultraderechista, aunque eso al parecer ya lo sabía todo el mundo menos yo. Lo curioso es que hoy en día todo el mundo era ultraderechista: los trabajadores no cualificados, los agricultores y ganaderos, los transportistas, el cinturón rojo de Madrid. Todos. Vale, todos-todos no, digamos que la gente acomodada tipo funcionario, los ricos y poderosos y los medios de incomunicación eran de izquierdas.

Y como los trabajadores eran de la ultraderecha, los sindicatos pasaban de ellos. Y mira que pensé que mi capacidad de asombro había tocado techo cuando España envió armas defectuosas para la defensa de Ucrania, pero no.

A lo que vamos, que quería aprovechar mi luminosa idea del diagnóstico para decir que hoy tengo un día agnóstico. Y es que me resulta muy difícil creer en Dios, así como nos lo presentan, ese Dios al que hay que alabar (te alabamos, Señor) para que nos trate bien y nos permita vivir, ese Dios cuyo cuerpo terrenal nos enseñan en cada iglesia, un hombre torturado con una corona de espinas, adherido a unas maderas por unos clavos, martirizado y sangrante con un gesto de dolor infinito que asusta y cuyos representantes en la tierra beben su sangre y reparten hostias. Me parece un poco gore para toda la paz que se supone que reparte si le alabas.

Pero resulta que ese Dios permite (pues ya lo permitió con su Hijo) que se asesine, torture, mutile, viole y masacre a personas que en principio no han hecho el mal, al menos en su conjunto.

Hace unos años, una niña de no sé qué país del tercer mundo, le preguntó al Papa cómo un ser tan divino y tan bueno podía permitir esas cosas. Y el señor con falda le respondió que no lo sabía. Al menos en eso fue sincero (yo tengo la teoría de que el Papa no cree en Dios).

 





domingo, 13 de marzo de 2022

No existen las buenas personas

 Bueno, es sólo un título gancho para que llame la atención. Existir, existen, claro que sí. Cuanto más ascendemos en la pirámide poblacional, mejores personas hay. El problema somos los jóvenes :-P. Esto no es porque los mayores tengan mejor calidad humana (que también), sino porque han vivido en unas épocas difíciles donde la solidaridad real se daba en el día a día, el vecino era algo más que un tipo al que saludabas (en estos tiempos muchas veces ni eso) y cuando alguien advertía que otro hacía algo mal, le llamaba la atención. Era una sociedad más rígida, sí, pero con unos valores que hoy en día nos pueden parecer extrañamente ridículos.

Las personas ahora están más por su culo, se suman a causas que desconocen porque el hecho de hacerlo les cuelga una etiqueta pastelera y buenista. Van por la calle absortos con su móvil, tropezándose con personas mayores que se la sudan mientras le dan al “like” a los derechos de los subsaharianos, gays y un feminismo prejuicioso, vomitivo y excluyente donde, lejos de la igualdad de derechos se pretende una supremacía contra natura que algún día se volverá peligrosamente en su contra, retrocediendo de nuevo unos siglos.

Los derechos…

Nuestros mayores y sus mayores pelearon para que nosotros tengamos nuestros derechos (vale, pelearon algunos, no todos fueron héroes). Pero entendían que a la par de unos derechos existían unos deberes. Ellos realizaron sus deberes con nota, y nosotros hemos suspendido. ¿Por qué? Porque sólo nos percatamos de nuestros derechos, no de nuestros deberes. Yo no, claro, ni tú. Los que hacemos los deberes somos castigados en beneficio de los derechos de los demás. Es nuestra cruz y es su juego.

Estoy seguro de que en Ucrania, si no nos vamos todos a la mierda, las futuras generaciones tendrán unos valores más nobles que la porquería nauseabunda en la que chapoteamos los demás. Se verán obligados a arrimar el hombro, a ayudarse entre sí, a depender los unos de los otros, sabrán de la importancia de los conceptos con los que jugamos “los civilizados”, conocerán el peso de cada letra, la dureza y el sudor de su trabajo para partir de cero, la verdadera amistad que se forja en la penuria, el drama más allá de una marca de ropa, un partido de fútbol o un peinado. Sabrán que han sido capaces de matar por defender lo suyo, y tendrán que convivir con la crudeza de esa realidad que les ha tocado de lleno, con sus fantasmas, sus imágenes atroces, los auténticos dramas personales que evitarán mostrar a sus hijos.

Tendrán que trabajar, tendrán que hacer sus deberes para que los que lleguen tengan sus derechos en un mundo cíclico que ya está inventado desde hace siglos.

Mientras, los que nos creemos evolucionados porque se nos da todo hecho Y TODO PENSADO, seguiremos tirando los valores a la basura observando nuestro ombligo, sollozando por una serie de televisión cuyos actores se hacen ricos, hostiándonos por el fútbol, subastando a un tipo que no va a la moda porque es un pobretón de mierda, engordando como cerdos con comida basura, comprándonos diez pantalones aunque usemos tres y riéndonos de cómo despellejan desde la tele a alguien que hacen que, sin conocerlo, nos caiga mal.

Y creyéndonos felices. Aunque cada día más gente decida, sin que el resto lo sepa, que es mejor no vivir.






sábado, 5 de marzo de 2022

Sábado distinto

Los sábados por la mañana, si el trabajo me lo permite, me voy a mi trozo de mundo, al campo, a trabajar, cortar, podar, desbrozar. Lo sé, mi pedrada. O me voy al mar, me enchufo con las arpas, las gaitas, las flautas, las voces y las panderetas y recorro alguna ría con los arroaces saludándome.

Hoy estaba cansado, llevo una semana muy cargada de trabajo, y me quedé en cama al menos hasta las nueve y media. E hice algo que no está de moda: pensé.

Me acordé de personas que compartieron trozos importantes de mi vida. Curiosamente, la imagen que me vino a la mente fue la de distintos charcos. Como los que quedan en las corredoiras de mi tierra tras la lluvia. Os lo podéis creer. Charcos de lágrimas, charcos de sudores, charcos de nostalgia, de esa nostalgia indescriptible, no necesariamente tan triste como el propio término implica, pero con ese poso desalentador de saber que aquellos momentos con aquellas personas seleccionadas no se repetirán.

Si la vida ha forjado a este bicho que soy, esas personas esculpieron lo que no se ve con cinceles medidos al milímetro. Alguna de ellas se esmeró con mi corazón. Lo hizo pequeñito, le corrigió el tamaño hasta que le gustó, enorme, robusto y tan realista que llegó a latir. Culminada la obra, decidió un último golpe en el núcleo que destrozó por completo la figura.

Otras personas me realizaron con cerámica, y llegado el momento me cambiaron por un cenicero en el que depositaron algunas de las cenizas que quedaron de otras personas que me fumaron hasta la chicharra.

Por fin, las penúltimas, me metieron en un ring y desahogaron su frustración hasta que el destino tiró la toalla.

De todas estas personas me acuerdo a menudo, cuando me paro a pensar, cuando mi todo no es el mar o el bosque, o ese trozo de muerte llamado trabajo. Cuando le doy un respiro a mi vida que no por ser de un imbécil deja de ser vida.

De todas ellas me acordé cuando el poder nos metió en la cárcel, cuando tuvieron todo el tiempo del mundo para preguntarme qué tal estoy, pero optaron por ver la tele, aplaudir a los sanitarios y decidir que no existo con esa hipocresía que haría que de no existir sollozasen.

Como os decía, esa nostalgia que a veces me invade no es necesariamente tan triste, porque esos vacíos que me han dejado, esos dolorosos huecos son la verdadera conclusión de que algún día, ahí, donde ahora habitan ecos, existió LA VIDA.

Que les vaya bien. O que les den.

Mañana, al mar.




martes, 1 de marzo de 2022

El planeta de los simios (Hiperhéroe XVIII)

 Cuando le dije a la costurera el número 88, me echó de su casa a escobazos. Me quedaría sin número en la capa. No, eso no podía ser, yo era un número, así me trataban las estadísticas, así me trataba el Estado, las administraciones, los organismos. Así me trataban otros números.

¿Pero bueno, qué más da ser un número si todos somos letras? Por alguna razón hemos consensuado que preferimos las letras. ¿Por qué? ¿Por qué no llamarme 6.427.354 pero sí llamarme Sbmeau? ¿O Jorge?, ¿por qué no llamarme Jorge que es un nombre como de preparar un esputo? Momó había hecho bien. Mi nombre, pronunciado Sibemol no dejaba de ser un semitono desafinante. Sí, con ene.

Bueno, dejaría ese tema para otro momento porque había escuchado en la radio que se jugaría con la vida de todos los trabajadores en el Congreso de los Di-putados. ¿De qué manera? Con la nueva reforma laboral que se iba a aprobar y que se sabía que iba a destruir cientos de miles de empleos. Vamos, eso es lo que decían los del Pipí, los de Vox, los analistas económicos, los empresarios y muchos trabajadores. Por el otro bando estaban quienes la iban a aprobar, los socialistos, los podemitas y los sindicalistas (que no se sabía quiénes eran porque llevaban años sin aparecer). Al final entre todos habían llegado al consenso tácito de que todo seguiría más o menos igual, pero eso no quitaba el hecho de que se iba a votar lo más importante en la vida de la población después de los presupuestos generales.

Un poder de los nuevos me cuchicheó un nombre: Alberto Casero. Le dije que me diera más pistas. Me respondió: ¡Google!

Fui a Google y metí el nombre. Se trataba de un diputado del Pipí que, como todos, cobraba una barbaridad de dinero de ése que pagáis todos (hasta yo, grrr). Miles y miles y miles y miles de euros.

Ya me había hecho a la idea de que el Ministerio de Igualdad estaba en manos de una cajera de supermercado (dicen que durante sólo dos meses), de que el Ministerio de Consumo estaba en manos de un tipo que hablaba mal de los productos de su país, de que el Ministerio de Hacienda estaba en manos de una señora que no sabía hablar, de que la mayoría de ellos nunca había trabajado en la empresa privada. Y me daría cuenta más tarde de que el jefe de la oposición había “estudiado” derecho antes de admitir un delito en directo en la radio como si no tuviese el más mínimo concepto del derecho, pues ya sabemos que del izquierdo tampoco.

Pero cojones, habría que exigir a la casta política un mínimo, algo como estar capacitados para terminar un puzle de dos piezas, o saber que el semáforo en verde te da paso y en rojo te lo prohíbe. Pues no.

Me puse la capa y aparecí en casa del diputado. Le acababan de llamar y estaba sudando cuando me colé en su habitación.

—¿Quién es usted?, ¿qué hace en mi casa?

—¿Por qué suda?

—Yo pregunté segundo.

—No, usted preguntó primero.

—Ah, vale, es berdaz. A veces mequivoco.

—Bien, seré benevolente. No sé quién soy, todavía no me he puesto nombre. He venido aquí porque algo me dice que le tengo que ayudar.

—Ahora no puedo atenderle, estamos en medio de una votación del Congreso.

—¿Qué va a votar?

—No sé, tengo que esperar a que mi jefe, Pablo Casado, levante la mano para darme instrucciones. Votaré telemáticamente porque me duele una uña.

—¿En conciencia qué votaría?

—No sé qué es eso.

—¿Pero no cobra por ello?

—Cobro por la conciencia de mi jefe, eso es todo.

Después de las instrucciones, Alberto me dijo:

—Tengo que votar a todo que no.

—¿A todo?, ¿cuántas votaciones hay?

—28. Creo que es con uve pero por si acaso se lo digo en dígitos.

—¿Y a dónde se le da?

—Sencillo, al botón del sí o al botón del no. Con el ratón.

—Pues le ha dado al sí en 24 ocasiones y no en 3.

—Ayssss, ¡es que me lío!

—¡Pero si es más fácil que mear!

—Dios mío, y a veces se me sale fuera.

—¿Le ayudo?

—Se lo diré con la v antigua. Fale. Pero ahora no tengo ganas de mear.

La última votación dependía de un único voto para salir adelante o quedarse en el camino. Eso era importante, casi vital, para cientos de miles de trabajadores y autónomos.

—Le tiene que dar a éste.

—¿A cuál?

—Al NO, lo pone en mayúsculas, subsajarianita, cursiva y subrayado.

—Okis.

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Lo siento por los que os quedaréis en paro, no pude, el tío no daba para más. Eso sí, tenía un coche de la hostia y muchos miles de euros vuestros (y míos).

Pero algo no cuadraba, comenzaron las sospechas, nadie podía demostrar de momento que estaba comprado. Otra cosa que se podría intentar es confirmar su cociente intelectual, pero ¿y qué? En política sólo se valoran los votos. El PODER, y pocas cosas hay más peligrosas que los chimpancés con pistolas.

Y sus jefes.




domingo, 27 de febrero de 2022

Cañí (Hiperhéroe XVII)

No soy mucho de hablar de Eurovisión, la verdad. De pequeño lo seguía con popó, momó y mis hermanos capullos. Ninguno de nosotros tenía culpa de nuestros propios genes. Hacíamos una lista en un papel y votábamos las canciones que más nos gustaban. Como la música española nunca nos llenó mucho, sobre todo porque estábamos hartos de escucharla en todos los programas de televisión, en las verbenas, en los coches de choque, y la verdad, porque nos parecía una puta mierda todo aquello que sonaba a sitios mucho más lejanos de la que nos parecía la inglesa, teníamos una objetividad sólo sujeta a nuestros gustos subjetivos. ¿?

Pero este año se presentaban por España las Tanxugueiras, y eso me llamó la atención porque como sabéis vivo la música de mi tierra desde siempre y las conocía de hace ya unos años. Me chocó que un grupo tan tradicional y tan de esta esquina representase a España pero quieras que no, al final estaba representando a Galicia, así que decidí ver contra quién tenían que luchar. Supe desde el principio que, más que contra rivales musicales, era contra toda la dictadura musical con la que nos bombardean los tiranos españoles que viven de Madrid para abajo.

Acerté.

Pero me lo comí. Vale, no me comí a todos los que se presentaban, porque tengo límites que mi mente no puede sobrepasar por el bien de mi manera de somatizar. Ya estoy sobrecargado para aun encima darme de hostias a mí mismo.

Había leído que las que más posibilidades tenían eran unes chiques de Cataluña y las galleguiñas, y también, en los medios más fachas, gilipollas, peperos y voxeros manipuladores, que había posibilidades de que se presentasen unas independentistas (las gallegas) o unas feministas (las catalanas) de cuyo mensaje se había apoderado la impresentable ministra de Igualdad cuyo nombramiento lo había hecho su macho, no precisamente por su currículo. Quería comprobarlo por mí mismo.

Vi pequeños fragmentos, de la mierda de siempre. Que un tipo aburrido que nos hacía retroceder a los tiempos de Dyango, que la copia barata de “El Chaval de la Peca”, que otros que emulaban a “la Cabra Mecánica”, y cuando salió una choni cantando reggetón me tuve que ir con el rabo entre las piernas porque ese día me había crecido.

Llegó el turno de mis paisanas con una canción con mucha fuerza, algo lejos de sus mejores canciones. Para la ocasión montaron un espectáculo bastante aceptable, hablando el gallego de verdad —no el que habla Feijóo, que es un español castrapo—, y con una puesta en escena muy buena para mi gusto, con dos bailarines con falda. Estuvo chulo, no lo digo por patriotismo de todo a cien, sino porque era algo que tenía un nivel bastante alto y porque se salía de lo esperado. La imagen importa y si bien el espectáculo como os digo estaba potente, la falta de esbeltez de las cantareiras y los movimientos agresivos y hip-hoperos de las chicas me echaron un poco para atrás.

Luego le tocó el turno a les catalanes, una familia bien avenida que, con una canción pegadiza y saltándose un poco la imposición del baile estructurado, llenaron el escenario con una canción pegadiza y divertida. Me gustó mucho la bailarina delgadita de las cejas y también me moló que una de las cantantes llevase pelo en los sobacos, siempre me gustaron los pioneros y muchos hacen falta en estos tiempos que corren, donde la moda te marca dónde tienes que llevar pelo y convencen a la plebe de que así se es más higiénico, resultando justamente lo contrario. Pero vale, no nos salgamos del festival.

Aunque no suelo estar de acuerdo con las masas (salvo con la de pan, que sin levadura no levanta), en este caso percibí que ambas canciones tenían muchos ingredientes para competir. Mientras la gallega innovaba para los ajenos a esta música, la catalana escandalizaba (no sé por qué, no me dan miedo las tetas, vale, salvo algunas en la playa, principalmente de varones pero también de algunas mujeres). Pero tenían a un enemigo en común: la España choni, calorra, barriobajera, la España que nos llevan calzando toda la vida con un bombardeo que no cesa. Y, ya que no hay flamenco, metamos reggaetón, que es muy latino (americano) y lo petará en Europa. Y mucho más con esta letra tan guachi:


"Let's go, llegó la mami

La reina, la dura, una bugatti

El mundo está loco con este party

Si tengo un problema no es monetary

Yo vuelvo loquitos a todos los daddies

Yo siempre primera, nunca secundary

Apenas hago dum dum

Con mi bum bum..."

Etcétera.


Bien, el resultado no lo sé ni me importa lo más mínimo, sólo vería Eurovisión si fuesen mis representantes, pero ésas nunca irán, aunque manejen mejor la barca.

¿Y qué tiene que ver esto con el hiperhéroe que soy? Pues que sucedió unos días antes de que yo intentase salvar a millones de personas.